Cuando pensamos en espías nos viene rápido a la mente el famoso James Bond de Ian Fleming, donde su elegancia a todos los niveles era la cualidad que le permitía infiltrarse en círculos de élite y poder. Nuestros espías/agentes infiltrados en ETA o el entorno abertzale han tenido que hacer lo contrario, disfrazarse de okupas de medio pelo (nunca mejor dicho, o pelo hachazo) y jugarse la vida con aliento a calimocho y porro. Al final es lo mismo, adaptarse al enemigo y hacerles creer que eres uno de ellos. Debe ser de una enorme dureza confraternizar e intimar con personas que te sienten de los suyos y confían en ti sin saber que eres su enemigo y les estás traicionando, porque el ser humano sano es más de personas que de ideas. Los estados son una abstracción, las personas no, son reales, beben cerveza, sueltan tacos, miran al mar, hacen bromas, y posiblemente aman. Ese doble juego está destinado a muy pocas almas, gente cuya misión es más importante que su propia vida o que sus sentimientos cercanos. Quizá saber que si te descubren te matarán hace que la traición sea más fácil de digerir. También ver los resultados de su actividad sanguinaria y tener la seguridad de que aunque parecen personas, son monstruos. En esta película, Agustín Diaz Yanes nos sumerge en ese horizonte de realidades y sentimientos, en el que la verdad y la traición se ocultan tras el miedo y la rabia. Y consigue que no podamos quitar los ojos de la pantalla ni un segundo, y que tengamos claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. Porque no nos confundamos, hay buenos y malos, aunque por momentos, al cocinar, hacer la compra, o ducharnos, todos seamos humanos.
La realidad española
Corrían los noventa y España se desangraba. El CNI, la policía y la guardia civil necesitaban infiltrar agentes en ETA para contener esa hemorragia incesante que iniciaba los telediarios y sobrecogía a cualquiera con algo de humanidad. Solo morían inocentes, pues en una democracia y un Estado de derecho los únicos responsables son las mayorías electoras. Y esa sangre que regó las calles durante años no fue entonces argumento de películas, quizá por miedo, quizá por connivencia. La sorpresa ha sido que este año 25 del segundo milenio ha traído dos películas en las que las protagonistas son dos mujeres infiltradas en la banda terrorista ETA, la presente y otra titulada La infiltrada. No haremos comparaciones, que además de odiosas son innecesarias. Diaz Yanes comienza su propuesta con un resumen de lo sucedido tiempo atrás, desde el franquismo y el comienzo de la democracia, hasta el momento de salida de esta historia en los noventa y su conclusión ya en este milenio.
El argumento
Podemos destriparla sin miedo, ya que la historia se basa en hechos reales muy conocidos aunque el personaje elegido para desarrollarla sea ficticio. Amaia (Susana Abaitua) es una guardia civil destinada en un cuartel sevillano que debido a sus conocimientos de Euskera y a sus inquietudes y habilidades personales es enrolada por el comandante Castro (Andrés Gertrúdix) para infiltrarse en la banda terrorista ETA. La introducen en una Ikastola regentada por Begoña (Iraia Elías), etarra radical cuyo marido está en cárcel por lo mismo. A partir de ese momento su vida cambia completamente y se encuentra expuesta a situaciones y peligros imposibles de prever. Durante un tiempo tiene que acoger en su casa a Arrieta, un etarra sanguinario y antipático interpretado por Raúl Arévalo que llega a decir que Amaia le produce desconfianza de tan perfecta que es. Posteriormente entra en contacto con la conocida jefa de ETA Soledad Iparraguirre, interpretada por Ariadna Gil, que también desconfía de ella. Al final ocurre lo que ocurrió en la realidad, la infiltrada resuelve, desarticulando toda la cúpula de ETA y su red de zulos en los que escondían armas, la conocida como operación Santuario. En paralelo, los etarras entendieron que tenían un topo y pusieron en marcha un plan para pillarle. Y ahí entra la tensión, manejada con pericia por Diaz Yanes, que además goza de unas interpretaciones fantásticas tanto de la protagonista, sobre la que recae el peso de la historia, como de los secundarios de lujo antes citados. La música es parte clave de la historia, pues es el método que tiene la protagonista de comunicarse con la guardia civil, es por tanto diegética, y se compone en su mayoría de canciones italianas. En una última escena llena de lirismo, la canción Paroles, paroles comienza en su versión original italiana interpretada por Mina y, por razones del guion, se convierte sobre la marcha en la versión francesa —la que escuché con mi familia en el coche tantas veces—, cantada por Dalida y Alain Delon.
