Merecidísimamente Víctor del Moral viene de ganar el XXII Premio Internacional de Crítica Literaria Amado Alonso con Siete miradas sobre el hombre, libro cardinal, bellamente escrito y con el alcance ético que solo un perspicaz e ilustrado ensayista es capaz de ofrecer.
La profunda herida infligida a la tradición humanista desde los campos de concentración del pasado siglo, lejos de cicatrizar, continúa abierta en nuestros tiempos. Incapaz de aprender la lección, el ser humano recae con frecuencia en la misma barbarie. Y también dándole formas nuevas: a genocidios como los de Ruanda o la ex Yugoslavia siguen todo tipo de atrocidades (atentados masivos, invasiones, guerras…). Y es que –como avisa Víctor del Moral–: «No nos alejamos de los errores del pasado, sino que estos errores a menudo ejercen sobre nosotros un magnetismo fatal».
Analizando momentos históricos que abarcan desde la Grecia clásica, pasando por Auschwitz y llegando, con el cine de Billy Wilder, a nuestros días, Siete miradas sobre el hombre reflexiona sobre la noción de justicia…; mejor aún, rastreando determinadas experiencias de la injusticia, de la desarmonía en las relaciones humanas, su autor plantea y articula el ensayo desde estos interrogantes: ¿Por qué prosperan los malos? ¿Por qué nos va mal (también) si somos buenos? ¿Cómo puede ser que nos vayan peor las cosas, tantas veces, cuando nos esforzamos por buscar el bien y la verdad?
Aristófanes en su comedia Pluto cuenta cómo este dios, ciego, ha repartido la riqueza en casas de personas desalmadas evitando las de campesinos y artesanos, que sobreviven casi en la miseria. Al recobrar la visión pretende corregir semejante desarreglo. La Pobreza intenta que prevalezca su necesidad de existir ante el argumento de que, sin ella y con un reparto igualitario de la riqueza, nadie querría trabajar y la sociedad se destruiría. Tras un desfile de personajes enriquecidos que lamentan haber perdido su estatus, entra en escena un hombre –tan justo como paupérrimo– a quien, por haberse comportado de acuerdo con unos principios morales que lo llevaron a la indigencia, Pluto vidente depara grandes beneficios. Pero más allá del alivio de una invención escénica, la desencantada mirada del comediógrafo griego sobre la ciudad ática pronto lo llevó al escepticismo: para él, las leyes que dominan el comportamiento humano, la generosidad, la honestidad, la sinceridad, etcétera, normalmente no se ven recompensadas.
En El libro de Job, Satán obtiene permiso de Dios para arrebatar a Job sus posesiones y quitar la vida a sus hijos. Lejos de rebelarse, Job da la razón a Dios: «Desnudo salí del vientre de mi madre / y desnudo volveré a él. / El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó: ¡bendito sea el nombre del Señor!/». Proclamando su inocencia, la voz de Job indaga la culpa que debe haber en su existencia mientras, paciente, acepta su destino sin protestar, sin ceder a la tentación de alejarse de Dios; menos aún de maldecirlo. Persistiendo en su honradez con mayor fuerza apela a Dios para demostrar su limpieza moral. Pero Job comete un error: creyéndose capaz de aclarar su inocencia no concibe la acción de Dios, su misterio. Solo cuando entienda a todos los hombres que sufren se comprenderá a sí mismo dentro de la comunidad humana. Y –solo en ese momento– Dios restituirá sus bienes, le permitirá engendrar hijos y le regalará una larga vida. El afán incontenible de justicia expresado por Job nace de su inocente mirada. Tras confiar a ciegas en Dios, este lo sitúa en una atmósfera propicia para que mire al mal de frente y contemple tanto dolor. Desde su insignificancia Job acepta la última expiación antes de ser restituido (por duplicado) a aquella dicha que gozó en el pasado.
Acusado por haber cometido abusos sexuales contra integrantes del coro de la catedral de Melbourne, el cardenal George Pell fue condenado a la cárcel. El proceso judicial abundó en pruebas no concluyentes y salpicadas por contradicciones patentes. Tras trece meses en prisión, el Tribunal Supremo de Australia le declaró inocente y fue excarcelado. En el tiempo privado de libertad el religioso leyó el libro de Job. Al igual que su protagonista, atravesaba un desierto de sufrimiento que percibía como algo injusto e inmerecido. También él demandaba una respuesta que lo iluminase. Víctor del Moral conoce el diario que redactó Pell y refiere cómo este se sintió atrapado, con gran intensidad, en una lucha entre el bien y el espíritu del mal: «Hay personas que sufren de modo particular este enfrentamiento entre el bien y el mal, situaciones que permiten especialmente vislumbrar la existencia de ese combate».
