Hay muchas películas que pasan delante de nosotros sin dejar huella. Otras la dejan, y muy profunda, pero cuesta entender por qué. Lost in translation a mí me marcó profundamente y desde que salió en 2004 ha sido una de las películas que he visto más veces y que para mí lo tiene todo sin tener aparentemente nada. En estas páginas intentaré explicar de algún modo dónde reside ese apego tan fuerte por el cine de Sofía Coppola en general y por esta película en particular. Advierto que será una crónica distinta, porque la película también lo es. Lo cuento todo, aunque muchos pensarán que no hay nada que contar. A menudo todo está en sutilezas que solo se ven mirando con otros ojos.
Lost in translation es una de las películas favoritas de los haters (odio los anglicismos, pero más la consistencia aguda). Dicen esos odiadores que son casi dos horas donde no pasa nada. Y yo creo lo contrario, que pasa todo. Nunca la nada fue tanto. Esa falta de comprensión —o quizá de sensibilidad—la pone a los pies de los caballos, que sin diligencia andan desbocados. Como en la película no pasa nada, vamos a dedicar estas páginas a hablar de lo que no pasa.

Argumento (si lo hubiere)
Charlotte (Scarlet Johansson) y Bob (Bill Murray) son dos americanitos atrapados por distintas razones en el lujoso hotel Park Grand Hyatt de Tokio. Desde diferentes formas de ver la vida ambos se sienten muy solos, y esa soledad les hace acercarse de un modo muy particular. Sofia Coppola entendió esa extraña relación con sutileza, evitó clichés románticos y se enfocó en su conexión emocional y existencial. El propio hotel y la ciudad de Tokio con todas sus extravagancias se convierten en parte vital del paisaje fílmico, en protagonistas más que escenarios gracias a la sensación que se transmite —especialmente por la actuación del maravilloso Murray— de que en realidad están en otro planeta donde todo es distinto y donde cada elemento mostrado confluye en esa dirección. Pasa algo similar con la música que, con su mezcla de indie, dream pop y electrónica suave, crea un ambiente melancólico, introspectivo, agridulce. Cuando en la última escena suena Just like honey (The Jesus and Mary chain) de fondo me encontré y me sigo encontrando con uno de los finales más perfectos y enigmáticos que recuerdo en ninguna película, donde música e imágenes se fusionan en el subconsciente para siempre.

Interpretando la nada
El tema principal de esta película —como de gran parte de la obra de Sofía Coppola— es la soledad cuando estás rodeado de gente, la soledad incluso en un entorno abrumador. Además, la desesperación, porque la inexorable exigencia de ser uno mismo puede ser fuente de una profunda angustia. Estás solo en un país que parece otro planeta, así que Coppola lleva esa soledad tanto de Bob como de Charlotte a la sublimación y el escape. Pero la película también nos sugiere que existe otro camino posible que no es huida: el de la alegría trágica nacida de la lucidez de haberse conocido, un mecanismo de aprobación, una aceptación sin reservas de lo que sucede una vez liberados del peso de la nada, de la vida cotidiana llena de insignificancias (cambiar las cortinas o la pintura del salón). Este mecanismo opera a través del conocimiento de que todo lo familiar es extraño —sus matrimonios especialmente— y todo lo distante es cercano, incluyendo el propio Tokio. Usa el trasfondo de esta ciudad para reflejar su desplazamiento emocional, en un reflejo de la desconexión interna de los personajes. La manera de rodar en exteriores recuerda a un documental, captura la esencia de la ciudad con espontaneidad, poniendo el foco en momentos cotidianos iluminados de manera natural y utiliza sus propias experiencias en Tokio, donde vivió varios años, para infundir autenticidad en la historia.

