Cuando Amor Ruibal dice al comienzo de la Primera Parte de Los problemas fundamentales de la filología comparada (1905) que “la palabra es órgano universal de toda forma de conocimiento”, algo nuevo acontece en la historia del pensamiento. Inaugura lo que luego se entendió como “giro lingüístico” a mediados del siglo XX (Gustav Bergmann, Richard Rorty). Su precedente remonta a Humboldt, Herder, Nietzsche…, Husserl, Saussure (el estructuralismo, la semiótica), Cassirer, Heidegger, y llega a Wittgenstein y un largo capítulo de glosas varias pasando por Gadamer, Merleau-Ponty, Ortega y Gasset, etc. Pero el resultado sería diferente si la frase de Amor Ruibal hubiera trascendido como merecía, sobre todo en España. Es el primer pensador que elabora una teoría lingüística como trasfondo de filosofía, teología y derecho.
Humboldt concibió el lenguaje como “el órgano formante de la idea” (“das bildende Organ des Gedanken”). Y Schleiermacher identifica claramente idea y palabra (“ja auch innerlich ist jeder Gedanke schon Wort”). Esta fusión la repiten luego Walter Benjamin y Ortega y Gasset. De aquí se abdujo que el lenguaje forma el pensamiento. Amor Ruibal lo niega. Interpretando una longeva tradición hermenéutica, que remonta a la Biblia, gramáticos hindúes y Platón, otorgó a la palabra el cetro orgánico y universal del conocimiento: “Es la palabra don singular y maravilloso que en el mundo exterior resume toda la grandeza de la criatura racional, poniendo en sus manos como expresión de la inteligencia, el cetro de la soberanía que le corresponde sobre todos los seres de la tierra”, dice en el primer párrafo de la obra citada.
De Humboldt se deduce lo mismo atendiendo al desarrollo ontológico del lenguaje. Es este también “el órgano del ser interior” que se abre al conocimiento y a medida que se declara –expresa– observándose. La apertura del ser manifestándose en el lenguaje nos lleva al desvelamiento o alezeia de Heidegger, aunque este filósofo rechazó, al contrario de Husserl, la base proposicional de Humboldt como hilo conductor de la reflexión ontológica. Humboldt denominó este proceso a la vez interno y externo como “predicado energético” y de connotación estética, creadora. Noam Chomsky intuyó el fermento de tal idea, pero su formalismo primero cartesiano y luego computacional lo condujo a un minimalismo gramatical en el que se pierde aquel germen creador.
En efecto, Amor Ruibal (1869-1930) se opone a concebir el lenguaje como forma constituyente del pensamiento, pero sitúa a la palabra como “don” y “órgano universal” de cualquier forma cognoscitiva. El lenguaje es la inteligencia significante del entendimiento. Su característica universal asciende a Leibniz, filósofo decisivo en el estudio de las lenguas y del lenguaje como trasfondo mental suyo, aunque la predijo Platón. Amor Ruibal tiene en cuenta este legado, así como la energeia aristotélica y su resultado dinámico, la obra realizada (ergon), a la hora de estudiar la variedad idiomática y sus principios filológicos, cuya organización sistemática es la lingüística. Energeia y ergon son dos de los conceptos fundamentales de Humboldt al desentrañar el proceso predicativo de la proposición o naturaleza apofántica –dicente– del logos (la razón); es decir, el hilo lógico del pensar, del decir y del núcleo energético del ser. Pero Amor Ruibal piensa además en el proceso ahí implicado, la tradición in fieri del hacerse del pensamiento, su desarrollo dinámico. El hacerse o dinamismo del pensamiento es teleológico, conforme a un fin no del todo determinado en su formación, pues intervienen factores ocasionales, contingentes, pero sí orientado como despliegue (apertura) de la facultad humana denominada lenguaje. La naturaleza se manifiesta en la apertura verbal –la palabra– y este proceso no la sustituye ni la condiciona al discurso que induce.
He aquí una de las consecuencias del giro operado en el desarrollo del lenguaje al reducirlo a función discursiva, apofántica, del pensamiento. Su alcance cognoscitivo es, sin embargo, más complejo. Eugenio Coseriu elevó también a universal el ser del lenguaje e intuyó el núcleo ontológico que lo caracteriza como entrelazo de naturaleza y mente, el alofón. Y esto presupone un nexo trascendental de inscripción del hombre en el mundo, no fuera de él, ni restringido a simple función suya. Es el nexo ontológico trascendental que propuso Amor Ruibal para entender los principios operativos de la naturaleza y del pensamiento. Hay una red de relaciones internas en la constitución de la realidad como objeto del conocimiento.
