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TRIBUNA

Recogimiento: algunos consejos

lunes 09 de febrero de 2026, 20:01h

La buena educación, el respeto, el diálogo calmado y argumentativo son ya casi de otro planeta. Me resulta imposible detectar el lugar en que se rompió la cadena y se produjo la recesión antropológica, cuyo espejo público son los parlamentos, en los cuales padres y madres conscriptos de la patria tienen la hipocresía de dirigirse entre sí en vocativo y con la palabra “señorías”. Si son señorías, ¿por qué se gritan entre sí con soeces vocablos, se increpan soezmente, patalean y abuchean con zafiedad, como lo describía Pío Baroja? Para ellos la vergüenza era verde y se la comió un burro. Entre tantas escuelas laicas y religiosas presumiendo de corrección y de racionalidad, esto se ha convertido en un lodazal, en un hocicadero donde la marea de inmundicia sube cada vez más arriba. Aquí solamente truenan los chicharrones de los políticos y, de ahí abajo, los de los macarras que gozan entre la caca de las redes vilipendiándolo todo. En semejante corte de monipodio ¿será ese el respeto que haya que esperar en el presente inmediato, al que llaman futuro?

No soy budista, pero al menos en Occidente no hemos aprendido el callado recogimiento, ese silente compañero de la paciencia. Frente a tanto parloteo, cuánta calma, cuánto recogimiento, cuánta meditación, necesitamos los heridos por el hedor de las bocas de albañal. Nuestras palabras necesitan el sello del silencio y el don de la oportunidad. Ciertos silencios poseen un poder mágico formidable, incluso amenazante. Con la palabra, el hombre supera a los animales, con el silencio a sí mismo. Donde el río es más hondo discurre en silencio y armonía. Las abejas trabajan en la oscuridad, el pensamiento en el silencio, la virtud en el secreto; un ser prudente y juicioso no habla hasta que haya silencio. Para que tu alma cante, pon silencio a tu alrededor. Procura parecerte a uno que sabe y sin embargo calla.

La persona que sabe no habla mucho; el hombre que habla demasiado no sabe. Yo desearía manejar el silencio como si fuera palabra, la palabra como si fuera silencio y administrar bien ambas. Sé el primero en callar si quieres que los demás callen, aunque resulte doloroso tener que callar cuando se sienten deseos de hablar. En la boca de los necios está su corazón, mientras que el corazón de los sabios está en su boca. Vale más un silencio a tiempo que cien palabras a destiempo. Hablar sin pensar es como disparar sin apuntar, las palabras tienen alas propias y vuelan a donde ellas quieren, no sólo a donde nosotros deseamos. Cuando no tengas nada interesante que decir, no dejes que nadie te convenza para decirlo: palabras sin obras no son ni siquiera viento, pero palabra sin silencio no es ni siquiera palabra. El pensamiento se come sus propias palabras, y así crece.

Hablamos demasiado, aunque tenemos dos oídos para escuchar y sólo una boca para hablar ruidosamente, pero los sonidos del silencio gobiernan en mundo, más que las palabras. Cuando se habla demasiado se termina diciendo inconveniencias: malo callar cuando hay que hablar, malo hablar cuando hay que callar, pero toda persona profunda es hija de algún silencio profundo. Sólo buscando los silencios se encuentran las palabras. La confidencia descubre quién era o no digno de ella: a quien dices el secreto das tu libertad, pues la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha. Quien no calla el hecho tampoco callará su autor, pues el charlatán no guarda otro secreto que aquel que ignora. Cuando el sabio habla, sus palabras expresan el silencio; en cambio, cuando el sabiondo lo hace, las suyas tan sólo expresan el pensamiento.

