Los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial el cine americano nos trufó de epopeyas en las que sus soldados eran héroes que nos habían salvado de Tercer Reich de forma altruista y desinteresada, solo por hacer el bien a la humanidad y por extender la democracia por el mundo —Trump nos recuerda amablemente que quizá solo fue un sueño y nos despierta a collejas—. En esas películas no había estrés postraumático, ni tristeza… ¡ni siquiera había sangre! Con la guerra de Vietnam todo eso cambió, y se generó un cine mucho más realista en el que se comenzaba a mostrar la guerra con toda su crudeza. De esa época surgieron películas mucho más intensas y ambiciosas, de las que me quedo con tres: Apocalipse now, de Coppola, La chaqueta metálica, de Kubrik y El cazador (The deer hunter), de Michael Cimino, que es de la que trata esta crónica. Antes de comenzar debo decir que El cazador es una de las películas de mi vida y por tanto será complejo hacer justicia a esta obra maestra.
La vuelta a la (in)seguridad del hogar
Qué paradoja que los miedos y angustias se concentren en ese momento soñado del regreso a casa. Es esa vuelta a casa lo que da fuerzas a las almas de esos pobres diablos que solo salen de su casa para hacer guerras. Qué complejo es el ser humano, y qué suerte que existan creadores capaces de plasmar esos sentimientos con tanta carga emocional que a los que estamos sentados frente a la pantalla nos dé la sensación de estar viviendo eso mismo, como si nos pasara a nosotros, como si fuera nuestra vida, con una empatía que desbordaría hasta al más psicópata. A menudo en estas líneas hablo de eso, porque para mí la magia del cine —y por ende de la literatura—, consiste en crear emociones y conseguir que lo que tenemos delante pase de ser un mero entretenimiento a ser algo que nos conmueva. Y hay muy pocos creadores dotados para concebir esa magia.
Lo que supuso una guerra de Vietnam para los americanos fue catastrófico, y de las catástrofes salen estas historias. Los jóvenes iban allí a morir por valores que la sociedad no comprendía, en una lucha demasiado lejana en lo físico y en lo mental. Por vez primera la sociedad decidió que era una guerra injusta y los soldados en vez de ser héroes eran asesinos. Las imágenes de los telediarios ofrecían una panoplia de iconos malditos que quedaban arraigados en el imaginario colectivo. «Haz el amor y no la guerra», decían los hippies pacifistas atiborrados de LSD, incapaces de entender que sus compatriotas eran también víctimas de un conflicto que ellos no generaron. Y ese rechazo incrementaba el estrés de esos pobres soldados que no podían lucir sus uniformes o medallas con orgullo. Lo que Michael Cimino hace con una maestría incomparable donde tristeza y dolor son protagonistas es trasladar esos sentimientos a una película llena de metáforas, la mayoría de ellas sencillas de comprender. Una película que habla de la amistad, el amor, la desesperación, la perdida, el dolor y la derrota. Consigue atraparnos desde el comienzo con una melancolía y un halo de pesimismo que nos invade desde las primeras escenas en la fundición donde trabajan los protagonistas y no afloja en toda la película. Y un elemento vital de esa melancolía es la música, especialmente la melodía principal (Cavatina) compuesta por Stanley Myers y tocada en la guitarra por John Williams (No confundir con el compositor de La guerra de las galaxias llamado igual).
Tener en tu plantel a Robert de Niro, Christopher Walken y Meryl Streep es garantía de éxito. Y si encima les ofreces un guion redondo, sin fisuras, hecho para su lucimiento, el resultado es este trabajo que ganó cinco Oscars, entre ellos a mejor película y mejor director y para la cual no ha pasado el tiempo porque habla de las cosas que nos importan, y lo hace a través de personajes de verdad. Eso es algo que para la mayoría de cineastas es inalcanzable. Hay que hacer mención especial a otro actor participante, John Cazale, que solo actuó en cinco filmes y todos ellos fueron nominados al Oscar a mejor película. Es un caso único en la historia del cine porque además siempre parece que hace el mismo papel, y lo borda. Cazale en el rodaje tenía cáncer terminal y rodaron sus escenas en primer lugar porque no iba a llegar a tiempo. Murió antes de poder ver el resultado.
