Muchos pacientes quieren milagros antes que terapia. Y además quieren un Dios rápido, barato, un deus ex machina, un solucionador de problemas a cambio de bien poco: un exvoto, una misa de réquiem, una vela, cualquier cosa, gracia barata. Si no se ven satisfechos en sus peticiones, se borran de la amistad útil de la fe. Creyentes que, además de creer que, crean en Dios no abundan; para ellos Dios es un recurso instrumental a su servicio. Cualquier Dios no es Dios, no creo en cualquier dios ni en las falsas terapias que lo invocan. Mi Dios no es el de los nibelungos que moran en las oscuras profundidades del País de las tinieblas; son negros, pequeños y forzudos, les pertenece todo el oro que robaron a las ninfas del Rhin, y su rey posee un anillo que trae desgracia y muerte a quien lo luce. Fafnir, el gigante invencible, arrebató su tesoro a los nibelungos, pero al apoderarse del anillo mágico quedó convertido en dragón, que en la inaccesible montaña Gnita guarda su tesoro cubriéndolo con su cuerpo gigantesco, cuyo paso hace temblar la tierra mientras sus cien ojos vigilan todo. Pero Sigfrido mata a Fafnir y desposa a Brunilda, la walkyria sagrada condenada al sueño eterno tras haber luchado con Odín, señor de las batallas, padre de los ejércitos, rey de los dioses, eterno como el mundo. Los nibelungos están forjados en el acero de la muerte y en el amor al dinero ajeno.
La teología nibelunga en poco se parece a la ética postulada por la moral confuciana: “sólo el hombre justo es capaz de amar y de odiar a los hombres como conviene” (Ta-hio). No muy distinta es la enseñanza del tacaño Libro de los muertos: “¡yo no he hecho cometido fraudes contra nadie, no he hecho llorar, no he ordenado el homicidio a traición! Demasiado no, no, no. Por lo menos, en el Ayax de Sófocles al menos, cuando la diosa Atenea dice a Odiseo que la risa verdaderamente placentera consiste en reírse del enemigo, Odiseo contesta dignamente: “pues yo le compadezco, aunque sea un enemigo”.
Para mí la palabra Dios carece de contenido semántico. Como escribí en mi Teodicea, son tantas las ideas de Dios, y tantas y a veces tan nefastas las invocaciones a Él, que como dijo Buber no puede usarse su nombre sin llamar a confusión. Dios es una X, si bien resulta inevitable tratar de pensarlo para explicar al hombre y al mundo, aunque no se crea en Él. En resumen, no utilizo la palabra Dios.
Jesús sí tiene nombre. Es el Señor en quien Dios se hace presente y concreto en mi vida, en el cual vivo, me muevo y existo. Cuando hablo de Jesús hablo de verdadero hombre y verdadero Dios. Jesús es Dios para mí, y no un muchacho excelente y milagroso ni un hombre buenísimo: ningún hombre que sólo sea hombre es Dios. No puedo entenderme a mí mismo como criatura amada sin referirme a Jesús. No creo en los santos porque los canonice la Iglesia: si las Iglesias los reconoce es porque ellos son santos. Hay muchos santos no canonizados, y supongo que muchos canonizados no santos.
¿Cómo actúa Dios en la humanidad? A veces no vemos su presencia, pero siempre la espero e invoco, como Job en el estercolero. Por gracia suya, ni siquiera el mal me aparta de Dios. Quien niega a Dios por causa del mal debería dar también las gracias a Dios por causa del bien en el mundo, que ningún simple mortal puede monopolizar.
Yo no sé, ni quiero, ni puedo vivir si no es desde el amor que Jesús nos tiene. De no ser así ya estaría quebrado por la cintura. Al proclamar la libertad, la igualdad y la fraternidad en el nombre del Señor Jesús, estoy ilusionado por la lucha sin ceder a la desesperanza. No creo en cualquier Dios. No creo que; solamente creo en Él acercándome a Él. Creo en el Dios señor y dador de vida eterna, pues vida que no fuese eterna tampoco sería envidiable para mí, y aspirar a algo menos sería poca cosa.
