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TRIBUNA

Navidad, tiempo de solidaridad: espejo para el orden global

Gabriel Alonso-Carro
jueves 01 de enero de 2026, 19:43h

Por razones obvias, los días navideños inclinan a sentirnos más cercanos a amigos, familiares y seres queridos y, en especial, a las personas más desvalidas y necesitadas (hasta no hace mucho en España se acostumbraba a tener una atención especial a los pobres en estas fechas, tal y como lo recoge abundantemente nuestra literatura de Navidad). La fragilidad del Niño nacido en Belén y las precarias condiciones de su llegada al mundo parece que nos sensibilizan respecto a los más desprotegidos.

Pero en qué consiste la solidaridad. Etimológicamente el vocablo proviene de solidus, una moneda de oro romana de valor estable, invariable, sólida. Y de ahí provienen palabras que abundan en su significado: soldar, consolidar, solidez…hasta que a mediados del XIX aparecen solidario y solidaridad. Así pues el término alude a una realidad fuerte, firme, potente, ensamblada, compacta. Trasladado al terreno de la convivencia humana, la solidaridad hace referencia a vínculos estrechos, vigorosos, resistentes, de unión sólida y estable, etc. Remite a relaciones personales robustas, con el otro y con los demás. Justamente lo contrario de lo que se ha caracterizado como “sociedad líquida” (Bauman), “el hombre light” (E. Rojas), o “el fragmento” (Postmodernidad).

Trasladado al ámbito internacional, la solidaridad humana y la solidaridad internacional nos refieren una humanidad vinculada, unida, ligada, interrelacionada y a una comunidad de naciones compacta, firme, consolidada, estable. Obviamente los procesos globales son más lentos y complejos como para encapsulados en un breve periodo como es el navideño pero ello no obsta para que partiendo de la vivencia individual y colectiva de estas fechas no se pueda traspasar las fronteras cronológicas hacia un nivel mayor y superior, espacial y temporalmente.

En la tradición bíblica, el Mesías que era “el esperado de los tiempos” era denominado también “el Príncipe de la paz” según el profeta Isaías. En los relatos bíblicos, asimismo, los pastores de Belén oyen el cántico angelical: “Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (evangelio de Lucas). Pues bien, la paz, la tan añorada aspiración a la paz es uno de los signos de la celebración de la Navidad. El valor objetivo que solo no lo desean aquellos que entienden la política nacional e internacional como conflicto constitutivo, como dialéctica de contrarios.

Por otro lado, sabemos que la vinculación entre personas, sociedades y pueblos se produce cuando se crean lazos de unión en la consecución de unos mismos valores: nada hay más hermoso que una gran orquesta compenetrada para interpretar una pieza musical, el resultado es hermoso y toca al unísono. Es la lección del tiempo navideño en relación a la paz; una comunidad humana y política global que fortaleciera sus lazos estrechamente en la consecución de este valor irrenunciable y tan deseable.

Ya sé que esto puede sonar a música celestial, ya que hemos citado al coro de ángeles que cantaron el himno que oyeron los pastores según los evangelios. ¿Ingenuo, infantil, naíf? Ya afirmaba Ch. Dickens: “tenía el suficiente conocimiento como para saber qué nunca se hizo nada en este globo, para bien de la humanidad, sin que ello suscitada, ya de entrada, la hilaridad de ciertas gentes”. Sin embargo, en el “Idealismo sin ilusiones” que propugno como fundamento teórico del análisis de las relaciones internacionales, cabe rescatar de “el espíritu de la Navidad” (Chesterton) muy valiosas lecciones.

La aspiración a la paz es un clamor de la sociedad civil internacional. Otra cosa son los gobernantes, políticos o dirigentes que en nombre de sus naciones o colectividades y sus intereses utilizan la guerra como instrumento de solución de los conflictos y diferencias. En muchas ocasiones no hay una identificación clara entre los líderes y la población en cuanto al uso de la violencia y de la guerra como medio de resolución de las tensiones. No se puede caer en la utopía de “La paz perpetua” kantiana porque el ser humano posee una dosis de conflictividad grande, sin llegar yo a afirmar que sea un lobo para los otros hombres (Hobbes).

Hay quien afirma que el estado natural de la comunidad internacional es la guerra más que la paz. Así la muy reciente Estrategia de Seguridad Nacional USA defiende el ser fuertes militarmente para garantizar la paz. La paz sólo llegaría por la fuerza. Sin embargo, cabría preguntarse si esto es siempre así, de manera incontestable. Me temo que no y la Historia lo ha demostrado con múltiples casos concretos. La Unión Europea, por ejemplo, ha podido acabar como proyecto político continental con siglos de crueles guerras intestinas. Y no ha sido por la imposición de la fuerza, aunque habrá quien diga que en parte fue posible por un paraguas militar como el de EE.UU. Sea como fuere, lo indudable que “la paz por la fuerza” es un postulado que no se puede convertir en un absoluto.

Tampoco creo que se pueda hacer con su contrario: “la paz por la solidaridad”, porque sería un autoengaño, una ilusión, que también como absoluto desmiente la Historia. Ahora bien, si volviendo al contenido de la Navidad y su paz inherente, resultando como fruto la solidaridad (tal y como se ha explicado en qué reside su verdadera consistencia), cabría preguntarse si ésta -como vinculación fuerte y sólida en torno a la aspiración común a un determinado valor o valores- no podría expresar la sensibilidad mayoritaria de la comunidad internacional civil en torno a un mundo más pacífico.

Esta demanda debiera ser oída y asumida por los dirigentes y líderes civiles, políticos y militares, que a su vez debieran tomar nota del recorrido de la gente de a pie a los que dicen representar: vínculos más fuertes sociales y políticos internacionales en torno a valores compartidos, como sin duda es la paz. Sólo de esta manera se podría configurar una verdadera comunidad humana global o planetaria, que pueda hacer frente a los grandes y graves retos que se le presentan. En este sentido se orientan planteamientos como la gobernanza mundial, el derecho global, la democracia cosmopolita o los trámites para convertir la solidaridad en un bien jurídico internacional (ONU, 2023), esto es, un derecho y un deber. Por lo tanto no son ensueños, es un “Idealismo sin ilusiones” (G. Weygel) sin un radical pesimismo -aunque con los pies bien en la tierra, hay esperanza-.

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