El nexo relacional ontológico lo intuye el lingüista y filósofo gallego al observar la organización de la raíz y sus morfemas en la palabra. A la raíz la circunstancian variaciones morfemáticas según la naturaleza de los objetos, cosas y sus modos de relacionarse. Y la raíz ya atribuye, como predijo Heráclito, cualidades o modos de ser de la realidad que nombra y ella inmuta. La etimología de las palabras contiene el correlato del objeto que designan. Los elementos de variación y significados se organizan en torno a una base ontológica. Y esta formación es raíz de “todo conocimiento”. El correlacionismo trasciende la realidad. La función cognoscitiva de la ciencia está incursa en este proceso gnoseológico.
Tal descubrimiento lo revela la Gramática comparada de las lenguas, especialmente las indo-europeas. Un tronco común idiomático se difracta, como la especie humana, en variedad de tipos fono semánticos con evolución histórica y etnográfica según la distribución del ser humano por el universo. Para esto tuvo que producirse en un momento determinado, el que fuere, la fusión del sonido corporal humano con su capacidad inteligente. La articulación sonora es el gran acontecimiento antropológico de la humanidad. Al hablar, entrelazamos el espacio y el tiempo según el movimiento de la lengua y de la respiración en el tracto articulatorio. Las palabras resuenan e inducen una vibración neuro-psíquica cuya inducción expresa el pensamiento. Los principios y fundamento educidos de este fenómeno nos introducen en un transcurso de repeticiones a un tiempo idénticas y variadas en el que el hombre se reconoce y pronombra al tiempo que vive entre los seres, cosas, de la naturaleza y los conoce. Esto aquí es árbol, eso animal, aquello agua… y esto mismo acontece mientras pienso, conozco: soy yo y tú, que escuchas, otro yo. Y de ahí deriva todo lo demás hasta la composición de frases partiendo de una raíz básica de-clinada, con-jugada, de-rivada, com-puesta, etc. La primera raíz es pro-nominal. Un giro retroverso y vertical –paradigmático–, horizontal –sintagmático–, a la vez que circuido, resonante, como el Arte también correlativo de Raimund Llull. Llull ya entrevió el fundamento verbal geométrico –medición– y preatómico del pensamiento a través de la variación cualitativa y relacional de la palabra al sufijarla, con san Agustín como trasfondo del concepto de relación (De Trinitate).
Evidentemente, extrapolamos aquí el correlacionismo de Amor Ruibal, cuyo fundamento, atómico, nos permite esbozar una comprensión diferente de la realidad inducida por la relación ontológica ser en unidad de palabra. Y esta diferencia comprende desde Aristóteles hasta Francis H. Bradley y Alfred N. Whitehead, con prelación alterativa (polo alter ego, tú o yo-otro, del lenguaje) y ciertas connotaciones semióticas con Charles S. Peirce.
La teoría ruibaliana del lenguaje avanza en parangón con la física atómica y la biótica –la palabra es germen vivo (Schlegel), “célula bella”, llegó a decir Ortega y Gasset–. Contribuye al conocimiento moderno inaugurado a principios del siglo XX. Su primer esbozo cumple ahora 125 años. En 1900 traduce y publica Amor Ruibal en Santiago de Compostela Los principios generales de lingüística indo-europea, de Paul Regnaud, lingüista francés. En este breve ensayo (137 páginas de Introducción a las 52 traducidas de Regnaud) perfila el pensador gallego las bases y fundamento de la Ciencia del Lenguaje. La noción de “tipo fonético” intuye un halo de significación incipiente en el sonido verbal por el hecho de ser elemento integrado en un orbe morfo-léxico de sílaba, con su organigrama tonal, palabra y frase. Advertimos en ello una relación latente e históricamente explícita de integración graduada y vinculante de fenómenos sonoros (fonemas) y mentales (conceptos), el signo lingüístico, que luego especificó de modo más sistemático, unos años después, Saussure. Tales tipos permiten estructurar en agrupaciones básicas los diferentes idiomas: monosilábicos, aglutinantes y flexivos.
