Hace bastantes años me encontré con Luis Aguilé en un aeropuerto brasileño, iba él como siempre le vimos en televisión, sin faltarle alguna de aquellas corbatas larguísimas y horripilantemente espantosas que por lo visto le producían felicidad. Osadamente, no dudé en acercarme y saludarlo, respondiéndome él con la bonhomía que siempre le caracterizara, tanta que casi me dieron ganas de armar con él allí mismo un dueto cantando aquella tonadilla que él hizo célebre entre el pueblo: “la felicidad, ah, ah, ah, ah, de sentir amor, ah, ah, ah, ah…”. Hasta podríamos haber pasado la gorra después entre el público.
Pasando del canto al román paladino, siempre me ha gustado la definición de felicidad que nos dejara Eric Fromm: la felicidad es una adquisición debida a la productividad interior del ser humano. En efecto, felicidad y gozo no son la satisfacción de una necesidad originada por una carencia fisiológica o psicológica; tampoco son el alivio de una tensión, sino el fenómeno que acompaña a toda actividad productiva en el pensar, en el sentir y en el hacer.
El gozo y la felicidad no son diferentes en sus correspondientes cualidades; difieren solamente en cuanto que el gozo se refiere a un acto singular, mientras que la felicidad es una experiencia continua o integrada de gozo; podemos hablar de gozos en plural, pero solamente de felicidad en singular. La felicidad es la indicadora de que la persona ha encontrado la respuesta al problema de la existencia humana: la realización productiva de sus potencialidades siendo uno con el mundo y conservando simultáneamente su propia integridad.
Al gastar su energía productivamente acrecienta sus poderes, se quema sin ser consumida. La felicidad es el criterio de excelencia en el arte de vivir. Aunque se la considera frecuentemente como lo opuesto al pesar y al dolor, el sufrimiento físico o mental es parte de la existencia humana y el experimentarlos resulta algo inevitable. Rehuir la pena a toda costa sólo puede lograrse al precio de un aislamiento total, el cual excluye la capacidad para experimentar la felicidad. Lo opuesto a la felicidad no es, por consiguiente, el pesar o el dolor, sino la depresión que resulta de la esterilidad interior y de la improductividad”.
Por el carácter abierto y transitivo de la productividad interior, felicidad y afectividad son como el mar y los peces, y al supuesto derecho a la felicidad le corresponde el deber de corresponder. ¿Pretendes hacer todo lo posible para acumular un capital?, ¿lo metes en el banco, lo rentas, y de este modo te entierras con tus talentos, y a vivir que son dos días?, ¿pretendes blindar tu felicidad? Para ello tienes que convencerte de que eudaimonía sólo se da en el pasado, nunca en el presente, pues siempre está amenazada porque es un hechizo mágico que en cualquier momento puede quebrarse. Idealizado el ayer, cualquier tiempo pasado fue mejor, porque el futuro no lo dominamos: el pasado es la leyenda, el futuro es el temor y el presente es el siempre temible después. Siempre hay un pasado del presente, un futuro del presente y un presente del presente, demasiadas complejidades.
Cada día es una obra de arte, y no existe poema más bello que vivir su plenitud minuto a minuto, aunque conlleve muchas veces una neblina ligera, que cuando estamos dentro de ella no la vemos. La persona feliz conoce y afronta los límites y las insuficiencias de su vida, pero eso no significa que dé por bueno lo ruin, lo inauténtico, ni por pleno lo vacío, sino que planta cara a la vida con coraje, con disciplina, con paciencia, con fidelidad, con valentía, con carácter, sin estancarse.
Cualquier otro planteamiento resulta cuando menos ingenuo. ¿Qué es eso del derecho a la felicidad de todos los americanos? La felicidad no es un derecho de un solo pueblo, o de una sola persona, sino el resultado de un regalo que la humanidad se hace a sí misma en cada una de sus personas. En el poema de Lord Byron, Caín pregunta a Lucifer: “¿son ustedes felices?” y Lucifer responde: “somos poderosos”. Yo creo que nadie puede hacernos tanto daño como quienes debieron amarnos y no nos amaron, y que a nadie podemos hacer tanto daño como a quienes debimos amar y no amamos.
Dante Alighieri, cuando veía a Beatriz aparecer ante sus ojos, exclamaba: “ya no hay enemigos en mi vida”. Dante amaba a Beatriz de tal modo que, al verla ante sí, se le borraba la memoria del mal: “¡qué maravilloso es el mundo!”. El amor vuelve interesante lo aburrido, salva lo perdido, da relieve a lo indiferente: quien nos ama nos rescata de la muerte y nos dignifica, razón por la cual da más fuerza sentirse amado que creerse fuerte. Milagro es el amor mismo, incomprensible e injustificable, más allá de los motivos. Es la fuerza que mueve el sol, la luna, y las otras estrellas, y quien no ha amado con profundidad alguna vez en su vida todavía no está profundamente vivo. El amor es el alma que vino a salvarnos para volar hasta donde lo necesitamos; la persona por él tocada ama incluso a quien le odia, milagro; se regala a sí misma sin demandar nada a cambio, milagro; no se empobrece al darse, sino que enriquece al receptor al darse, milagro; no es injusta con quienes lo merecen, milagro; no espera recibir nada a cambio, milagro; no pone condiciones para amar, milagro; es revolucionario quien ama, por eso la recompensa del amor es el amor mismo.
Irene Vallejo escribía recientemente al respecto: “la paz a la fuerza es la última incorporación a nuestro repertorio de paradojas cotidianas. La convivencia se cimenta en la violencia; los nuevos paraísos, sobre los escombros de la destrucción. El abuso y el absurdo del poderoso se aplauden, sin tapujos ni disimulos, como logros diplomáticos. Para ellos —tan defensores de la ley y el orden—, la devastación de ciudades, la destrucción de hospitales, los niños asesinados o los periodistas incómodos descuartizados son, simplemente, cosas que pasan. Los antiguos romanos fueron los primeros en utilizar el eslogan de la Pax Romana para justificar sus abusos imperiales. Desde entonces, “pacificar” un territorio ha significado con frecuencia conquistarlo. El historiador Tácito dejó constancia de las críticas a la expansión de una Roma soberbia, codiciosa y despótica: “a la rapiña, el asesinato y el robo llaman los romanos por mal nombre gobernar; y donde crean un desierto, lo llaman paz”.
Una máxima latina advierte: Vae victis!, ¡ay de los vencidos! Cuando el ganador posee poder suficiente para aplastar, no existe la compasión: los derrotados sufren todas las injusticias. Los romanos alcanzaban acuerdos con quienes aceptaban su dominación sin rechistar, pero cuando encontraban resistencia eran despiadados. En Numancia o Cartago dejaron huellas milenarias de su crueldad. Después de derrotar a los cartagineses en las dos primeras guerras púnicas, Roma provocó con pretextos una tercera para acabar la tarea y destruirlos por completo. Incendiaron la ciudad, masacraron a la mayoría de la población y vendieron como esclavos al resto. Se dijo que sembraron la tierra con sal para que nada volviera a crecer en el solar de su victoria. La paz del páramo”. Como se ha dicho más recientemente, parece que esta paz no se borra de un plumazo: “bastaba con comportarse manierlich, con buenas maneras, hacia el régimen nazi para tener la posibilidad de desarrollar una brillante carrera universitaria”(2).
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(2) Steiner, G: El silencio de los libros. Ed. Siruela, Madrid, 2011, p. 53.