La vida en el medio rural no siempre es fácil. Mejor dicho, casi nunca lo es. En contra de la mirada idealista del campo, urbanita y alejada de la idiosincrasia de los pequeños pueblos, los océanos de cultivos y ribazos, el lejano mugido de las vacas y las costumbres de la comunidad representan, en casi todas las ocasiones, un espacio duro. De hecho, la principal teoría paleo lingüística sobre el origen del significado moderno de la palabra pagano tiene que ver con los habitantes de los pagos o pequeñas aldeas (también pazos) a quienes, probablemente, costó «convencerles» de asumir el cristianismo en época romana.
El trato con la tierra, los animales y el paisaje agreste es un espejo íntimo de nuestros propios límites como seres humanos. ¿Qué podemos ser capaz de hacer, o de negarnos a hacer, ante un abanico tan limitado de opciones? En los pueblos, la caza, la pesca, la crianza —no siempre incuestionable— de los animales de granja o la dureza de los cultivos, todavía sujetos al capricho del clima, sitúan la eterna disputa civilizatoria entre medio rural y ciudad en un episodio más. La humanidad aún no ha resuelto este difícil dilema.
Quien sí ha escrito un enésimo capítulo de esta disputa es la escritora polaca Urszula Honek con su novela Noche blanca, publicada en castellano por Lumen. La obra ha llegado a la lengua de Cervantes después de que fuese publicada en Reino Unido y preseleccionado para los Premios Booker Internacional de 2024.
La autora, quien hasta entonces había publicado una serie de poemarios que han cosechado el genuino respeto de los lectores de su país, llamó así la atención de los agentes a nivel internacional. Noche blanca traspasó, así, fronteras. Cuatro años más tarde de su publicación original llega ahora a España para contarnos una historia que nos es familiar, pero no por sernos conocida merece menor interés literario.
Me explico. Honek sitúa la acción en un grupo de personajes en el medio rural polaco, concretamente del sur de Polonia. Desde su primera frase, la tensión entre ciudad y campo aparece tangible. La novela comienza así: «La casa parece un gallinero y, si uno se apoyara en ella o le diera una patada, todas las tablas caerían al suelo y algunas se partirían por la mitad, pues todo está podrido». Esta tensión, a través de los sueños, deseos, acciones y enfoque de una rica variedad de personajes (destacan, a mi juicio, Piloto, Andrzej, Anka, Piotrek y Henia) se mantiene presente durante toda la novela.
Cada personaje, obviamente, tiene un enfoque biográfico, una perspectiva de vida. Hasta aquí parece una novela más que habla de la vida en el campo. Pero la autora va más allá, y en este traspasar el límite radica la razón por la que esta novela es digna de lectura y aporta un valor añadido a la cantidad de textos semejantes que en el pasado y en el presente se han escrito sobre el mismo tema.
Noche blanca muestra la crudeza de la vida rural que palpita en el mundo y, más concretamente, en Europa, no ayer, sino hoy, en nuestros días. Todos los personajes son esbozos realistas de personas que forman comunidad y población con el resto de la ciudadanía de los países de la Unión Europea. El sueño de Piloto de criar carpas, sencillo y de compleja realización a un tiempo; la cierta candidez de Henia al elegir sus amoríos; la peluquera Anka, reina del arreglo del cabello del pueblo, pero encerrada en el laberinto de esplanada y horizonte yermo, profundo, con sus aristas cuadradas. La vida campestre que presenta la autora es realista, en ocasiones, incluso bruta. No hay concesiones para el lector.
Honek, con un estilo directo e inteligente, ha construido una novela que se disfruta y que hiere, pero no daña al lector desde la violencia gratuita, sino desde el destino inconcluso y los sueños rotos. Si la ciudad posee sus dramas cotidianos (alquileres en auge, atascos interminables, polución, etcétera), el medio rural ofrece comunidades que pueden ser excesivamente controladoras y asfixiantes, envidia, dificultades económicas y estrechez de miras.
A cambio, el campo ofrece mejor calidad de vida y serenidad desde una perspectiva natural, del autocuidado. Como expliqué en una entrevista reciente sobre el tema rural, cada cual debe ponderar sus prioridades antes de construir un juicio sobre la preferencia entre campo y ciudad, y ese juicio, cuando sea personal, habrá de serlo limitado a esa misma extensión.
Polonia es actualmente uno de los países con mayor crecimiento económico orgánico del bloque europeo. Honek, en cambio, nos cuenta un relato colmado de la belleza de la ficción, pero que incluye, a mi juicio, un marco honesto de esa otra Polonia, de esa otra España, de ese otro Reino Unido, de esa otra Italia o de ese otro país real que, una vez dejado atrás el cartel de salida de la ciudad, la carretera muestra muy diferente y que nos pide mirarle a los ojos, comprenderlo y abrazarlo.