El misterio de la existencia se encuentra plagado de posibilidades con las que el individuo puede gozar durante su paso por ella. Una es sin duda el ejercicio de su facultad imaginativa y, con ello, creativa. Son infinitas las contribuciones del ser humano en este terreno, siendo las más sentidas aquellas que nacieron, nacen y nacerán del verdadero disfrute experimentado llevándolas a efecto. La creación literaria resulta fundamental, pues de ella han surgido las historias míticas que explican el mundo. Otra de las posibilidades a poner en práctica, la que nos hará sentir verdaderamente vivos, es el encuentro con el Eros. El amor es fuente de vida, da sentido a las cosas y nos hace verdaderamente humanos y buenos. Como colofón, una cosa puede llevar a la otra, pues amando llegamos a la más perfecta de las creaciones: engendrar nueva vida.
Creación y amor se pierden en el origen de los tiempos, no sabiéndose muy bien cuál fue primero. Por ello son infinitas, inagotables. Quienes continúan nutriéndose de ellas para hacerlas aún más grandes con sus propias contribuciones resultan dignos de ser tenidos en cuenta. Si además quienes crean y manifiestan amor a través de su trabajo añaden un tercer puntal como es el de la transmisión de la cultura preexistente —enseñar a amar lo creado—, su testimonio ha de ensalzarse todavía más. Una de estas trascendentes personas —a juicio de quien esto escribe— es el madrileño Antonio Daganzo (1976). Entre sus distintas facetas destacan las de poeta, musicógrafo, periodista y narrador. Conductor de la sección de música clásica Pinceladas clásicas en el marco de La Clicktertulia de ClikradioTv y del ciclo de divulgación literaria en formato de radio teatro Poesía de oídas junto con Carolina Barreira, es así mismo autor de los ensayos musicales Música, delicias del asombro (2023) y Clásicos a contratiempo (2014). En el ámbito de la creación poética destacan los volúmenes Juventud todavía (2015) —Premio de la Crítica de Madrid y Premio “Sarmiento” de poesía (Valladolid, 2017)—, Los corazones recios (2019), La sangre Música (2021) o El murciélago entre fuegos de artificio (2024).
Por si todo esto fuera poco, Daganzo nos brindó uno de sus más ambiciosos e impresionantes trabajos en 2017, cuya valía le hizo merecedor del Premio de Narrativa “Miguel Delibes” de Valladolid en 2018. Nos estamos refiriendo a la novela Carrión. Publicada en la Colección De Jaque Libros, de su atractiva apariencia se encargó el también poeta, divulgador e ilustrador Eugenio Rivera. Esta obra aúna los dos elementos anteriormente mencionados: por un lado, el amor, que se convierte en el primero de los temas abordados, pues conforma explícitamente el argumento de su historia; por otro, la novela como vehículo creativo, que podría considerarse el segundo de los temas, éste ya implícito. Daganzo demuestra cómo uno y otro pueden ser asumidos por la creación literaria, poniendo de manifiesto la disposición de ambos como vehículos de la experimentación humana. Y es que la flexibilidad de la novela le permite acoger todo tipo de ingredientes si son aderezados con el rigor que merecen, adaptándose a las necesidades del autor y del medio. De este modo, en un único relato pueden tener cabida cuestiones tan aparentemente dispares como la zarzuela y los Gurrelieder de Schönberg y Jacobsen, la novela decimonónica y la metaliteratura, la poesía y el ensayo, la política y el romance. En sus casi cuatrocientas cincuenta páginas caben estos y otros temas desarrollados por un reparto de personajes modélico. Cada uno de ellos poseyendo su complejidad y arco evolutivo, resultando naturales y creíbles. De esos que son capaces de conducir a su creador por donde ellos desean y no al contrario.
Estructurada en tres partes, Carrión nos cuenta la historia del joven Juan Lucas de Castro —nombre que supone un auténtico homenaje a la novela realista de Benito Pérez Galdós—, último eslabón familiar cuyos orígenes conocidos se remontan a tres generaciones: de los bisabuelos gallegos Julián y Juana, pasando por el abuelo Lucas y sus hermanos Rosendo y Domingo. Empleado en una editorial ruinosa y emparejado con una joven coruñesa —Clarita Malpica—, Juan Lucas se encuentra pasando por una crisis personal que Manuel Bouzas —amigo de la familia, médico y responsable de la estancia de Clarita en Madrid, siendo también gallego— achaca a una debilidad anímica heredada de sus ancestros. Nuestro protagonista cuenta con Rosendo como gran aliado y confidente. Un hombre sabio —y, tal vez, el personaje capaz de generar mayor empatía en el lector— que en sus tiempos jóvenes fue tenor lírico aficionado y recorrió la geografía española con un grupo amateur realizando conciertos de zarzuela. Rosendo guardará un secreto acontecido tras uno de esos bolos en Palencia, cuando en el viaje de vuelta en tren sufrió un trágico accidente yendo en compañía de su hermano Domingo, que falleció víctima de ello. A todo esto, habrá que sumar el personaje de María Cuadrado, fundamental en el desarrollo romántico de la historia y que pondrá en común a tío abuelo y sobrino nieto. Habrá también espacio para la realidad histórica española de la posguerra y de sus consecuencias en el tiempo presente. Esta parte de la trama quedará representada en Francisco Mencía —pianista del grupo de aficionados zarzueleros y amigo de Rosendo— y en su nieto Pedrito Mencía —conocido de Juan Lucas y con el que tendrá más de un encontronazo dadas sus ideologías contrapuestas—. En contraposición al personaje de Rosendo, éste será el que genere mayor antipatía en el público.
La unión del tiempo presente y del pasado personificados en Juan Lucas y Rosendo dará lugar a una especie de realismo mágico que barniza la obra de principio a fin. Sin ir más lejos, se produce un insólito año frío asociado al estado de ánimo de los personajes —un recurso más propio del romanticismo que del realismo en este caso—. Los sobrenaturales sucesos llevarán incluso a Juan Lucas a preguntarse si lo que está viviendo no es más propio de un melodrama que de una existencia verosímil —planteamiento que entronca con la mejor tradición vanguardista del s. XX, de Unamuno a Pirandello—. La conciencia del personaje de ficción sobre su propia naturaleza ficticia nos recuerda al Augusto de Niebla o a las criaturas teatrales de Seis personajes en busca de autor. Todo ello nos lo cuenta el autor como narrador omnisciente que lo conoce todo, introduciéndose en la mente de cada uno de los personajes y que, a pesar de las dudas de Juan Lucas sobre lo poco realista que puede resultar su historia, hace que ésta se cumpla punto por punto. No parecerá muy disgustado finalmente Juan Lucas con su propia situación como objeto del desarrollo literario de los acontecimientos, pues él mismo acabará ligando la historia de los personajes de los Gurrelieder de Schönberg y Jacobsen con la suya, por interés propio.
Como vemos, Carrión no sólo puede concebirse como un melodrama que homenajea a las formas de narrar del XIX y de comienzos del XX —utilizando el estilo indirecto libre con absoluta maestría, a pesar de la complejidad que ello conlleva y que emparenta esta novela con La Regenta de Clarín o Ana Karenina de Tolstoi— sino que vive plenamente en nuestra época, valiéndose de todas las herramientas que la narrativa actual posibilita. Ello sin desmerecer el estilo realista, plenamente logrado a pesar de la dificultad de su emulación. Una auténtica delicia para los amantes de la buena literatura y de las historias complejas y armadas con la precisión que solo el mejor de los relojeros puede tramar.