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RESEÑA

Desvelar la policromía de la lírica clásica: Poetas para Qué, en Árdora

Desvelar la policromía de la lírica clásica: Poetas para Qué , en Árdora
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Javier Mateo Hidalgo
miércoles 08 de abril de 2026, 09:16h

Como si del Pórtico de la Gloria se tratase, la poesía siempre ha presentado unos esplendorosos colores. No obstante, debido a la telilla grisácea que afecta a los prejuicios, el desinterés o al desconocimiento —tal vez también a la ausencia de sensibilidad e incluso al subdesarrollo de la misma como signo de los tiempos—, se ha presentado siempre velada a buena parte de los ojos. No es culpa de ella sino de quien la mira y también de quien la desarrolla bajo un erróneo concepto de la misma. Urge eliminar ese velo o correrlo, desvelando la verdadera naturaleza poética. Quienes admirablemente se encuentran en esta tarea son los entusiastas responsables de la editorial Árdora, Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural en 2020.

A través de una nueva colección titulada Poetas para Qué —bajo las iniciales PPQ—, distintos poetas contemporáneos eligen a poetas clásicos para realizar una antología de su producción, acompañándola de una “lectura personal”. La nómina se inaugura con una primera lista de antólogos que figuran en la justificación final del proyecto, publicada al final de cada tomo. De entre ellos destacan José Luis Gallero analizando a Miguel de Unamuno, José María Parreño a Antonio Machado, Begoña Paz a Rosalía de Castro, Juan Manuel Bonet a Alonso Quesada, Julia Castillo a Juan Ramón Jiménez, Ana María Cuervo a Garcilaso de la Vega, Gonzalo García Pino a San Juan de la Cruz, Esther Ramón a Juana Inés de la Cruz o Daniel Bolado a “Miguel Ángel Asturias, Macedonio Fernández, Elena Garro y otros poetas tapados por su propia obra”. Incluso, más allá de nombres concretos, se presentan llamativas antologías como la de Javier Arnaldo en torno a la poesía visual hispana. El espíritu de la colección se define desde el siguiente manifiesto: “Ahora que ser joven no parece invitar a la aventura de leerlos, ni ser mayor a la de revisitarlos y reconocerse en ellos, Poetas para Qué cede la palabra a los clásicos. Que no lo son, como diría Joan Fuster, por antiguos, sino porque siguen siendo modernos”.

Poetas para qué ya cuenta con los dos primeros volúmenes publicados, los cuales ponen en la diana a dos miembros de la conocida como Generación del 98. El primero de ellos ha corrido a cargo de José Luis Gallero y, como hemos visto, escoge al novelista, filósofo, dramaturgo y también poeta bilbaíno Miguel de Unamuno (1864-1936). Perteneciente a la denominada Generación del 98, su importancia radica no solo en el contenido de su producción sino en la influencia que ésta ha ejercido en “insignes hispanófilos” como Rubén Darío, Gerald Brenan o Jorge Luis Borges. Así lo descubrimos en la presentación de Gallero previa a la selección poética. “Compendio y símbolo de la naturaleza española” —en palabras de Américo Castro—, su faceta lírica le caracteriza por cuanto “es ante todo un poeta y quizá solo eso”, que diría Darío. De su identidad se destaca la espiritualidad y confrontación con la razón, “el ansia de inmortalidad” y el “sentimiento trágico de la vida”, la “radical disidencia” así como su no significación por ningún partido, dado el dolor causado por las injusticias cometidas en su país y contra éste —lo que le valió “un largo destierro, que se prolongó entre 1924 y 1930” (se aclara en la nota final del libro)—, su afición por la papiroflexia, su “querencia” por el “neologismo” —aquí Gallero cita ejemplos como deshacer, desensueño, solitariedad, intrahistoria, exfuturo o nadismo y que descubrimos en los poemas escogidos—, su idea de unir filosofía y filología, buscando con ello “educar a sus compatriotas” —Brenan dixit—. A pesar de ello, pertenece a esa inmensa minoría de poetas poco reconocidos, quizá el mayor, como diría Juan Ramón. Como todo gran autor, brega con la contradicción, siendo una de las más llamativas su constante innovación dentro de la tradición y las formas populares, encontrando la aristocracia en el pueblo, según Machado —algo que une a ambos poetas, entre otras cuestiones—. Para Gallero, Unamuno confecciona “una crónica de la España de su tiempo” en un “periodo áureo de la cultura española donde conviven las generaciones del 98, del 14 y del 27”. Con estos mimbres se pregunta “cómo es posible” que en ese tiempo tan valioso para nuestra cultura, “el destino de nuestro país estuviera en manos de los peores políticos inimaginables”.

