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TRIBUNA

¿Es el fin de la globalización y de los valores? El discurso de Mark Rubio en Münich

Gabriel Alonso-Carro
sábado 21 de febrero de 2026, 20:31h

Una lectura apresurada y superficial del discurso del Secretario de Estado USA en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich pareciera concluir que tanto los valores como la globalización han llegado a su fin en la esfera internacional con el giro geopolítico actual de la Administración Trump. Así aparenta deducirse de sus palabras pero me parece un gran error no interpretarlas bien. Si tiene paciencia el buen lector, aclararé a continuación los diferentes equívocos de las falsas impresiones que no ayudan a comprender correctamente.

En primer lugar, la globalización es un fenómeno neutro, ni positivo ni negativo, todo depende de sus contenidos. Por eso yo mismo he hablado de “globalización de la solidaridad”, a lo que nadie en su sano juicio se negaría: otra cuestión es que lo vean factible o no, realizable o impracticable. Pero ese es otro asunto. De las palabras de M. Rubio se deduce que para él la globalización supuso el creer a pies juntillas el planteamiento de F. Fukuyama de “El Fin de la Historia”: a partir de la caída del Muro de Berlín restaría únicamente la validez del modelo político de las democracias liberales y el económico de las economías de mercado. Los negocios, la eliminación de barreras físicas y comerciales y la deslocalización industrial y del poder soberanos nacional eran el futuro.

De este modo, el libre comercio a escala planetaria, una democracia liberal global y una superación de la “razón de Estado” se impondrían en un orden mundial abocado al entendimiento y la integración planetaria progresiva. Sin embargo, viene a decir el mandatario, esa ilusión se ha acabado ante fuerzas y corrientes a las que hay que enfrentarse para que Occidente no sea engullido y, Europa como parte de él, hay que reforzar la propia identidad y recuperar el puesto de liderazgo en el mundo. Sin embargo, los políticos no son demasiado precisos ni rigurosos habitualmente en sus observaciones.

La globalización es un fenómeno muy complejo que no es reductible a las tesis de Fukuyama, ni mucho menos. Si uno consulta la definición de la RAE encontrará múltiples vertientes en la acepción del término: sociales, políticas, jurídicas, éticas, culturales, económicas, tecnológicas, etc. Por eso, y es comprensible en un discurso político más que analítico, hay que tener cuidado con dar por sentado que la globalización se ha acabado de un plumazo por voluntad de nadie. En la simplificación parcial lo que se quiere lanzar es el mensaje de que se acabó postergar el interés nacional en aras del conjunto internacional (“America First”) en asuntos como el cambio climático (relativizando el uso de energías “sucias”), la pérdida del control nacional de la cadena de suministros y de las materias primas, la apertura a los flujos migratorios, etc.

Pero la globalización es tan amplia y avasalladora por sus raíces tecnológicas que sigue y seguirá en pie ocasionando un mundo hiperconectado e interdependiente (lo hemos comprobado con la covid-19), en el cual gran parte de las reservas financieras USA están en manos chinas, y China no podría hacerlas efectivas sin la solidez del dólar americano. Un mundo tan global que la cultura estadounidense se expande planetariamente como modelo, el “American way of life”; un panorama internacional tan íntimamente entrelazado que una crisis financiera como la de 2008 en EEUU arrastra detrás al resto del mundo desarrollado.

No, en absoluto, no se ha acabado la globalización: en algunos aspectos se querrán frenar sus efectos pero en otros no sólo es inevitable sino que simplemente supera la capacidad de cualquier potencia el hecho de frenarla. Y ésta distinción no es un juego abstracto porque precisamente la globalización hay que encauzarla, dejarla a la deriva ignorándola o dándola por amortizada es condenarnos a que pase a ser un dinamismo mundial sin control. Precisamente, lo que habrá que hacer es tomar las riendas para embridado puesto que al ser neutra puede derivar en aspectos muy positivos o muy negativos.

Y ello, esto es lo crucial, hasta en beneficio del propio interés nacional. ¿O es que interesaría, pongamos por caso, que China llegará primero en la carrera por la IA y pretendiésemos entonces poner barreras al campo? La regulación que ha hecho la UE al respecto, ¿no sería fundamental que se intentara tener una herramienta similar en el nivel internacional? Y así en otros tantos asuntos, como la bioética, la manipulación genética, la protección de los Derechos Humanos, la contaminación atmosférica, etc. ¿No es imprescindible una solidaridad global en estos campos y tantos otros? Querámoslo o no, ya no bastan para solucionar los problemas nacionales los estrechos límites de las propias fronteras pues hay muchos retos planteados de dimensiones planetarias.

En este sentido, sigo “salvando la proposición” (en términos ignacianos) del secretario de estado M. Rubio. Creo que se debe a una enorme simplificación en algunos aspectos en su discurso político, lógico en un registro no analítico ni preciso. A qué suenan si no afirmaciones como: “las Naciones Unidas siguen teniendo un enorme potencial para ser una herramienta de bien en el mundo” (aunque señale después su inoperancia en muchas crisis) o, también por ejemplo, respecto a China: “En aquellas áreas en las que nuestros intereses coinciden, creo que podemos trabajar juntos para tener un impacto positivo en el mundo, y buscamos oportunidades para hacerlo con ellos”.

Indudablemente, la narrativa es la de recuperar el estado-nación y su centralidad y abandonar la idea de “gestionar un estado de bienestar global”. Sin embargo, no deja de observar instituciones y planteamientos que van más allá del interés nacional: la insistencia en defender la prevalencia de la cultura occidental es un detalle importante más. Por lo tanto, quiero subrayarlo, ante el giro geopolítico mundial que se está produciendo hay que huir de interpretaciones categóricas y fatalistas, separar el grano de la paja y saber leer entre líneas. Y no por un deseo bienintencionado o iluso, sino porque hay que hacer la lectura adecuada de las palabras en relación con los hechos concretos, con la objetividad de la realidad y hasta de lo que hay contenido en el propio discurso.

Dicho lo cual, concluyo que sigue siendo viable y deseable dar un cauce solidario al fenómeno globalizador en lo que no depende los geoestrategas nacionales, que es mucho, quizá gran parte. Por otro lado, es necesario no dejar de abordar grandes reformas en el entramado institucional mundial y en eso, como afirmó en Davos el Primer Ministro canadiense M. Carney, tienen mucho que decir las potencias medias como moderadores de los hegemones. El ideorrealismo o realismo con valores que propuso en dicho Foro es precisamente el que yo mismo llevo tiempo preconizando. Y, por fin, en los aspectos éticos siguen teniendo grandísima importancia los valores: de lo contrario, qué significan estas palabras del propio Mark Rubio en Múnich: “Formamos parte de una misma civilización: la civilización occidental. Estamos unidos por los lazos más profundos que pueden compartir las naciones, forjados por siglos de historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización común que hemos heredado”.

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