En esta misma semana estoy con un pie en el estribo en mi enésimo viaje a México, como es mi costumbre desde hace treinta años. Amo a México enormemente. Mi actitud se asemeja a la de Gerardo Mendive, un uruguayo residente en México y también muy conocedor de España para quien lo Moctezuma no quita lo Cortés, ni lo Cortés lo Moctezuma. Y eso por su parte con una extraordinaria capacidad de humor satírico cálido, ecuánime, y una capacidad de amor a prueba de bomba[1].
Y, hablando de bombas, en un mundo en guerra brutal, y como si no tuviéramos bastante con ellas, hay quienes se empeñan en actualizar desde el poder las guerras de hace quinientos años. El gobierno populista de México exige perentoriamente que España pida perdón por la Conquista, pero España lo hace a medias sin dar a torcer del todo el brazo, a regañadientes, por no ver recompensada su aportación al Nuevo mundo. Esto no impide que haya mucho antihispanistamexicano que vive sin decencia a costa de los indígenas, ni que demasiados criollos ignoren que la justicia hay que defenderla más allá del huerto propio y del de su compadre.En México hay libertad de cultos, especialmente el culto al dinero, el culto a la violencia, y el culto a la incultura. Está bien reclamarle a la madre patria, pero muy mal no pedir responsabilidades a EEUU por su humillación permanente. En cuanto a los restauradores de la mexicanidad, no conozco a ninguno que se ponga el primero en la fila de los sacrificios activados por sus propios antepasados.
De la chingada. “Los diablos apalearon a los santos, marcador 7-2”. La cuestión es chingar o ser chingado[2]. El nieto pregunta: “¿abuelo, pendejo se acentúa? -Sí, mi nieto, con los años”. No hay conversación donde el mexicano ilustrado no odie a México, pero tampoco quien no lo considere el país por el que merece la pena dar la vida ya desde el Himno nacional: mexicanos al grito de guerra… “de aquí sólo nos sacan como nosotros entramos: a balazos”. “En México, si Caín no mata a Abel, Abel mata a Caín”. Qué cansina memoria: las deudas viejas no se pagan y las nuevas se dejan envejecer, de ahí que las ruinas sean eternas, pero las novedades ruinosas. O yo no entiendo lo que está pasando, o ya no pasa nada de lo que estaba entendiendo.
El caso es continuar sobando la silla curul, opíparos sueldos, prebendas interminables, tener la mano en el cucharón, y enredar con la lengua bajo la batuta de Cantinflas: “¿para qué te digo que no, si sí? Y le dije ¿y entonces qué dices? Y ni me dijo nada, nomás me dijo que ya me lo había dicho”. Como recoge una de las Breverías de Gerardo Mendive, este sistemático descuacharrangue de la lógica cartesiana y el sentido racional de la realidad no parece pasar de undesconchinflar, un descomponer, desconchar y desinflar a un mismo tiempo”. En México nunca pasa nada hasta que sucede, y cuando pasa ya pasó”, un poco de Cantinflas al año no hace daño. Al final, casi como Sócrates, Yo sólo sé que no sé náhuatl.
Además, el pesimismo vital se refuerza con la escatología,“la vida no se encamina hacia la muerte, sino que procede de ella. Primero es la muerte, luego la vida, nunca al revés. La muerte es el origen. Descendemos de la muerte; sin la muerte que nos precede, no estaríamos aquí. Para los mexicanos, un fenómeno como la muerte como tal no es imaginable ni creíble, porque si conciben la vida como una unidad indestructible, la muerte como tal no tiene cabida. El Día de Difuntos es uno de los que más dan que hacer a los vivos. La dicha mexicana será dramática o no será”.“En México, aun de forma más acentuada que en otras culturas, no hay héroes vivos: sólo la muerte es la confirmación del mérito en la conciencia colectiva mexicana”. “Solamente el mexicano puede embarazar a una calaca, sacar vida de lo muerto”.
Y, mientras tanto, los ciudadanos de a pie cada vez se sienten un poco más incapaces de hacer un mundo mejor, “hace años había que ser muy valiente para atacar al presidente, hoy hay que ser muy valiente para defenderlo”. Hasta los muertos llega la pleamar: “¿cadáver ese? Ese es un… pobre muerto. ¡Cadáver el de Benito Juárez!”, “revolución que se enfría se vuelve monumento”, “la revolución puso a cada quien en su lugar: al rico en Jardines del Pedregal, y al pobre en la Marranera”, “los políticos se reparten los cargos públicos entre cuotas y entre cuates”. Y la industria del maquillaje hace el resto.
A pesar de todo, dicen los mexicanos, “queremos seguir siendo como somos, pero no queremos seguir estando como estamos”.Y a seguir disparando, “nadie resiste un cañonazo de cien mil dólares. En México se paga a los periodistas no por lo que dicen, sino por lo que no dicen”. Todo anda mal, pero se ha encontrado la forma de convertir fallidos acontecimientos sociales en magnificas oportunidades para comer antojitos.Y que no panda el cúnico, aunque a veces no se distinga bien entre los fuegos de artificio y fiesta y los fuegos fatuos de los huesos de los muertos. Casi siempre, las películas mexicanas de horror son cómicas, y las cómicas de horror. No puede funcionar la estructura social cuando “el problema básico de la estructura familiar en México es el exceso de madre, la ausencia de padre, y la abundancia de hermanos”. Asíque “la confianza del mexicano reside en estos cuatro soportes; la suerte, la lotería nacional, el Gobierno y Diosito”.
Se dice queen México, lo que pareceesgracias a una especie de realismo mágico, de ahí la equivocidad hermenéutica de semejante frase: ¿lo que parece es lo que es, o es lo que parece que es, pero no lo que es?“-Pero Chavela, usted nació en Costa Rica... – Los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana”.A pesar de ello, México tiene como ninguno de los pueblos que conozco una personalidad infinita, todo lo transforma aunque sea llorando. Es verdad que, a diferencia del cansado y envejecido Occidente, “cuate es una voz de origen náhuatl que significa hermano gemelo, y así el amigo es un hermano, un semejante, un igual, un partícipe de nuestra sangre”. Además, “en los pueblos de México se junta la gente para rezar nueve noches por el alma del difuntito”.
“A mí nunca me andes ninguneando, que yo nunca te he cualquiereado”: la intolerancia es menor que en otros países, el mexicano aguanta demasiado, al margen de la horrible violencia estatuida. Aquí se inhabilitan los días hábiles, se vive como se muere: burocráticamente.Funcionarios de segunda son los que cargan con las culpas de los de primera, todo se soporta: “les tengo una excelente noticia, ya llegué”, dice el maestro tartajaontológico al aparecer tres horas tarde, y al alumno sólo se le ocurre preguntar: “maestro, ¿me deja ir a hacer de las aguas?”. Qué aguante: “en esta provincia de Oaxaca parece que Dios puso todos los cerros y montañas que le sobraron después que formó el mundo”. Y a seguir vendiendo tamales calentitos…
En fin, que “la sociedad está en edad de merecer”. Así que, sin tanto engallarse con el enemigo, señoraPresidenta, tenga en cuenta este dicho: “si nosotros no lucháramos contra nosotros, la guerra estaría concluida”.Y de aún mayor audiencia al pueblo, aunque éste rebuzne, escuche:“si le hablo de tú a Dios, cuantimás al Presidente”. Que nadie diga: “qué injusticias tan injustas comete la injusticia”. Que el futuro de la juventud mexicana “no sea la vejez mexicana”.