Titulada He visto España en tus ojos —tomado de un verso de Cancionero (1928), la selección de poemas abarca desde 1907 —cuando el poeta cuenta con cuarenta y tres años— hasta 1936 —año de su fallecimiento, en plena Guerra Civil—. Los textos elegidos proceden de obras como Poesías (1907), Rosario de sonetos líricos (1911), El Cristo de Velázquez (1920), Andanzas y visiones españolas (1922), Rimas de dentro (1923), Teresa (1924) —nivola o novela lírica que incluye 98 rimas amorosas—, los libros del exilio De Fuerteventura a París (1925) y Romancero del destierro (1928), Cancionero —el bloque más amplio, “monumental diario en verso integrado por más de mil setecientos poemas fechados entre 1928 y 1936”—, así como manuscritos no recogidos en vida del autor e incluso sin incluir en ningún volumen.

El segundo de los volúmenes publicados lo antologa José María Parreño, quien por arte de birlibirloque no duda, mediante un arriesgado y sorprendente gesto, en travestirse de Antonio Machado —o tal vez sea el autor de Campos de Castilla quien se vista y calce de él—. Muchos puntos en común llevan a esa fusión y justifican la antología: ambos son poetas, se afincaron en la misma tierra segoviana, sus mujeres llevan por nombre Leonor, eligieron ser profesores, se muestran desaliñados y fumadores empedernidos. Además, en la actualidad uno tiene la edad con la que el otro falleció. Todo nace de la fantasía de que la vida del antólogo “pudiera ser la que Machado soñó”. Una vida, “por cierto, cuyo protagonista sueña con ser Machado”. No obstante, el andaluz dice del poeta Parreño: “yo no he conseguido hacer de él un personaje que merezca tal nombre. No tiene voz propia, pero tampoco habla con la mía. Es la obra de un mal ventrílocuo”. Mediante este juego de espejos literario en el que Parreño se recrea como un apócrifo más del antologado, se exponen las señas principales del poeta andaluz: su temprana inclinación por Rubén Darío y su simbolismo, la defensa de que la letra escrita emule a la palabra hablada, la vocación filosófica y pedagógica expuesta a través de su personaje Juan de Mairena o su fe en que la poesía “debe llegar al pueblo” y ser por ello “llana, sin trampantojos ni embelecos”, apostando por “la rima pobre, la copla sentenciosa, la metáfora inmediata”. También la querencia por los humildes, el sentido de justicia y de igualdad (“nadie es más que nadie”). Machado fue un poeta “civil”, “del paisaje” y “del amor” —a pesar de su mala fortuna en amores—. También su mirada de España la muestra como país cainita (“una de las dos ha de helarte el corazón”).

La antología lleva por título También la verdad se inventa —en relación con el juego de los apócrifos ofrecido en la referida presentación— y se inicia con Soledades (1899-1907), de estilo simbolista y reseñado precisamente por Darío. En esa introspección del poeta filósofo encontramos temas sencillos que, tratados por el poeta, brillan de grandeza: los conocidos y ya clásicos como Las moscas o la “tarde parda y fría” del Recuerdo infantil; la Naturaleza como reflejo del alma en “Yo voy soñando caminos” o desde “La primavera besaba / suavemente la arboleda”. Hay también Coplas mundanas que hablan, como éstas, de verdades inalterables, así como momentos pasajeros que se clavan haciéndose eternos, como el poema LXXVII (“es una tarde cenicienta y mustia”) o el titulado Sol de invierno.