De su estudio, surgen la morfo-sintaxis, la semántica, el fundamento del lenguaje, los conceptos de lengua, habla y sistema, la naturaleza, objeto y método de la lingüística en cuanto ciencia. Un método sintético-analítico, histórico comparado, resumen de las tradiciones gramaticales hindú (semítico) y griega, respectivamente, pero de orientación especulativa, “racional y científico”, nuevo. La morfología y la lexicología son, a su vez, razón diferencial y específica de cada lengua sobre la naturaleza material (fónica) y formal (elemento psicológico). Resuelve así Amor Ruibal la intersección de materia (onda sonora) y espíritu (facultades intelectuales) en la mediación relativa del lenguaje como confín de unas y otras ciencias. Su razón es, no obstante, prelógica. Aduna en la nominación, como sujeto, cualidades senso-perceptivas y espacio-temporales luego relacionadas como predicado (verbo ser nocional) según principios y fundamento objetivo. El nexo trascendental ontológico va implícito y la atribución lo explicita. “El nombre es la forma de la relación distante, radicalmente distante, entre nuestra mente y las cosas”. De tal modo, “La palabra (…) es al mismo tiempo un esquema de cualidades del sujeto, y un esquema de sujetos de tales cualidades, respondiendo así bajo la forma de unidad fónica, a la dualidad psíquica que la produce”. Al articular el sonido humano y la mente operativa, el lenguaje procesa, como nombre y palabra, espacio (proyección del cuerpo) y tiempo (continuidad interna) en modo predicativo. Es onda, partícula, horizonte proyectivo y campo de integración contextual n-dimensiones, añadimos nosotros.
La tensión relacional del lenguaje es homóloga de la naturaleza, pues la energía existencial del ser continúa en el conocimiento, observa Amor Ruibal como filósofo. Su dinamismo se refleja en la relación compleja de los elementos y componentes del signo lingüístico, cuyas correlaciones adquieren valor simbólico. El sonido, la idea o concepto, y las cosas designadas, lo que luego se denominó referente, establecen con sus rasgos una entidad cohesionada de entendimiento (el significado), según la ocasión concreta de funcionamiento –el habla, su contexto comunicativo–. El signo es mutable pero con núcleo invariante en su composición. Hay en él, sin embargo, relación estable de “elementos primarios”, su “razón formal”, lo que Saussure denomina luego código. Al signo lo integran elementos indefinibles por sí mismos. Dependen de las relaciones que los instauran y ellos inducen variando en modo. Pero el dinamismo relacional mantiene constante el núcleo o “centro dinámico” de articulación fono-sémica, lo cual instaura un valor. El lingüista y filósofo piensa en la relación atómica y biótica de la física y biología desde la variación idiomática, como en los dialectos y tipos lingüísticos. La relación fono-sémica, significante, mantiene “natural inconstancia” regular manifestada en normas históricas regulares. Su realización activa siempre un plano de presencia real o posible.
La relación entre la palabra y la idea es además primaria respecto de las cosas, pues estas no siempre son conocidas o no tienen aún nombre propio. Pero sí deducimos el entrelazo objetivo de la realidad, su valor o significación, pues “el conocimiento de las cosas implica la relación que las subtiende y la palabra arrastra el horizonte de sus contextos posibles”. Por eso la designación del lenguaje no es inclusiva, sino más bien –diríamos– cociente de las relaciones instauradas, el valor antes indicado, noción que Amor Ruibal introduce en el estudio del lenguaje. El nombre resulta trópico bajo tal aspecto. Es un pseudónimo. La ocasión de habla va determinando históricamente los modos, relaciones, nombres objetivos, según la evolución del conocimiento. Al hablar, entendemos comparando nombres y referencias en un conjunto sistemático que genera nuevos elementos según los estados de cosas conocidos y da razón de los ya existentes. En esto consiste el carácter individual del lenguaje y, por ello, es la palabra “un universal individualizado”, afirma Amor Ruibal en el segundo volumen de Los problemas fundamentales de la filología comparada (1905).
La evolución de la ciencia biótica descubre hoy en el cerebro una red lingüística natural y orgánica de correlación entre palabras, significados (sentidos) y sus relaciones objetivas (Stanislas Dehaene, Ev Fedorenko, entre otros). Investigaciones de cambio y evolución de idiomas evidencian asimismo un centro nuclear de correlación y constricciones lingüísticas (“deep-rooted constraints”). E incluso podríamos citar al respecto correlaciones cuánticas que inducen a concebir una red implícita de conexión entre elementos del universo, como el “universal consorcio” y “concierto prodigioso de la naturaleza” que el autor gallego intuye en el lenguaje. Los principios gnoseológicos y la proyección nominativa son raíz del conocimiento científico.