Michael Cimino
Quizá en la historia haya pocos directores de cine que hayan alcanzado un éxito tan grandioso con una película como El cazador y hayan fracasado de manera estrepitosa con la siguiente, hasta el punto de no remontar ya nunca más. Antes de esta película no era nadie, y después tampoco. Creó algo que perdurará en la historia colectiva del cine y lo hizo casi todo él solo, ocupándose en paralelo de los guiones, las localizaciones por todo EE. UU. y la elección de los actores. Fue un triunfo personal incontestable y le dio fama mundial.
Argumento
La película está dividida en tres actos. En el primero conocemos a fondo a los personajes principales Mike (Robert de Niro), Nick (Christopher Walken), Stevie (John Savage), y Stan (John Cazale), su vida sencilla en Clairton, Pensilvania, sus amistades, sus amores, su trabajo y su tiempo de ocio dedicado a la caza o a beber. Son una comunidad con raíces rusas todavía muy recientes, como se puede ver en la boda de Stevie, que es el punto culminante de este primer acto, previo a la partida de los tres a Vietnam. En un segundo acto veremos la guerra, el cautiverio y sus consecuencias devastadoras, invadidos por una crueldad a menudo caprichosa y siempre muy violenta. En ese cautiverio apreciaremos cómo Stevie se muestra cobarde y egoísta y el miedo le rompe del todo, en contraposición con Mike que permanece entero y se hace el salvador necesario o con Nick, que comienza un proceso de locura distinto, en el que en vez de miedo hay determinación tóxica. El tercer acto es la vuelta a casa, y está llena de desasosiego, con emociones y actitudes complejas de digerir, como cuando Mike llega en el taxi a la fiesta donde le esperan todos y decide pasar de largo y dormir en un hotel. Este regreso de la guerra el director nos permite verlo desde tres puntos de vista y es para mí la parte más emotiva y dura de la película. La vida «normal» sigue mientras tú estás en el infierno, tu amigo Steve en un manicomio y tu otro amigo desaparecido en los bajos fondos de Saigón jugando a la ruleta rusa. El epilogo es probablemente la parte que más se recuerda, donde Mike vuelve a buscar a Nick, y para convencerle de regresar juegan a la ruleta rusa mientras los mafiosos vietnamitas hacen apuestas. Pero Nick no puede regresar de ese lugar que es como una nasa sin canal de salida.
Otro punto de inflexión en la película lo soporta Linda (Meryl Streep) siendo el vértice amoroso de los dos grandes amigos, con una interpretación sobria y contenida, desgarradora sin aspavientos. Una persona carcomida por el dolor que se entrega al amigo de su novio porque en el fondo sabe que éste no volverá.
Pero además de estos grandísimos actores, el éxito está en decenas de secundarios que nos ofrecen una realidad hipnotizante de esa sociedad cutre, sin el menor destello de glamour, y también en la ambientación y fotografía, a cargo de Vilmos Zsigmond que pasa de preciosas imágenes campestres en las escenas de caza a recrear la fealdad de la siderurgia, o a la guerra y las fotos finales, utilizando una técnica distinta para cada etapa, velando incluso algo las imágenes finales para hacerlas más lejanas.
