La traducción, que es la lengua franca de la humanidad, le da una nueva vida a los libros. Russia Against Napoleon se publicó en el Reino Unido en 2009 y en 2010 en los Estados Unidos. La segunda edición variaba pro captu lectoris el subtítulo de la obra: “La batalla por Europa” se convertía en “La verdadera historia [Story] de las campañas de Guerra y paz”, en alusión a la novela de Liev Tolstói con la que la historia (History) de Dominic Lieven se medía y a la que explícitamente trataba de superar.
Tolstói —según Lieven— “fue con mucho el más importante creador de mitos del siglo XIX por su influencia en la interpretación nacional (y extranjera) del papel de Rusia en la época napoleónica” (p. 20 de la traducción al español). En el corazón del libro, Lieven le concede al novelista la capacidad de inmortalizar la escena de la aclamación del zar Alejandro I en las escaleras del Kremlin el 24 de julio de 1812 (pp. 376-7). Pero, en la conclusión, le atribuye la marginación de “un actor tan decisivo como Rusia” en la derrota de la Grande Armée. “Un novelista no es un historiador” (p. 830; el índice onomástico de la traducción no recoge esta última mención).
La principal objeción de Lieven a Guerra y paz es que interrumpa la narración en 1812. Prolongarla, transformando la literatura en historia, hasta el 31 de marzo de 1814 —cuando las tropas rusas entraron en París al frente de la coalición— es, de hecho, el gran propósito de Lieven, cuyos actores decisivos son Alejandro I, su ejército —incluyendo todas las divisiones, armamento, abastecimiento, equipamiento y comunicaciones o el servicio de inteligencia, especialmente elogiado por Lieven— y “el mayor héroe del esfuerzo bélico, el caballo”. La historia entre la batalla de Borodinó y la caída de Moscú y la batalla de Leipzig y la invasión de Francia, que comprende más de quinientas páginas, se lee con fluidez y demuestra sobradamente que Lieven no ha descuidado en modo alguno el arte de escribir. El historiador dedica su obra a la memoria de los regimientos del ejército imperial ruso y no oculta su apasionada y documentada admiración por el triunfo.
Sin embargo, entre la publicación original de Rusia contra Napoleón y la traducción al español se produjo la invasión rusa de Ucrania en 2022. Es casi inevitable que la lectura se vuelva comparativa y que el lector se pregunte si los cuatro años de una guerra aún en curso están también al servicio de la seguridad y el equilibrio de poderes en una nueva batalla por Europa. Lo que Lieven llama “el contraste entre Rusia como imperio y Rusia como nación y pueblo” (p. 22) parece —tras el periodo soviético— más agudo ahora que cuando Nicolás I tuvo que administrar Rusia tras las guerras napoleónicas. Lieven, que ese mismo año publicó una larga monografía sobre el Imperio como forma de gobierno, alude también al proyecto de Catalina II de restaurar el imperio bizantino antes de que Napoleón quisiera restaurar el imperio carolingio (p. 35).
Justo con Rusia, Lieven es injusto con Tolstói. Es verdad que Guerra y paz no narra el triunfo de Rusia y que un novelista no es un historiador ni un filósofo de la historia, pero puede ser algo más que un mitógrafo. En los capítulos XIV y XV de la primera parte del Epílogo de Guerra y paz —que transcurre siete años después de 1812— Tolstói ha dejado una imagen imborrable de las consecuencias de la guerra en el no menos apasionado discurso de Pierre Bezújov, que Nikóleñka oye con su aprobación. Hoy leemos ese discurso a favor de una sociedad de pensadores independientes y conservadores con tanto entusiasmo como el hijo del príncipe Bolkonski y con más esperanza que Rusia contra Napoleón.