La corrida de Martín Lorca, remendada por uno de Escribano Martín, condicionaron toda la tarde con su mansedumbre y embestida poco franca. La presidencia de D. José Antonio Rodriguez San Román brilló por su cuestionable competencia: esperó hasta el último par de banderillas para sustituir al tercero, obvió la petición de un trofeo para Curro Díaz y otros cuantos detalles que delataban su dejadez o displicencia ante el espectáculo.
El diestro Curro Díaz acudió al encuentro vestido de luto; por desgracia, su padre ya no le acompañará ni le animará desde el callejón. Se enfrentó a su primero, Beduino, (1º9/21), buscándole la embestida y apostó por el toreo al natural, silueteando unos pases finos. Para poco más sirvió el animal flojo y manso. Su segundo, Toledano (4º9/21), tenía buenas hechuras, pero su carácter se parecía a los de su camada, y tenía más peligro al parar en medio del muletazo y apuntar con los pitones al espada, que encontró una manera de componer una faena de derechazos redondos. Petición del público que quedó en una vuelta al ruedo.
Rafa Serna tuvo al toro más flojo de la tarde, Venteñito (2º11/21). Se caía, iba amenazante en el tercio de banderillas y, finalmente, toda la faena calamocheaba. Se rindió nada más sentir el pinchazo de la espada. Serna no tuvo que entrar a matar de nuevo. Casero (5º9/21) no fue un dechado de virtudes, pero iba mejor, pero el ritmo rápido impuesto por el matador dejó una actuación correcta, pero sin temple.
Diego San Román no perdió ni una oportunidad de hacer un quite. Es un torero hecho, a quien le falta el sentido de medida y algunas nociones de lidia también le llevarían más lejos. Las dos faenas, una a Tibetano (3ºbis9/21) y otra a Francés (6º Carmen Valiente 9/21), recibieron sendos avisos. El torero dosificaba las faenas gota a gota, es decir, pase a pase sin tener la mínima noción del tiempo. La valentía y la buena intención quedaron en el albero, olvidados por el público impaciente por irse.