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TRIBUNA

Cósmicos

Juan José Vijuesca
miércoles 08 de abril de 2026, 18:44h

A los pocos afortunados que han podido viajar al cosmos y visualizar desde allí al planeta Tierra, es posible que en sus mentes se instale la duda del porqué tener que regresar. Tal vez, los casi 385.000 kilómetros que nos separan de la Luna sirvan para proyectar algo más que un deseo futurista; sin embargo, aquí, en ese punto redondo y algo achatado por los polos, para bien y para mal, se sigue concentrando la única perspectiva de vida que conocemos.

Cerca de ocho mil quinientos millones de seres suspendidos en un vacío infinito, donde cada cual negocia a su manera el verdadero sentido de su propio placer, no es ninguna tontería. Un enjambre de seres entretejidos pero nada homogéneos dándonos por saco a diario; hay que hacérselo mirar. Desde el universo, flotando alrededor del espacio, lo único que cabe es la sospecha de que en la Tierra se carece de fe y esperanza. Triste bagaje tratándose de un planeta donde el 71 % está compuesto de agua y el resto formado tan solo por una especie humana capaz de saquear cualquier vestigio de vida.

Es cierto que a día de hoy pocos rincones de nuestro planeta se le resisten al terráqueo de turno. La China profunda se ha convertido en un viaje a la Alcarria e incluso el Punto Nemo, el lugar oceánico más alejado de tierra poblada, ya está señalado como objeto de deseo de los buscadores de zonas vírgenes. Nada que objetar por mi parte, salvo que regresar al pueblo cada vez se hace más futurible. Más terrenal y necesario.

El hombre colonizará la Luna. Llevará hasta ella el poder del más allá abandonando la Tierra a su propia suerte. Ya estamos pagando el precio de extinguirnos como algo natural. Aquí abajo, la realidad se ha convertido en una hazaña en donde el valor de la vida es inferior a la renta per cápita de Burundi. Pero es el único planeta del sistema solar donde se fabrica dinero para financiar a los mismos que ahora tratan de instalarse en la Luna como apeadero de llegar a Marte o Júpiter, mientras en la Tierra se despachan muertos a destajo, hambre y enfermedades sin solución de continuidad.

Las imágenes recibidas de la Luna nos enseñan un lugar virgen, sereno, secreto, a salvo de la especie humana. Entonces, ¿qué razones mueven al hombre a invadirlo y colonizarlo? La única excusa, a mi entender, estaría justificada si la misión para volver a la Luna fuera la de unir a los que estamos en la Tierra. Cosa impensable, salvo que un ataque de inspiración masiva nos lleve a cumplir con el famoso refrán: «¿Dónde va Vicente? Donde va la gente»

Ya es sabido que el ser humano se otorga el privilegio de la incertidumbre para aceptarse como es. Opta por el vértigo ante la simplicidad de las acciones. Antepone la vileza a la lealtad. Acostumbra a amplificar la causa y no el efecto. Aprecia más la codicia que la generosidad. Cualidades, todas ellas, que poco aportan en favor de viajar a la Luna cuando el coche de línea cubra el servicio discrecional desde la Tierra o los viajes del IMSERSO cambien Benidorm por nuestro deseado satélite orbital, porque nuestra especie está entrenada para la devastación y la vida fácil.

Para quienes hemos utilizado la Luna como fuente de inspiración a la hora de entronizar amores y desamores, perderá su poesía justo donde la prosa acaba su casto nombre. Lo siguiente en caer será Marte. El cosmos se convertirá en un parque temático y todo se irá al garete.

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