Creo en Dios porque sin Él tampoco creería yo mismo en mí, ni a la hora de mi muerte ni en las horas de mi vida. Y creo que, si Dios no existiera, yo tampoco, lo cual no significa que crea tanto más en Dios cuanto menos crea en mí; cuanto más Él, más también yo. Yo creo en el Dios que me llevará siempre consigo por el poder de su perdón restauredor que al perdonarme me recrea. De su mano no querré nunca desasirme. Creo en Dios desde que Dios existe, porque me pensó, me quiso y me hizo para siempre con él coetánro: ese es el valor de eternidad que hay en mí.
A estas alturas, aunque no hubiera Dios, ya no puedo sino querer que lo haya: aunque no hubiera cielo lo amara, y aunque no hubiera infierno lo temiera. Maranatha, ven Señor pronto a socorrerme. Quiero, Señor, que existas, al menos para que te conozcan, pues yo no soy capaz de transparentarte. Creer en este Dios me convierte en escéptico de muchas otras cosas, casi de todas: me parece tonto que “se puede o no creer en Dios, pero no menos se puede creer o no creer en la realidad del éter, de los átomos, de la acción a distancia y, hasta si me apuráis, en la existencia del queso manchego”. Si se puede cambiar de dioses, también de aquel alimento que te daba tu madre cuando aún eras inocente. Realmente aquellas longanizas no eran el Dios verdadero, la pura sustancia, el principio y fin de todas las cosas.
Yo creo a y creo en un Dios difícil de creer: ¿acaso no parece inasumible que el Omnipotente se ocupe conmigo y que yo le pueda llamar Padre con una relación enteramente filial?, ¿y qué decir de un Dios Padre cuyo Hijo entrega su joven vida por mí (¡por mí, Dios mío!)?, y ¿cómo es posible acercarse a otro que pasa por allí sin un poco de rubor y decirle convencido que a él también le ama Dios?, ¿acaso no anula esta “locura de Dios” la pesantez de la tierra? Y, en fin, ¿cómo permanecer fieles a la tierra, sin dejarse al propio tiempo elevar por la ingravidez del amor del Señor?
Ese mi Dios, es Dios/con/nosotros, Emmanuel, de quien soy gozosa y libremente sumiso, sólo de ese Dios quiero serlo. Así lo fue Ángel María Garibay (1892-1967), a quien el médico le advirtió que si entraba en el seminario se volvería loco, pero él se hizo sacerdote y habló latín, griego, hebreo, francés, italiano, alemán, inglés, náhuatl y otomí: “loco o no, aquí me tiene usted trabajando. El consejo que a mí mismo me di y que siempre he practicado ha sido el de que, si en vez de trabajar, descanso, más que enloquecer me muero”. Las gentes sencillas con las que convivía como misionero pobre decían de él: “parece que este padre no ha terminado sus estudios, porque siempre lo encontramos leyendo en sus libros, haciendo preguntas y tomando notas”. Dios fecunda en cualquier terreno, y no sólo en el del saber, sino en el querer y dejarse querer. El padre Garibay no descansó hasta conseguir en beneficio del pueblo de San Martín de las Pirámides la introducción de agua potable; en otros pueblos, reunía a los campesinos jóvenes mismos para enseñarles técnicas que podrían ayudarlos a mejorar sus cultivos y pequeñas industrias. Totalmente ajeno a la pedantería, vivía él con exquisito rigor la pobreza evangélica. Esta era y es la actitud de los humanistas/divinistas. Me maravillan aquellos franciscanos como Fray Toribio Paredes (Zamora, España, muerto en México en el año 1569), que decidió llamarse Motolinia en cuanto escuchó que así designaban los indios de Tlaxcala al pobre, al humilde, y al doliente. Una no pequeña lección para los empachados y empachosos doctorcitos de los nuevos postiempos.
Porque esto del humilde y del doliente, del desgraciado y del depauperado no es un juego banal para los ratos libres, por eso ante el buen Dios me pregunto: ¿es mi lugar una usurpación de los lugares que pertenecen al otro ser humano? Lágrimas de llanto inundan la tierra, pero el que sufre más tiene mayor prioridad, por eso cuidar a un ser humano que sufre es lo más urgente. Creer en Dios significa decir tú personal omnipotente, sin el cual sólo hay ellos, contra ti y sin ti. Y, a partir de este instante, toda una hemorragia de decadencia, es decir, una cadencia de ausencias.