Sigue el libro por Campos de Castilla (1907-1917) inaugurado con el famosísimo Retrato y seguido por los poemas que muestran Castilla como pálido reflejo de lo que fue (A orillas del Duero, Por tierras de España); al igual que el paisaje, surge el paisanaje de otro tiempo (Del pasado efímero o Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de Don Guido) y a la idiosincrasia que no pasa (El mañana efímero). Se canta a los distintos tipos de árboles ibéricos para llegar a Las encinas y al celebérrimo poema A un olmo seco. Está presente el dolor por la pérdida de su amada Leonor y se dicen verdades en forma de dichos populares en Proverbios y cantares, destacando el famoso XXIX, que así se inicia: “Caminante, son tus huellas / el camino, y nada más”; o el XLIV: “Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar”; también el LIII: “Ya hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza”. La presencia de Dios, su sueño y búsqueda también está presente en Parábolas. Hay igualmente dedicatorias a figuras trascendentales en vida de Machado: la de su maestro Francisco Giner de los Ríos —y de tantos otros de estas y otras generaciones, desde la Institución Libre de Enseñanza—, tras su muerte; la de Juan Ramón Jiménez, Azorín o el mismo Unamuno.

Nuevas canciones (1917-1930) tiene, por ejemplo, algo de esas Galerías que son, como dice el poeta en sus Coplas mundanas, un mirar al “recuerdo, para hacer / aleluyas de elegías / desconsoladas de ayer”. Hay también Canciones [populares] del Alto Duero, como la Canción de mozas que añoran a su amante leñador; de nuevo, sabiduría tradicional volcada desde el presente en Proverbios y cantares, como la famosa y poética dedicada a José Ortega y Gasset sobre la función y existencia de la mirada: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es porque te ve”; otra frase rotunda: “Hoy es siempre todavía; como en el Autorretrato, donde el poeta “conversa con el hombre” que siempre va con él, aquí afirma: “Busca a tu complementario, / que marcha siempre contigo, / y suele ser tu contrario”. A lo que añade en un nuevo poema: “En mi soledad / he visto cosas muy claras, / que no son verdad”. Igualmente hay un canto al paciente hacedor: “Despacito y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”. Respecto a la verdad, solo hay una: “¿Tú verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”.

De un cancionero apócrifo tiene como protagonistas primeros a Abel Martín y a Juan de Mairena, a quienes Machado conforma un estilo como creadores: el primero, mediante la sensualidad hecha lírica y su contraria, la nada; el segundo, convirtiendo la geografía española en emotiva, con rasgos de amada. La segunda y no menos importante será Guiomar —pseudónimo de Pilar de Valderrama Alday—, creación de un amor idealizado y platónico por imposible. Sobre ella escribirán los dos personajes anteriores sus Otras canciones.

Poesías de soledades (1808-1907) contiene tristezas en las que el sentir se funde con estaciones como el Invierno, la presencia de la muerte (Apuntes, parábolas, proverbios y cantares), la ausencia de Dios en los Cantares enviados a Unamuno en 1913 o el recuerdo del padre. Hay a su vez un divertido juego en Cancionero apócrifo. Doce poetas que pudieron existir, donde se afirma que el Antonio Machado profesor es confundido por “algunos” con “el célebre poeta del mismo nombre”.

El último bloque, Poesías de guerra (1936-1939), destaca por la elegía al autor del Romancero gitano: en El crimen fue en Granada: a Federico García Lorca asistimos a esa premonición de la muerte de la que el poeta y dramaturgo dejó constancia en su obra y que Machado indica en el segundo poema, El poeta y la muerte.

Cierran ambos libros con una breve y particular biografía de los poetas antologados y con una cita significativa e inesperada de ellos, acompañada de una imagen a modo de ilustración. Los libros de Poetas para Qué hablan de la poesía desde la poesía, siendo por ello antologías únicas de estos autores de los que parece que todo está dicho. Dichos volúmenes demuestran lo contrario, pues los autores universales siempre seguirán desgranando secretos para los demás… sobre todo si quienes los analizan poseen también una mirada poética.

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