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CRÍTICA DE CINE

Yo hice a Roque III: una patochada que nos describe mejor que ningún libro de historia

Yo hice a Roque III : una patochada que nos describe mejor que ningún libro de historia
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Joaquín del Palacio
jueves 16 de abril de 2026, 09:35h

7/10

El cine es un reflejo de la sociedad y nos muestra muchos entresijos y costumbres de los que difícilmente tendremos constancia en los tratados de historia. Durante la transición española, debido quizá a la prisa por ponernos a la altura del tiempo perdido, no tuvimos los finos mimbres irónicos/eróticos de otros países de nuestro entorno. Sin duda el humor grueso se convirtió en una excusa como cualquier otra para mostrar teta y felpudo y estos dos actores, (Andrés Pajares y Fernando Esteso), que además eran amigos y se notaba en cada plano, se divertían muchísimo en estos rodajes y con su pícara ingenuidad ayudaban a despertar al país de su larga siesta, tanto o más que los versos de poeta. Esta película es la pura historia no contada de España, y mientras unos preparaban golpes de estado y otros ponían bombas, estos nos marcaban el camino del libertinaje pardillo y chusco. De esos barros, los lodos actuales…

Que no les quepa duda de que una película como esta, o como todas las de su saga (El liguero mágico, Los bingueros, Cristobal Colón de oficio descubridor y tantas otras) hoy en día sería escandalosa y quizá prohibida. La nueva censura mojigata woke no es tan distinta de la franquista y busca sin descanso elementos de castración que en muchos casos son los mismos de siempre vistos desde otra perspectiva menos aseada. El caso es que Mariano Ozores (director de este artefacto) tenía un enorme olfato para dar en el clavo y dirigió varias películas de corte similar en esos años, comedias subidas de tono donde una serie de pringaos voceras acababan metidos en situaciones rocambolescas, rodeados de lozanas señoritas de inocencia impostada, y siempre dentro de una confusión interesada, que no interesante.

El Rocky de Silvester Stallone

En 1976 salió la primera película de Rocky y fue un éxito apabullante que llenó cines e incluso ganó tres Oscar, uno de ellos a mejor película. Luego llegaron sus secuelas intentando explotar esa veta y lo consiguieron, e incluso cuarenta años después se siguen haciendo versiones. Rocky costó un millón y recaudó ciento veinte. Mariano Ozores vio el filón y se dio cuenta de que aquí, tras el largo invierno, estábamos ahítos de épica pública y faltos de épica púbica, que bien valdría en sí misma para llenar los cines. Así que se decidió seguir la estela de éxito de la película americana cambiando el drama por humor y el héroe por el antihéroe, aderezando el cóctel con señoritas extremadamente turgentes. Porque la razón última que movía esos engranajes y llenaban los cines era la enfermiza necesidad de desnudos femeninos integrales, como si cada españolito nadara en caspa y llevara un voyeur en su cabecita enferma por tanto años de privaciones. Ozores —gran conocedor de nuestras miserias— lo sabía y por ello producía toneladas de casualidades tontorronas con un toque ingenuo-erótico que daba pie a que aparecieran las susodichas ligeras de ropa (y de cascos), con esas pelambreras de la transición que deberían estudiarse también en los libros de historia evolutiva por lo frondoso del asunto.

El dudoso argumento

Este tipo de películas siempre sigue un guion muy básico que únicamente se escribe para poder dar pie a gracietas sucesivas, producto en su mayoría de una mezcla de torpeza e ingenuidad mezclada con el sarcasmo de alguno de los personajes, en este caso el de Antonio Ozores. La idea fuerza es que Roque (Andrés Pajares) vive como un gorrón en casa de su amigo Federico (Fernando Esteso) que está casado con una imponente Mirta Miller. Ambos se dedican a visitar casas haciendo publicidad del suavizante «Pilón» (no creáis en las casualidades) y en sus peripecias encuentran de todo, especialmente mujeres que les reciben en paños menores. Federico acude habitualmente a un gimnasio regentado por Paco (Antonio Ozores) a bajar de peso porque es jockey y el caballo no le aguanta. Allí escucha una conversación entre el mánager de un boxeador llamado Kid Botija (Dumdum Pacheco) y Paco en donde le piden ayuda para que este pueda pelear con algún rival que le permita mantener su titulo de campeón de España para poder disputar el europeo. De inmediato piensa en su amigo Roque y en librarse de él, porque gane o pierda hay un jugoso bote. Mediante argucias que son parte fundamental de la trama le convence y este comienza a entrenar. En paralelo se suceden las apuestas, las chicas en pelotas, los chascarrillos y el descubrimiento de Roque de que por mucho dinero que le den le van a hacer picadillo delante de todo el mundo. Al igual que en Rocky, la película concluye con un combate ganado por el más débil —David vence a Goliath—, y Roque declama unas ultimas palabras similares en tono y contenido a las de Stallone, solo que en vez de dedicárselas a la novia se las dedica a su amigo Federico, y le promete solemnemente que nunca se irá de su casa. Gorrón alicatado al salón con hormigón armado, drama para Federico y fin de la historia.

Lo que dice de nosotros

Se extrañarán de que después de todo lo dicho la película tenga una puntuación de 7 sobre 10. Tiene su explicación. Aquí no juzgamos su fotografía ni su música, no miramos el montaje ni la interpretación siguiendo el método Stanislavsky, y no nos importa el subtexto, porque no lo tiene. Comentaba al principio que Yo hice a Roque III es idónea para hablarnos de la España de la transición. Y lo hace dándonos numerosas claves de cómo era nuestro país en esos días, nos muestra la enorme necesidad de salir de la caverna para meternos en otra mucho más disipada y dispuesta al escándalo. El país estaba aprendiendo a vivir sin una bota que le pisara el cuello y eso llevaba a caminos tortuosos donde muchos se perdían. No olvidemos que a la vez que comenzaba el «destape», comenzaba también el «cine quinqui» y las drogas. Juntos ampliaban el abanico de temas y nos mostraban que la apertura desmesurada conducía a excesos que en muchos casos se pagaban con la vida, o con una cárcel en vena peor que la de Carabanchel. La cinta que nos ocupa nos introducía de lleno en una España frívola y despreocupada que anteponía lo legal a lo debido, dando rango de naturalidad a algo que en fechas posteriores dejó de hacerse por completo. Los cines se llenaban hasta los topes porque todos querían ver lo que toda la vida estuvo prohibido, y el tono era festivo, alegre, lleno de chanzas infantiloides mezcladas con escenas subidas de tono que solazaron a esas multitudes deseosas de cambio. Estaba claro que el género era efímero, producto del momento y con muy corta fecha de caducidad. Ahora mismo el tiempo ha pasado por ellas y como al buen vino les ha dado la vuelta llegando a convertirse en películas de culto que ciertos culturetas, si no están demasiado anclados a una ideología castradora, podrían disfrutar como su placer culposo, observando en su estreñida intimidad este pedacito de nuestra historia patria, tan casposa como fresca. Porque lo gracioso de la propuesta no son sus chistes malos malísimos, sino el sentimiento de superioridad que nos genera como sociedad evolucionada que se ríe de su pasado.

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