De todos modos, hay silencios que no pasan de ronquidos del alma: “algunos de mis maestros del Instituto de Berlín se echaban pequeñas siestas durante el análisis y hablaban de ello sin tapujos. Otros pretendían que, durante la siestecita, habían tenido un sueño acerca del analizado que les proporcionaba mayor discernimiento que si hubieran estado escuchando. Desde luego, la tendencia a roncar constituía un obstáculo para tal comportamiento. Por experiencia propia durante los años en que analicé según la técnica de Freud, sé lo terriblemente fatigoso que me resultaba el estar sentado detrás del analizado, sin ningún contacto con él o la paciente y escuchando la voz monótona e incesante que por nada debía interrumpir. De hecho, fue este aburrimiento el que convirtió tan insoportable la situación, que comencé a cambiar la técnica”[1].

“Si no existiese la oscuridad, el hombre no sentiría su corrupción, y si no existiese la luz no tendría esperanza de curación. No sólo es justo, sino provechoso, para nosotros, que Dios esté oculto en parte y en parte manifiesto, porque es tan peligroso para el ser humano conocer a Dios sin conocer su propia miseria, como conocer su propia miseria sin conocer a Dios”, dejó dicho Pascal. La belleza es un bien frágil, la mitad de ella depende del paisaje, la otra del ojo. Luis Cobiella, poeta grande y hermano mayor de la isla bonita de La Palma escribió, conforme a su carácter: “elaboradamente, lentamente,/ esta masa de amor y su aventura/ a través del vivir, se transfigura/ hacia la sencillez de lo inocente./ El sol atardecido es suficiente,/ o la silvestre flor, o la ternura/ de cualquier gesto o voz, o la llanura/ del mar azul, para que esté presente/ la historia del amor, ya convertido/ su arrebatado ímpetu en sonrisa,/ su pulso ardiente en íntimo latido./ No se acabó el amor sino la prisa./ Aquel ave nació para este nido,/ aquel viento nació para esta brisa/. Esta forma de estar donde se ama/ lo inocente y sencillo; donde, al frente/ de cada sencillez, un inocente/ deseo de inocencia te reclama;/ este anidar la brisa en quieta rama/ donde es pájaro puro lo presente,/ donde el nido es regazo, gracia y fuente/ de claros vuelos, juventud se llama./ No se acabó el amor, sino la prisa/ Y que vejez consista, sobre todo,/ en tenue olvido de mirarse apenas,/ sabio secreto de volvernos sabios/ ignorando felices de igual modo/ cómo endurecen nuestras blandas venas,/ cómo se ablandan nuestros duros labios”. Prefiero que la gente pregunte por qué no hay una estatua mía, dijo Marco Poncio Catón, y no que pregunte por qué la hay. No hay que cambiar de amo, hay que dejar de ser perro, parlamentario o no.

Lo que los alemanes siguen llamando tan acertadamente seriedad animal constituye un síntoma de megalomanía, y hasta sospecho que una de sus causas. El orgullo es uno de los principales obstáculos que nos impiden vernos tales y como somos en realidad. Una persona con el suficiente sentido del humor no corre el peligro de sucumbir a ilusiones demasiado halagadoras acerca de sí mismo. El primero de los mandamientos debería ser no engañarse a sí mismo. Y la capacidad de obedecerle se encuentra en proporción directa a la capacidad para ser sincero y leal con los demás. Una dosis está a la altura de humor y conocimiento, las dos grandes esperanzas de la civilización.

No sé si personas serias son aquellas que no se ríen porque no han comprendido el chiste, o lo han comprendido y por eso no se ríen, pero algo me ha ido enseñando la vida: que no puedo embotellar mis sentimientos y luego sentarme encima, porque saldría una tortilla de huevos rotos.

En todo caso, el silencio de los buenos es compatible con la buena retórica. Catón definía al orador como vir bonus dicendi peritus, persona buena experta en el decir, siendo la intención de sus Institutiones la siguiente: “el orador perfecto sólo puede ser un hombre bueno, por eso exijo de él no sólo una aptitud excepcional para hablar, sino las virtudes del alma entera”[2]. Vince in bono malum, vence al mal con el bien. Debe ser terrible no intentarlo

[1] Fromm, E: Grandeza y limitaciones del pensamiento de Freud. Ed. Siglo XXI, México, 1979, pp. 56-57.

[2] Institutiones oratoriae, I, promemium y II, 24, 12.

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