El químico italiano deportado a Auschwitz, Primo Levi, describe en Si esto es un hombre, con prosa fascinante, precisa y minuciosa, su estancia en el lager (campo de concentración). La reflexión y valoración que se desprende de este impagable documento coincide con la de otro superviviente, Viktor Frankl: «La Historia nos brindó la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación». Llevado al extremo de la supervivencia cotidiana, surge el tema principal de Siete miradas sobre el hombre: en Auschwitz se vieron beneficiadas las personas que no tenían un comportamiento íntegro, mientras que las personas rectas, por lo general, pagaron caro el precio de su conducta. Primo Levi divide a los deportados en dos grupos. Los hundidos son la masa humana anónima, cumplidora de la disciplina de trabajo y del lager. Son «no hombres» reemplazables que trabajan en silencio, apagada en ellos cualquier atisbo de llama divina. En lo que fue una jugada maestra de los alemanes para conseguir sus objetivos, dentro de los salvados estaban esos judíos «funcionarios» del lager, con cargos y privilegios, y cuyo nivel de degradación, al renunciar a sus convicciones morales, acabó por convertirse en paradigma de insensibilidad. Asimismo, a ese grupo lo engordaba prisioneros sin privilegios que entablaron una feroz lucha para no sucumbir, abdicando de convicciones morales como la generosidad. El dilema entre elegir el bien o lo beneficioso –aunque sea a costa de convertirse en monstruos– llevó a una encrucijada: seguir la voz interior de las convicciones morales asumiendo que no se sobrevivirá, o renunciar a esa voz, a la propia dignidad, y procurar así garantizarse la vida. Quienes –con su grito de protesta ante la degradación– dijeron NO a colaborar con el mal desdijeron el apriorismo de que la condición humana esté condenada al fracaso. En los deportados que NO cedieron al egoísmo y a la fuerza bruta que regían allí las relaciones humanas por encima de cualquier valor; en esa minoría que abrió caminos de resistencia más allá de la violencia, el robo y la mentira, es sobre la que la mirada desgarrada de Primo Levi obtiene una tregua.
En El idiota, Fedor Dostoievski crea al príncipe Liov Mishkin, su inmortal personaje azotado por la epilepsia. Desde su extrema candidez, ingenuidad, ausencia de maldad, incapacidad para sentirse ofendido, para odiar, este hombre «absolutamente bueno» acaba, como don Quijote, volviéndose loco por no saber adaptarse a la condición humana. La enfermedad que sufre Mishkin –la misma que padeció su autor– es definida como una experiencia mística. Esa «maravillosa luz que cae desde ese momento mortal sobre toda la existencia» permite una agudeza en la mirada que solo tienen los hombres en circunstancias excepcionales. Tras sus ataques epilépticos, el príncipe nunca lamenta su sagrada dolencia; gracias a ella, él comprende de rápida manera aquello que los demás solo intuyen con dificultades. Esta experiencia mística, casi metafísica, supone una limitación y una dilatación. Condenado a ser devorado por la sociedad rusa que le tocó vivir, su sinceridad, su honradez, su generosidad, nunca permiten triunfar a Liov Mishkin. Durante este capítulo de Siete miradas sobre el hombre Víctor del Moral insiste en cómo «a menudo es más rentable no tener demasiados miramientos ni escrúpulos; las cosas muchas veces funcionan mejor si nos hacemos los sordos y los ciegos ante determinadas voces y valores». Por experiencia propia, y ahora con este lúcido libro entre las manos para corroborarlo, he asumido que lo que considero justo, lo que espero, no es la norma que rige la existencia humana. Creando un personaje que desde su sufrimiento (como Job y Jesucristo) enseña –sin sancionar– cómo la justicia es contacto con Dios y la injusticia es separación de Dios, Fedor Dostoievski pone a la piedad en el núcleo íntimo de su príncipe honrado y sincero; ganancias y pérdidas le resultan indiferentes ya que «la compasión es la ley principal de toda existencia humana».
Rehuyendo del pesimismo absoluto (solo en las tragedias de la Grecia clásica es posible encontrar sufrimientos tan cerrados y compactos como los de Edipo, Orestes o Antígona), ya en el Libro de Job, en el mundo hebreo, pero sobre todo en el pensamiento judeocristiano, Víctor del Moral vislumbra una ruta trazada para confiar en el triunfo último del bien.
El bien no puede quedar sin recompensa; el mal no puede quedar sin reparación. Estamos ante la doctrina de la retribución.
Incluso tras Auschwitz, a pesar de que en los campos de concentración se trituraron los valores del bien por obra del «mal radical» y de cómo la decepción sobre el ser humano condujo al más hondo pesimismo, el altruista comportamiento de un puñado de deportados dejó abierta una puerta de esperanza para la humanidad venidera.
Eligiendo este tema fundamental del espíritu humano: el de que los justos sufren en la tierra mientras los hombres pecadores y perversos son felices y triunfan, Víctor del Moral sitúa al Hombre en el centro de sus preocupaciones éticas y morales, y regala –a creyentes y no creyentes– una obra trascendental para esta época de crisis global.
Con un cuento de Saki como anticipador preludio, y la película El apartamento (Billy Wilder, EE.UU., 1960) como postludio inmejorable para esta sinfonía antropocéntrica que resulta ser Siete miradas sobre el hombre, leyéndola y reseñándola para ustedes, sobre mi desasosiego brota la esperanza y el deseo de perseverar en perseguir el bien y la verdad. No se asombren, seguro que les ocurre otro tanto. Estamos ante un libro muy grande, lleno de vida y esperanza, cuya lectura les recomiendo encarecidamente –y con urgencia.
