Las protestas en Irán se están intensificando. Lo que empezó como un estallido de descontento ante la pésima situación económica del país se está convirtiendo en un desafío el régimen instaurado en 1979. Es pronto para anunciar su caída, pero se trata de las manifestaciones más multitudinarias desde el año 2009. El gobierno iraní ha interrumpido el acceso a internet en todo el territorio nacional y eso dificulta el acceso a información sobre lo que está sucediendo, pero la decisión supone en sí misma una muestra clara del temor que el régimen tiene a la extensión de la revuelta. No es la única señal de miedo: la represión no se circunscribe a detenciones y encarcelamientos, sino que se ha abierto fuego contra los manifestantes en varias ciudades. Las cifras de muertos oscilan entre los centenares y los miles. El régimen ha movilizado distintos cuerpos armados. A las unidades de intervención policial se han sumado efectivos de la Guardia Revolucionaria Islámica, de la milicia Basij y de los servicios de información, que participan en los interrogatorios de los detenidos. Los medios de comunicación iraníes han informado, por otra parte, de la advertencia del ejército regular de su disposición a defender «los intereses nacionales».
El pasado 9 de enero, en un discurso televisado, el Líder Supremo de la Revolución -el ayatolá Alí Jameneí (1939) - introdujo una distinción entre «manifestantes» y«saboteadores » admitiendo la legitimidad de los primeros y la amenaza que suponen los segundos. En el trasfondo, está el temor a que las protestas brinden la oportunidad para la actuación de agentes estadounidenses e israelíes, que, por otra parte, ya han demostrado su capacidad de infiltración en el aparato de seguridad iraní; por ejemplo, con la extracción de más de 100 000 documentos y unos 180 CD relativos al programa nuclear iraní en 2018. Estas acciones no se han limitado a la información. Teherán sospecha de la mano israelí en la muerte de distintos científicos y altos funcionarios vinculados al desarrollo del programa nuclear.
Sin embargo, con toda la fuerza que el régimen está empleando, todo parece indicar que Teherán teme la posible reacción de los Estados Unidos si la represión se endurece. Donald Trump ha advertido que si matan a manifestantes, Estados Unidos va a «golpear muy duro». El Consejo de Defensa de Irán anunció, por su parte, que «todas las bases militares estadounidenses están dentro de nuestros objetivos, y si nuestra inteligencia detecta cualquier preparativo contra nuestro territorio, se llevarán a cabo ataques preventivos para neutralizarlos». Desde Jerusalén, el primer ministro Benjamín Netanyahu ha declarado que «Israel está siguiendo de cerca los acontecimientos que se están desarrollando en Irán. Las protestas por la libertad se han extendido por todo el país. Israel apoya su lucha por la libertad y condena enérgicamente los asesinatos en masa de civiles inocentes. Todos esperamos que la nación persa se libere pronto del yugo de la tiranía y, cuando llegue ese día, Israel e Irán volverán a ser socios fieles en la construcción de un futuro de prosperidad y paz para ambas naciones». No es aventurado interpretar estas palabras en clave de cambio de régimen en ciernes, sea por la propia dinámica de las protestas, sea por una intervención exterior que las apoye.
Sin embargo, la rabia que se manifiesta en las calles sigue sin tener líderes claros. En el exilio destacan dos nombres de clara orientación política. El primero es Reza Pahlavi (1960), hijo mayor del Shah depuesto en 1979 y heredero del trono. La segunda en Mariam Rayaví (953), líder de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán y presidenta del Consejo Nacional de Resistencia de Irán. Ambos compiten entre sí por hacerse con el liderazgo de las protestas, pero los dos llevan décadas en el exilio y es dudoso cuán reconocidos puedan ser como líderes por el propio pueblo iraní. Pahlavi representa la restauración monárquica. Rajavi simboliza la revolución secular y de izquierdas que el islamismo frustró en 1979. Hay fotos y noticias de que en las manifestaciones han flameado banderas monárquicas y de que se han dado vivas al heredero del Shah, pero nada de eso permite concluir que la masa de los que se manifiestan vaya a aceptar a un líder llegado del exilio. Otras voces desde fuera de Irán, como la de la abogada y premio Nobel de la Paz del año 2003 Shirin Ebadi, pueden tener resonancia internacional, pero es muy dudoso que cuenten con apoyos dentro del país.
Dentro de Irán, todo es muy confuso. También la identificación de los líderes. Algunos medios señalan a sindicalistas y a representantes de los comerciantes -dos de los sectores más activos en las protestas- pero se trata de personas cuya exposición pública ha sido muy limitada y cuya identificación en este momento podría ponerlas en peligro. Baste señalar que ninguno de los partidos políticos con representación en el Majles - la Asamblea Consultiva Islámica - pueden hoy arrogarse la representación de los indignados.
Aquí hay un problema de fondo: el descontento es, precisamente, contra el gobierno de Masoud Pezeshkian, que se encuadraría dentro del ala más reformista o «moderado» -si es que tal adjetivo tiene cabida en un sistema como el iraní- de modo que la oposición son los más conservadores. Así, el descontento con el gobierno es clamoroso, pero la alternativa no asegura una solución a los gravísimos problemas económicos que atraviesa el país. Algunos de ellos, como la corrupción o la mala gestión, se deben a causas internas, pero hay otros, como el descenso del nivel de vida y el encarecimiento de todo, que están estrechamente vinculados con las sanciones que el país lleva sufriendo, con distintos grados de intensidad, desde 1979 y, especialmente, desde 2006. Todo parece indicar que esas sanciones han causado ya daños irreparables en la economía de la República Islámica de Irán.
La situación, pues, es muy volátil. Una intensificación de la represión, un ataque estadounidense, una operación israelí o cualquier otro factor de los que pueden darse en estas circunstancias podrían desencadenar una reacción que condujese a un cambio de régimen, pero no estamos en condiciones de vaticinar qué vendría después.