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Novela

Elías González Cano:Yo, Eduard

domingo 11 de enero de 2026, 17:25h
Elías González Cano: Yo, Eduard

Eolas. León, 2025. 232 páginas. 19 €.

Por Concha D’Olhaberriague

Después de Como el mugido de una vaca pariendo (2023), novela rural y trágica en tierras de León con la que presentó sus credenciales en el mundo literario, Elías González Cano (Madrid, 1981) nos entrega una novela urbana madrileña que dedica a sus amigos actores y está ambientada en el antaño popular y hoy multicultural y bohemio barrio de Lavapiés. Ahí es donde se encuentra la buhardilla en la que reside el protagonista, Lorenzo Miñambres, actor intermitente a la fuerza que, mientras tanto, se gana la vida como vendedor en una zapatería de escaso postín. Encabezan la obra unas palabras del cantante Sabina, un fragmento de una partitura de Rajmáninov y una cita de Lucas Cálamo -personaje de la primera novela de Gonzalo Hidalgo Bayal, Mísera fue, señora, la osadía (1988), que reza: “Prendí con un clip en la memoria”.

Por medio de la voz narradora en primera persona de Miñambres nos enteramos de forma velada del origen del dicho en cuestión (p.65). No es, por cierto, la única referencia a un personaje del mencionado escritor extremeño. Por su parte, ninguna de las tres anotaciones, pórtico de la novela, resulta infundada en la trama novelesca, como descubrirá el lector. Miñambres hace suya la aseveración de Cálamo y la enriquece con diversas variantes, convirtiéndola en una especie de seña propia. Más oscura es la alusión autoparódica a su anterior novela -mencionada al comienzo de esta reseña-, guiño intrarreferencial del escritor a sus lectores (p.220).

El curioso y atribulado Lorenzo Miñambres, además de escudriñar los quehaceres e intimidades de sus vecinos más próximos a modo de voyeur, callejea a la que salga por la ciudad -principalmente por su barrio y las proximidades- transmutada en una suerte de tablero de juego. No obstante, en ocasiones, también sigue una ruta non sancta o nos muestra sus rutinas. Así, tan pronto se dirige de manera azarosa, tras oír el preludio de marras de Rajmáninov, a casa de un cantautor anónimo bien parecido en sus gustos y aficiones a Joaquín Sabina, como vamos a una lavandería en la que sorprendentemente una clienta sureña suscita con sus artes adivinatorias la atención de los concurrentes, que abandonan el móvil por un rato, o bien entramos en el gabinete del psicólogo. La perspicacia crítica del protagonista consigna igualmente los excesos irrisorios en que incurren ciertos animalistas de nuestros días o denuncia la crueldad de tipos desalmados con los mendigos (p.28).

El afanoso actor, impelido por una animosa mujer autoproclamada representante suya, tiene que apuntarse con apremio a un gimnasio con el fin de fortalecer su figura. Novela de peregrinaje en sentido lato, Miñambres viaja a Canarias invitado como transacción comercial, y en estas tierras rememora y tributa sus respetos al gran pintor del Madrid decimonónico, Benito Pérez Galdós.

En su condición de narrador, el protagonista moldea y expone con gracia, ingenio y mucho humor su errancia sentimental, vital y profesional por la urbe, y retrata a los variopintos personajes con los que se va encontrando. No es difícil percatarse del trasfondo autobiográfico diluido y vertido con eficacia y tino en ficción literaria.

En fin, lo que resulta es, en gran medida, una imaginativa novela de la lucha por la vida del hombre joven contemporáneo, que, a sus veintisiete años brega ante las dificultades para desempeñarse en su vocación, pese a lo cual no cae en la desesperación y se bandea en la dureza de la gran ciudad de la que, sin embargo, no se plantea alejarse. Quizá lo primero que se percibe con el decurso de la historia es el tono desenfadado y la mirada compasivamente irónica del narrador, quien atempera los reveses y percances de la vida cotidiana con la espita del humorismo.

Lorenzo Miñambres es un personaje elaborado con talento literario y lleno de facetas. Algo hay en el modo de encarar su errabundaje por la ciudad que suscita la simpatía del lector, que de seguro acogerá con regocijo el final tan imprevisto y cómico de la historia del actor. A ratos, vemos un homenaje al deambular por la ciudad de Madrid de los protagonistas de Luces de bohemia, prodigiosa composición que hoy en día nos resulta tan novela como obra dramática. Miñambres tiene un amigo ciego llamado Max.

La sintaxis, aparentemente sencilla, se remansa más de una vez en un largo paréntesis explicativo (pp.19, 170); los hay asimismo, a modo de inciso, con visos de confidencia destinada al lector (p.179) o bien con una apariencia de acotaciones escénicas (p.24); en fin, algunos se asemejan a un monólogo interior en abreviatura (p.42) o contradicen, chanceándose, lo que se acaba de aseverar (pp.12,52)

Tal estilo parentético, con predomino de la lengua coloquial, y toques jergales, entreverados en un registro prudencialmente culto, resulta un rasgo peculiar, distintivo y bien hallado de la escritura de González Cano. La novela concluye con un epílogo ful y jocoso de Eduard, un prestigioso actor mentado en el título y personaje in absentia, aunque trascendental para la suerte de Miñambres.

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