El colectivismo revolucionario del siglo XIX fue una esperanza mesiánica. En su primera etapa, pretendió acabar con la propiedad privada, la familia y el matrimonio (F. Engels), así como con la religión y la moral. El colectivismo actual es un producto fracasado de un falso ideal. Ha cambiado las expectativas y la estrategia, llevando a cabo una erosión gradual para degradar al individuo y al conjunto social, pero sobre todo a la familia. Contrario a la variedad y diversidad de la riqueza humana natural, centrará su actividad en imponer el igualitarismo y la homogeneidad para constituir un sistema totalitario. Para ello convertirá la política en impolítica –considerar la política en sí misma y en función de la sociedad y de los ciudadanos (J. Freund)-, con lo que conducirá inevitablemente a que la oligarquía cleptocrática controle tiránicamente a la población, especialmente a la que defiende la libertad.
Además de intentar destruir la Civilización, el objetivo principal de la oligarquía y de los simpatizantes del colectivismo, será enriquecerse tanto con dinero público como las provisiones procedentes del capital privado, creando una forma de explotación y latrocinio con apariencia legal –capitalismo institucional- del que surgirá la dominación totalitaria, cada vez más tecnobiologista y menos mecanicista. Su forma de enriquecerse será con un tipo de explotación que surgirá de la actividad confiscatoria del trabajo y del ahorro de los ciudadanos. Lo justificará para acabar con la explotación del proletariado, del obrero, la libertad del pueblo, del ser humano, la defensa del planeta y la protección de todas las galaxias del universo.
El colectivismo revolucionario español es un ejemplo. Al mismo tiempo que lleva una actividad desmembradora del Estado, ha creado un sistema tan amplio de actividades criminales que empalidece al capitalismo más salvaje. Motivo por el cual el poder lo ejerce de manera demoníaca, pretendiendo ser una antinomia de las virtudes y valores clásicos, que son la base de la Civilización y el modelo que han de tomar las personas para ejercer sus diferentes actividades. En este sentido, el colectivismo actual sustituye la moralidad por la inmoralidad. El Gobierno, expresión de la antimoralidad, exige que los principios se adapten a su conveniencia. Opone los vicios más degradantes a la virtud cívica. Al objeto de evitar una reacción contraproducente para sus intereses, ha optado por relativizarlos, a la vez que impone el dogmatismo de cada día –el humor mefistofélico del Presidente adaptado al cambio climático-. Se trata de hacer lo contrario a los postulados de la Civilización, que según el igualitarismo ha llevado a las poblaciones a las guerras, a la explotación del pueblo, a crear y mantener todo tipo de injusticias. El modelo puede ser Sade –apólogo del crimen (G. Bataille)- por lo que parte del mal para beneficiarse de su posición y transformar la realidad, construyéndola a partir de una raíz inmoral, ajeno a la “narrativa y el significado” de las inútiles religiones y a favor de la reducción drástica de la población (Y.N. Harari) que traerá el globalismo. Para no escandalizar a los que considera enajenados por la Civilización, la cleptocracia colectivista buscará disfrazar el vicio, el crimen, la iniquidad, la cobardía como valores positivos para el bien social –la maldad bajo el ropaje del bien-a partir de la cual impulsará sus acciones-. La cuestión es bastante sencilla. Desde que el Gobierno accedió al poder ha tomado todas las medidas para debilitar a la sociedad y nunca para beneficio del bien común, sino para favorecer una parte de la sociedad. Actitud coherente de quién pretende destruir el Estado y eliminar la Nación, propiciando la balcanización del territorio y crea las condiciones para que en el futuro estallen uno o varios conflictos –guerra civilismo de los defensores del “no a la guerra”-.
Las oligarquías cleptocráticas colectivistas entienden la destrucción como si fuera el acto de purificación, a fin de transformar a la persona en un artificio –ecologismo contra natura- como un acto de la nueva justicia tecnoideológica. La purificación social sirve para aumentar el miedo y la sospecha entre la población, una manera de sembrar la cizaña entre la gente. En vez de crear relaciones solidarias, el colectivismo siempre fomentará la conflictividad intersubjetiva. Como en otro tiempo, una vez que ha desaparecido la necesaria coexistencia entre los ciudadanos, intentará sembrar la discordia hasta el extremo, la guerra civil.
Los principios también dependen de las personas, por lo que cabe preguntarse qué tipo de individuo accederá al poder para actuar según los contravalores. Lógicamente tendrá que ser quien no tenga ningún escrúpulo en cometer toda clase de iniquidades. Lo que explica que cuando el colectivismo accede al poder, extienda la corrupción y el crimen. Por ello, los delitos comunes serán poco perseguidos, defendiéndose que los castigos sean mínimos –por ejemplo, la Ley del sí es sí, aunque el feminismo hubiera preferido no castigar-. Siendo el Gobierno muy complaciente con las criminales y muy duro con los que rechazan la corrección política –unos inadaptados-, para los que, siguiendo al estalinismo, se instituye el delito de opinión-