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Novela

Bernardo Atxaga: Golondrinas

domingo 12 de abril de 2026, 23:14h
Bernardo Atxaga: Golondrinas

Alfaguara. Barcelona, 2026. 224 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 8,99 €.

Por Rafael Fuentes

Tras publicar hace unos años Casas y tumbas, Bernardo Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951) anunció, y luego reiteró, que no dejaba de escribir, pero que no escribiría más novelas. Por fortuna para sus muchos seguidores, el autor vasco no ha cumplido su promesa. Ahora acaba de dar a la imprenta Golondrinas, escrita originalmente en euskera, y traducida al castellano por él mismo, como es habitual en su producción. Atxaga ha sido merecedor de numerosos galardones, entre otros, el Nacional de Narrativa 1989, por Obabakoak, que le consagró y fue llevada al cine de la mano de Montxo Armendáriz en 2005; el Internacional LiberPress y el Nacional de las Letras Españolas.

Golondrinas se estructura en tres partes y tres escenarios. El primero es el cementerio de Arroa Goia. Estamos en 1992, y una treintena de personas han acudido al entierro del levantador de piedras y boxeador José Manuel Ibar Azpiazu, Urtain, que después de ser un célebre y apreciado deportista, aunque rodeado por la polémica, cayó en la miseria y en un hondo pozo que le llevó al suicidio, lanzándose al vacío desde el balcón de su casa en Madrid. La situación da pie a recordar un episodio del pasado, la muerte brutal de un buey en los alrededores de un molino cercano, que le marcó y enlaza varios personajes que iremos conociendo.

En el segundo nos trasladamos a 2017, en el mismo camposanto. En este caso tiene lugar la inhumación de Guillermo, apodado el Tirolés, que profesaba una gran animadversión a Urtain. El Tirolés es un turbio personaje, junto al de su amigo Franki, vinculada al mundo de la noche, la droga y oscuras actividades, incluyendo el chantaje a hombres de negocios, banqueros y políticos en el epicentro de ese molino que guarda secretos y se convierte en un personaje más. La muerte del Tirolés ha desatado los rumores sobre su auténtica causa, barajándose la posibilidad de que haya sido asesinado.

En la tercera parte han transcurrido más de dos décadas, y nos encontramos en 2042. El escenario es el mismo, el cementerio de Arroa Goia, donde se va a incinerar el cadáver de Pedro, un pintor que coqueteó con el boxeo, conoció y admiró a Urtain, y compró el molino para transformarlo, recuperarlo para la creación y al arte, eliminando su sordidez.

La trágica figura de Urtain, a quien todos abandonan en sus horas más bajas y sucumbe a una pesada máscara “que le resultó demasiado grande”, aglutina la trama, pero la novela no es un bio pic sobre el púgil ni cae en el tópico del juguete roto. Es una audaz, atractiva y sugerente historia de muchas capas -invitamos al lector a que las descubra-, entre otras una original novela de intriga, donde, con pinceladas de humor e ironía, se reflexiona en torno a cuestiones de calado, como la soledad, el desamparo, y la fuerza del arte.

Y ello a través de una de las grandes bazas y aciertos de Golondrinas, como son sus voces narradoras, la de ángeles caídos, miembros del ejército de Luzbel. Sobre todo, la mirada de Uzariel, un “ser inmaterial”, a quien han encomendado la misión de vigilar a Guillermo, pero en su camino se cruza Pedro, el pintor. Muy logada es la evolución de Uzariel que se va haciendo cada vez más humano, muy humano.

Trazada entre lo real y lo fantástico, Golondrinas demuestra que su autor en su última propuesta no ha perdido un ápice de su talento novelístico.

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