El mérito de Cimino es no haber hecho una película política como siempre hizo Oliver Stone. Aunque en su momento fue criticado por equidistante y por convertir a las víctimas vietnamitas en los malos de la película, lo cierto es que sus intenciones no eran políticas sino poner a los personajes protagonistas en situaciones inhumanas donde pudiéramos ver sus reacciones en los momentos de más tensión y así conocerlos en todo su arco dramático, en sus evoluciones personales. Ni siquiera nos quiere dar sermones sobre la guerra en sí, sino sobre sus efectos sobre ese grupo de amigos y cómo cada uno de ellos reacciona ante los mismos estímulos. También nos habla de la amistad más sincera y la pertenencia a una comunidad pequeña, Clairton, donde todos se conocen. Una comunidad fea, desangelada, brumosa y fría, pero que es la suya y en la que nos introducimos en profundidad. Por eso es tan importante la primera parte de la película, para entender bien quiénes son esas personas y cómo son sus vidas y es precisamente eso lo que la convierte en obra maestra. Es memorable la escena inicial cuando los amigos salen del duro trabajo y van al bar de John (George Dzundza) a tomar unas cervezas y cantan juntos la canción Can’t take my eyes off of you. Esa canción nos une a ellos de manera irremediable. Son gente sencilla que se ve envuelta en algo que no han decidido, que aún no conocen, y que les supera.
El personaje de Mike lleva el peso de la película. De inicio es reservado, en la boda de Stevie se siente tímido y parece que hasta que no se ventila diez cervezas no está integrado del todo en ese grupo compuesto por sus amigos de toda la vida. Pero la guerra le da la oportunidad de ser otro, de descubrir vínculos humanos que quizá antes no sabía que existían: le abre los ojos a otra vida. Pero también tiene su trauma y está tan lejos mentalmente que acaba en la cama con Linda en un cutre motel de autopista, más como paño de lágrimas que como pareja sexual ya que se queda dormido mientras ella se desnuda. Esa relación es extraña pues ella es la novia de su mejor amigo, que en su locura ha decidido quedarse en Vietnam. Él está enamorado, pero es incapaz de dar pasos hacia ella, está bloqueado, y es ella quien toma la iniciativa en todo momento.
En esa tercera parte tiene lugar uno de los momentos decisivos de la película en el que Mike, teniendo en su mira un imponente ciervo, dispara al aire. Es una escena de la que cada espectador sacará su propia conclusión. La mía es que después de haber presenciado una brutal cacería humana dejar con vida a ese ciervo le hace reencontrarse con su propia humanidad, por momentos disipada. Algo así como la recuperación de una inocencia perdida en la guerra. Quizá Linda le haya ayudado a posarse en su nueva realidad.
El reencuentro final con Nick en Vietnam es icónico y demuestra que a veces la amistad es más fuerte incluso que el amor. Su paradoja es que si consigue traerle de vuelta es posible que se destruya esa incipiente relación que tiene con Linda. Pero Nick ha perdido el juicio, y en ese Saigón previo a la entrada del Vietcong donde todo es desorden y caos poco puede hacer por alguien que ya partió a sus propias tinieblas.
Poesía y relato
El cazador es una obra total porque mezcla poesía melancólica con un relato crudo. Las chimeneas de Clairton todo el tiempo lanzan humo negro al aire, la boda de Stevie es fea, cutre, sin el menor detalle elegante ni desde un punto de vista estético ni de las personas que la habitan. Pero a la vez —o quizá por eso— es conmovedora. Los personajes principales, Mike y Linda, son más bien antipáticos y reservados. La banda sonora que comienza con esa melancólica guitarra de John Williams vuelve a sonar cuando Mike regresa y conforma una atmósfera de íntima tristeza que nos embarga a todos los que estamos a este lado de la pantalla. Fealdad también en Saigón, cuando Nick está con una prostituta que tiene en la misma habitación a su bebé llorando en una caja de cartón que hace las veces de cuna. Fealdad que mezclada con tristeza y melancolía, con dolor y derrota, se convierte en algo bello, sobre todo en las imágenes de su vida real en Clairton, de la que el sistema les ha sacado con esa brutalidad inherente a todas las guerras del mundo. Hacer bello lo feo es un proceso complejo, difícil de explicar con palabras. Creo que el éxito es mostrar sentimientos sublimados que todos entendemos, ideas de pertenencia necesaria a grupos humamos, aunque sean brumosos, sensación del hogar perdido, y quizá, porque el ser humano es universal, si a eso le añadimos, y sé que me repito, la deliciosa guitarra de la banda sonora destilando toda la melancolía del mundo, irremisiblemente caemos atrapados.