La danza de las ánimas
Coppola somete a sus personajes a una dura prueba, haciéndolos parecer perdidos no solo en una tierra lejana, sino en su propia existencia, en su propio idioma, como si estuvieran expuestos a una implosión. Lo singular, lo inmutable, su soledad, nos acercan a su falta de control sobre nada.
A modo de ejemplo de lo que supone este desbarajuste emocional, a su llegada a Tokio, Bob recibe una carta de su mujer informándole de que ha olvidado el cumpleaños de uno de sus hijos. Todas las conversaciones con ella girarán en torno a la decoración del hogar, como si se tratara de conversaciones desincronizadas en tiempo y espacio: noche para Bob, día para su mujer. A la vez, en el mismo hotel, vemos a Charlotte incapaz de encontrar descanso, mientras su marido ronca al lado como un gorrino porque él sí está en sintonía con su mundo. El jet lag se concreta en una desorientación existencial de nuestros dos personajes principales.

Los personajes: algunos detalles nimios
Bob es un actor en decadencia que está en Japón para hacer un anuncio del whisky japones Suntory. Recibe instrucciones demasiado precisas de un autoritario fotógrafo local. El traductor, las resume de forma poco clara y Bob se pierde. Esto se ve en su posición corporal durante la sesión, una posición forzada, un problema de ajuste. Se encuentra inmerso en un mundo intraducible y una lengua extranjera (tanto la japonesa como la de su mujer).
Charlotte, por su lado, es una chica recién licenciada en filosofía que se ve sometida a una prueba de adultos. Una joven culta y estudiosa, muy perdida en una vida que comienza para ella. En su insomnio llama a una amiga entre lágrimas, rememorando la reciente visita que hizo el día anterior a un santuario donde unos monjes tocaban un gong y donde ella no sintió nada. ¡Horror! ¡Soy demasiado profunda como para no sentir nada! Charlotte dice también a su amiga que su marido es un extraño para ella, pero no es capaz de expresar su dolor, es un dolor intraducible. Su amiga interrumpe la conversación preguntando de nuevo qué tal está, como si Charlotte nunca hubiera dicho nada. Esa incomprensión es sintomática. Hablan el mismo idioma, pero no se entienden, y dentro de esa soledad Bob parece ser la única persona con empatía para comprender lo que ella está viviendo.
Uno de los elementos que hacen funcionar magistralmente este film es precisamente la brutal química entre el melancólico Bill Murray y la contemplativa Scarlett Johansson, la conexión entre un alma abúlica y un corazón expresivo. Coppola sufrió para poder tener a Murray en el elenco, buscó mil maneras de acercarse a él y hasta el último segundo, utilizando amigos comunes, no supo con certeza si se presentaría en el rodaje. Pero lo hizo, y logró uno de sus mejores papeles.

El rodaje
El rodaje se llevó a cabo en solo veintisiete días. El director de fotografía fue Lance Acord, que captó la esencia de la ciudad con un enfoque no invasivo y usando aún negativo. Como comentamos antes, en parte se hizo a modo de documental. Para ello se utilizó una cámara portátil para moverse con rapidez y a menudo rodaron sin permiso por las calles de Tokio, usando la luz natural y evitando los grandes equipos de iluminación y los extras, que eran los propios viandantes. El resultado sirvió para capturar de una manera única la vitalidad real de la vida urbana. Para la noche eligió luz de neón y tonos fríos muy saturados en las escenas nocturnas de Tokio contrastando con la luz cálida de los momentos de intimidad de los protagonistas en el hotel. De la música ya hablamos antes, y en su parte diegética hay una memorable interpretación en un karaoke de Tokio donde Murray se marca un More than this de Roxy Music a su particular manera jetlaguera y desganada. Como dijo el director Wes Anderson, ese nuevo estilo «Sad Bill Murray» alargó la carrera de este actor que en esas fechas comenzaba —como el personaje de Bob— su particular declive y al que esta película dio nuevas alas.
El resultado de todo este trabajo tan artesano y preciosista se concretó en ser nominada a mejor película, mejor director, mejor actor principal y mejor guion original, ganando en esta última categoría. Es curioso que todos estos premios se consiguieran con una nada tan llena de silencios como esta. Desde luego no es película para palomiteros.
Finalizo con una pregunta que todo el mundo se hace al ver Lost in translation: ¿qué le dijo en la escena final Bob a Charlotte en el oído?
Os espero en los comentarios.