Otro elemento que da un enorme vigor a la historia es su estructura, que encuentra en un montaje trepidante su ritmo ascendente y descendente. Por un lado nos presenta a los personajes de manera humana y a la vez nos hace ver de forma intercalada las barbaridades que cometían. Esa dualidad es terrible, porque esos seres abyectos tenían su parte humana, amistades, hijos, fiestas, y después de tomarse unos potes mirando al mar, en la siguiente toma están pegando un tiro en la cabeza a Tomás y Valiente o a Gregorio Ordoñez. Funciona también muy bien la dualidad intercalada constantemente entre ficción y realidad, usando para ello imágenes de archivo bien escogidas.
ETA y Francia: Una relación ambigua
La colaboración francesa con España para acabar con ETA fue fundamental. Igual que lo fue la colaboración de Francia con ETA en épocas anteriores, que tanto aire dio a la banda. Es innegable que allí tenían sus santuarios alejados de lo que ellos llamaban txacurras o zipaios (policías y guardias civiles) y en aquel lado de la muga (frontera) estaban tranquilos… hasta que dejaron de estarlo, de forma progresiva, con distintos hitos, hasta que llegó al poder Nicolás Sarkozy, que dio el golpe de timón definitivo contra la banda mafiosa. Eso provocó que en la etapa final hubiera algunos atentados allí, en general nunca tan brutales como los de España y a menudo producto de actos defensivos o de huida.
Otra cosa que se pone de manifiesto en esta película es que la banda, que nació para luchar contra el franquismo, y en menor medida para conseguir la independencia del País Vasco, en su origen estaba formada por personas de cierta capacidad intelectual. Detrás de la violencia había una cierta justificación, siempre llena de retórica vaga comunistoide, pero conformando un armazón ideológico que no fue mal visto por la comunidad internacional y los países democráticos. Cuando llegó la democracia todo esto dejó de tener sentido y la parte «intelectual» de la banda decidió dejar la lucha armada. Pero otros siguieron, quizá porque esta era ya la única forma de vida que conocían. Esa idea de vivir en clandestinidad te permite llenar tu vida vacía, aunque sea a costa de estar todo el día pensando cómo matar a otros. Pronto se convirtió en un reclamo para muchos inútiles que venían entrenados de la kale borroka (violencia callejera), gentuza cerril, violenta, sin ética, ajena completamente a la realidad y al uso del jabón o la colonia. Eso llevó a salvajadas enormes en los años ochenta (fue la década más dura en número de víctimas). En los noventa, en cambio, se cometieron algunos de los crímenes más repulsivos, como el de Miguel Ángel Blanco, que fue torturado tres días antes ser asesinado. Se cambio cantidad por perversión y los ideales originales se diluyeron conformando un grupo en esencia mafioso. Pero esos inútiles —solo sabían matar— no fueron capaces de evitar que la organización se les trufara de infiltrados mucho más inteligentes y preparados que ellos mismos. Por eso ETA fracasó, por la acción policial intensiva, porque las cúpulas duraban lo que un telediario y porque allí, nadie se fiaba de nadie. Luego todo eso quiso venderse como un logro político alcanzado por una sociedad madura. Que lo compre quien quiera, yo me quedo solo con el resultado, que fue el fin de la banda y de los asesinatos.
Agradecimiento
Películas como Un fantasma en la batalla representan un claro y merecido homenaje a esos valientes que se jugaron la vida por el mundo libre, por gente como yo, mis hijos o vecinos. Consiguieron que ahora mismo pueda pasear con mi familia por la plaza de la Republica Dominicana con la seguridad de que no habrá un tarado que intuya que masacrándonos con una bomba liberará al pueblo vasco de la opresión que le genera la democracia y la libertad. Unos recordaremos al ver la película el horror que vivió España, que muchos vivimos en nuestras carnes; otros, los más jóvenes, entenderán los esfuerzos y sacrificios que tuvieron que hacer generaciones pasadas para conseguir vivir en paz hoy.
Como decía Isaac Asimov, «la violencia es el último recurso del incompetente»