He tenido que esperar unos días para poder escribir después del 26 de marzo del 2026, fecha en la cual España ha llegado a un punto de inflexión en el que ha dejado de ser definitivamente una pseudodemocracia, para convertirse en un Estado Eugenésico. Llamemos a las cosas por su nombre, hace tiempo que la democracia española no es sino una extorsioncracia, que vive asfixiada, gobernada por un Parlamento que ha cedido ante exterroristas, antiespañoles separatistas, prófugos de la justicia, y comunistas de café, que predican la socialización de los medios de producción, mientras viven a cuerpo de rey, se gastan el dinero de todos en casas de alterne, saunas, y llenan las arcas de sus casas metiendo la mano en las arcas del Estado.
Los españoles ya no somos libres, pues el Estado tiene en su poder una ley, la ley de la Eutanasia (aprobada en el Parlamento en plena pandemia del Covid 19), que utiliza en una situación de vulnerabilidad como es un trastorno límite de la personalidad , enfermedad cuyos síntomas son precisamente, entre otros, no querer vivir, para acabar con la vida de una joven, que en esa situación pide la eutanasia. Y así de fácil se la quitan de en medio, acaban con su problema, con su dolor, con su vida; y lo hacen a cara descubierta, con la ley en la mano, anunciándolo a bombo y platillo, en todos los medios, con todos los medios, tranquilos, con decisión, firmes, sin titubeos, pues lo hacen avalados por la ley. No hay que saber mucho de derecho para saber que, porque algo sea legal sea entonces legítimo. Hace no mucho era legal tratar a las personas como animales, hace no mucho que la esclavitud se exhibía a bombo y platillo, hace no mucho que los amos maltrataban, vejaban y mataban sin vacilar a sus esclavos, eran suyos, les pertenecían y no eran considerados personas con los mismos derechos y deberes.
Pues bien, hemos retrocedido no meses, ni años, sino siglos. Estamos en un Estado eugenésico peor que el de Nerón. Prepárense que vienen curvas, cuídese mucho de no caer enfermo, o hacerse viejo, cuídese de no tener un cuadro depresivo en el que usted pida a gritos la muerte cuando en realidad esté gritando por la vida, pues el Estado no intentará descifrar su dolor, paliar su angustia existencial, acompañarle, mimarle, cuidarle o protegerle. El Estado no intentará que encuentre usted un sentido a la vida. El Estado Eugenésico, aplicará la nueva ley del darwinismo social sin contemplaciones, y dejará que el débil siga gritando por su dolor, para disimular, y después de unos años de agonía en el que hará poco por usted, entonces, aplicará la eutanasia, la ley del fuerte contra el débil, y llevará acabo lo que usted pedía a gritos, satisfacer sus deseos, paliar su dolor, deshacerse del problema. Y entonces se oirá de nuevo una voz que dirá: ¡Yo no soy un hombre, soy dinamita! ¡Soy el superhombre! ¡Soy el Estado Eugenésico! ¡Soy el Estado Vitalista! ¡Viva la vida!, ¡Apliquemos la ley a aquellos que no quiere vivir! ¡Abajo los débiles! ¡No al sufrimiento! ¡Se ha de armar siempre a los fuertes contra los débiles!
Chesterton decía que, "si dejamos en libertad una ley hará lo mismo que un perro, obedecerá a su propia naturaleza, pero no contemplará ninguna excepción (…) El Estado será un ente equilibrado cuando pueda afrontar como excepciones los casos que son excepciones". Pero justo en el caso que ha supuesto este punto de inflexión en nuestro país, el Estado ha aplicado la ley a una excepción, una excepción de veinticinco años, enferma, pero con toda la vida por delante. Una joven a la que se la ha aplicado una ley como si ella fuera libre, cuando estaba deprimida, dolida, cansada, desesperanzada, olvidada, vejada, maltratada, hastiada, estaba casi muerta y pidió a gritos que la remataran. El Estado cumplió sus deseos, aplicó la ley. Todo está bien hecho, nada que objetar, se ha cumplido con sus deseos y sus derechos. El Estado ha cumplido con su deber: ha aplicado la ley, sin excepción.
Chesterton, filósofo para estos tiempos, nos advierte: "Llamamos al médico para que nos salve de la muerte; y como todos aceptamos que la muerte es un mal, el doctor tiene el derecho de administrarnos la más extraña y recóndita de las píldoras si a su entender pude curarnos de todas las amenazas de muerte. Pero no tiene derecho a administrarnos la muerte como panacea de todos los males humanos. Carece de autoridad moral para aplicar un nuevo concepto de felicidad y tampoco la tiene para aplicar un nuevo concepto de cordura".
Vivimos en un Estado en el que las leyes permiten liberar a los asesinos y violadores, permiten morir a los jóvenes que han sufrido mucho y no ven sentido a sus vidas. Llegados a este punto de inflexión para la civilización occidental, como ya nos recordaba la filósofa Hanna Arendt a principios de siglo XX después de las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, es momento de parar y pensar en lo que hacemos y en sus consecuencias escalofriantes y aterradoras, pues quizás no haya vuelta atrás. Han de haber saltado las alarmas morales de un país hasta ahora dormido, al ver que nuestros jóvenes quieren morir y el Estado les da vía libre. ¿Quién puede medir el sufrimiento psicológico, moral, espiritual? ¿Quién es el médico, quién es el humano capaz de determinarlo? ¿qué grupo de expertos se arrogan ese poder? ¿A qué filósofo se le ha de atribuir la nueva medida de lo que sea la vida feliz, la vida digna de ser vivida? Nadie se atreve a escribir ese tratado; la Historia de la Filosofía desde la Modernidad, es la historia de una patología que sufre de demencia grave y ha olvidado sus raíces, así la muerte es la solución ante cualquier dolor, es la panacea para el fin todo sufrimiento o dolencia insuperable. Los filósofos e intelectuales son incapaces de explicar cuál es el sentido de la vida a todos aquellos que sufren; los médicos no pueden paliar su dolor, y la civilización occidental ha olvidado su base moral que daba sentido a sus vidas y a su historia, y la ha sustituido por la ley de la eutanasia.
Ante este terrorífico escenario, volvamos a releer a Hannah Arendt; la responsabilidad de las consecuencias de esta ley de Eutanasia nos atañe a todos como seres de acción y de deliberación, no podemos quedarnos quietos, mudos, en silencio, debemos hablar, protestar, pensar y actuar, y apoyarnos en autores como Chesterton, profeta para este siglo que nos alertaba a principios del XX de una profecía que se ha hecho realidad en España en pleno siglo XXI: "Estamos bajo un Estado Eugenésico y lo único que nos queda es la rebelión".