Luis Landero (Alburquerque, 1948), uno de los mejores narradores en español – entre sus últimas novelas, Una historia ridícula-, fino remozador de la lengua de nuestro Siglo de Oro, recupera para el título de su innovadora composición una voz de resonancia clásica, “coloquio”, poco usada últimamente en beneficio de nombres pretenciosos y redundantes tales como “chat” o “conversatorio”.
Ciertamente, el escueto título, preciso y amplio, se ajusta con propiedad a la obra. Veamos de qué nos habla. Quiere el azar, componente habitual en la narrativa existencial landeriana, que la sucesión de cuentos entreverados sobre experiencias propias o ajenas que es esta novela con armazón teatral nazca durante los días de reclusión forzosa a causa de la descomunal tormenta de nieve, Filomena, que vivió Madrid hace un lustro.
En un hotel familiar de la sierra, se quedan confinados siete huéspedes y los hosteleros, marido y mujer. La crudeza de la situación suscita entre los afectados la búsqueda de una manera de matar el tiempo. Solo dos de ellos se conocen de antemano. Como sucede en todo grupo humano, por pequeño que sea -de acuerdo con Ortega- enseguida surge espontáneamente aquel que llevará la batuta. En este caso es un médico con consulta en un barrio de Madrid desde hace años, de nombre Santos León, quien lanza la idea de entretenerse contándose historias del tipo que sea, reales e imaginadas, propias o ajenas, individuales o colectivas, confesionales e incluso inéditas.
A tenor de su profesión, es depositario de un sinfín de confidencias, comentarios y comidillas de las gentes así es que cuenta con ventaja y dispone de diversas perspectivas a la hora de confeccionar su relato -voz de voces- de las andanzas de los vecinos y pacientes suyos.
Comienza la obra consignando el narrador omnisciente y efímero la fecha del acontecimiento: “8 de enero del 2021”. Tal intromisión de lo verídico tiene como función fundamental incidir en el peso de la circunstancia fatídica engarzando sutilmente el argumento, la ficción, con la realidad, lo concreto.
Al poco de ofrecernos la composición de lugar, el narrador se convierte en un segundón o acólito para tan siquiera los incisos. Porque, acto seguido, los siete huéspedes toman la palabra por turno -al alimón en el caso de las amigas- y sus voces desempeñan una tarea semejante a la de los viejos cuentistas, ahora bien, con un público participativo que expresa sus impresiones, tercia y comenta.
Y así, la novela entreteje los relatos de los concurrentes y versa, en primer lugar, sobre la capacidad y la práctica narradora susceptible de aflorar en cualquier persona, sépalo o no, un principio que Landero sostiene desde su irrupción en el ámbito literario con un éxito tan inesperado como merecido: su fantástica novela Juegos de la edad tardía (1989). “Es inevitable: somos narradores y nosotros mismos constituimos la materia básica de nuestra narración”, afirma el escritor extremeño en el prólogo que redactó para el manual de técnicas narrativas de Enrique Páez (2002).
Muchas de las criaturas del acervo del autor de Lluvia fina son locuaces y fantaseadoras; aquí, además, el mencionado Santos León y Tomás Guerrero, periodista con vocación de escritor, teorizan acerca de ello, de suerte que la interferencia o cambio de plano entre narrador y personajes no resulta abrupto. Ambos intentan persuadir a la remisa Adela, librera sevillana divorciada, convencida de la insignificancia y carencia de interés de su trayectoria vital para los demás. A raíz de dicha reticencia, se desencadena una sustanciosa controversia de ecos freudianos acerca de los modelos humanos extravertidos y los ensimismados. “Yo me cuento mucho para mí misma, y con imágenes más que con palabras. Pero lo difícil es contar para fuera, para que te entiendan los demás, y que lo que cuentes resulte interesante”, sostiene Adela (p.16). Su compañera, la profesora de Filosofía de nombre Nuria, apostilla aduciendo que la experiencia vital está incompleta si no la expandimos contándola.
Las obras de Landero -incluso aquellas que prima facie no parecen novelas en términos ortodoxos, por ejemplo, El huerto de Emerson- comportan siempre historias humanas percutientes que combinan distintas modalidades: episodio chusco, sainete, lirismo, comedia y tragedia. Novelas de personaje por excelencia, las protagonizan caracteres del común, con inseguridades varias y hondas heridas anímicas con las que se bandean como, cuando y mientras pueden en el devenir de la cotidianeidad.
Idealizadores, vulnerables y extremadamente sensibles a la opinión del otro, cualquier menoscabo de su dignidad puede fraguar sigilosamente en tragedia con espoleta retardada, aunque también se da la tragedia absurda, de cuño camusiano, fruto de un equívoco o la originada en un inocente juego de niños.
A trueque de preservar su respetabilidad, el personaje arrostrará un brusco descenso social hasta quedar a la intemperie para el resto de sus días. De esta índole es el inolvidable Eloy, taciturno y cabal electricista cuya peripecia narra Tomás. El peso imborrable de la culpa tiene asimismo un papel crucial para el héroe de este mundo, que recuerda en muchas ocasiones al hombre gris y medroso de Chéjov o al malhadado de El capote de Gógol.
Aunque ensoñador en su fuero interno, el comandante de Caballería, Víctor, es hombre pragmático y de pocas palabras, y le cuesta aprobar la conducta de Martín, profesor múltiple y faldero impenitente. Otro prototipo de la factoría Landero, encarnado en Ginés el ferroviario, es el que huye de sí mismo y de su entorno ante la impericia o escaso coraje para desdecirse a la hora de revocar un compromiso.
Al remontarse los narradores eventuales a tiempos pasados, vislumbramos escenas y ejemplares de antaño: el cortejo amoroso telefónico, ciertos hombres cerriles de la España perdida de los sesenta que nos evocan el cine del Oeste más bárbaro en las lindes de El juez de la horca; la pintoresca historia del guitarrista flamenco y filósofo (1969) con reviviscencias autobiográficas del mismo Landero. En fin, la parodia de fórmulas verbales de última hora y la forma desenfadada de citar autores señeros rubrican la riqueza y amenidad del Coloquio.
Concluiremos mencionando sucintamente la lisura y viveza de una prosa que fluye con armonía para deleite del oído del lector. Nunca faltan la hipérbole expresionista ni las enumeraciones rítmicas a modo de cascadas musicales del decurso verbal ni los símiles breves y bien traídos. Y, cómo no, tampoco están ausentes el humor, antídoto de la solemnidad, ni la mirada perspicaz, indulgente y piadosa.