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TRIBUNA

Discursos sobre una lengua

domingo 21 de diciembre de 2025, 19:00h

Camilo José Cela repitió en varias ocasiones que no se habla con frases sino con palabras; toda una advertencia contra ese español que hoy cunde ufano y engalanado con el fugaz relumbre de la pedantería. Desde luego, porque cuenta con el aval de nuestros políticos y periodistas; y, claro, ante tan acreditada vitola, quienes pretenden presumir de «informados» no pierden ocasión en exhibirlo y, de seguido y por consuetudinaria imitación, el siempre sufrido paisanaje.

Se trata de ese puñado de modismos bastante abstrusos cuanto enemigos de cualquier llaneza, y supongo que, por mera correspondencia —pues pensamos con palabras—, de todo razonamiento. Me refiero tanto a esos absurdos pleonasmos como «a día de hoy» (por simplemente «en este momento» o «en la actualidad», o el sencillo «ahora»), o «amigo personal» (¿cuándo un amigo no ha sido personal?), o «todos y cada uno» (si son todos, está incluido hasta el último miembro del conjunto); como esas otras locuciones engoladas de «poner en valor» (por «ponderar», «valorar», «significar», «destacar»…), o «poner en riesgo» (por «poner en peligro», o simplemente por su verbo: «arriesgar»), u «hoja de ruta» (por el escueto y acertado «plan» o «proyecto»), o aquella con tintes metafóricos de «líneas rojas» (por «límite», «tolerable», «linde»…). Además, quienes alardean de su uso, para no apearse de la petulancia, sazonan su discurso con esas nuevas voces —todas de una fatua vacuidad— como «sostenible», «empoderar», «impactar» o «evento», cuyo abuso, en consonancia con los anteriores giros, también han ocultado —si es que no han borrado ya— el manejo de una variedad de designaciones mucho más atinadas con la circunstancia de la que se habla o trata en cada ocasión.

Con esta protesta no pretendo ni pasar por purista y menos por filólogo —de hecho, no lo soy—, pero hace unos años un fontanero, mientras me desembozaba la cañería de la cocina, me dijo:

—El tema del atasco es…

Me quedé estupefacto al escuchar un culto helenismo mezclado con la mugre que obturaba el desagüe. Poco a poco comprobé por la calle que «tema» se había convertido en el enfático y, a la vez, vulgarísimo aditamento para cualquier sustantivo, mermando su significado de asunto de un discurso o de contenido de una exposición didáctica. Es más; desde el episodio con el fontanero comencé a prestar atención —incluso a coleccionar— estas expresiones propias de un personaje del más genuino esperpento vallinclaniano, cuyo pernicioso vicio consiste en atiplar ridículamente el limpio discurrir de nuestra sintaxis, al punto de conducir, a sus más consumados practicantes, hacia estrafalarios galimatías de difícil comprensión. Válgales como toda una obra maestra de este tipo de alocución ininteligible, el video promocional de sus cursos universitarios, colgado en Youtube, por la esposa del actual presidente del Gobierno; constituye una pieza tan absolutamente inimitable como modélica para su género.

Consecuentemente, me he interesado cuanto me ha sido posible por nuestra lengua y su bamboleante devenir, buscando mucho más que la corrección de mi expresión, las intrigantes causas de estas chocarreras distorsiones. Y por esta razón y por mi gran afecto por la institución, acudí al ciclo de seis conferencias sobre la «Historia de la lengua española», organizado por la Fundación Ramón Menéndez Pidal, bajo la dirección de la académica Inés Fernández-Ordoñez, que se ha impartido durante estos dos últimos meses con el patrocinio y en el salón de actos de la Ramón Areces. Con la mejor intención didáctica, las lecciones siguieron un orden cronológico, y así comenzaron con la huella euskérica en el castellano, impartida por Jon Juaristi, para entrar ya en el nacimiento e índoles de su escritura durante la Edad Media, a cargo de los profesores Rodríguez Molina y Fernández-Ordoñez, pasando por las curiosas disputas filológicas del Siglo de Oro, expuestas por la doctora Lola Pons, o por el alumbramiento del español moderno durante el s. xviii, según Pedro Álvarez de Miranda, para concluir con los enrevesados avatares de nuestro habla en la época digital, dictada por Carlota de Benito. Como quiera que no asistí a todas las disertaciones, remedié mis ausencias acudiendo a sus grabaciones insertas en la página WEB de la Fundación Ramón Areces, cuanto les animo a emprender —en www.youtube.com/user/FundacionAreces— a quienes que por esta o aquella coyuntura no hayan podido presenciarlas. Les aseguro que no se arrepentirán; al contrario, apreciarán mejor y casi reconfortados ese valiosísimo y etéreo instrumento que urde no solo nuestro cavilar sino cuanto somos y podemos decir sobre nosotros mismos.

Y respecto a esas ridículas expresiones del comienzo, sobre demostrarme el tamaño del engreimiento de quienes las gastan, solo me acreditan su acendrada ignorancia. Sin embargo; contra mi desprecio, son también valiosa materia de estudio para los filólogos porque caracterizan nuestro habla actual. Así, su etimología o proveniencia —a menudo, transposiciones del inglés mercantil norteamericano—, su ámbito de difusión y empleo, y su pervivencia y alcance entre los hispanos de aquí y de ultramar —pues es palpable que allá también las han adoptado con el mayor desparpajo— constituyen el acervo investigativo de los lingüistas, quienes las trasladarán a los diccionarios, para plasmar, con sus escrupulosas anotaciones, la atinada radiografía del pensamiento oficial —si tal concepto cupiese— de nuestra sociedad. Mientras, desconozco cual será su vigencia pero, recordando las muchas que las precedieron y hoy olvidadas, estoy convencido de su caducidad, como también de su substitución por otras, todavía más descacharrantes, con la insaciable y humanísima pretensión de seguir metiendo bombo a la fanfarria.

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