www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

AL PASO

La democracia cabal

Juan José Solozábal
martes 21 de abril de 2026, 18:46h

Coincide esta columna de hoy, que hace la número setecientos, con la publicación de mi última colección de los “al paso”, reunidos en el libro La democracia cabal: anotaciones de un constitucionalista (editorial Iustel). Debo a los lectores —y antes, a los editores, comprendiendo al director—, y en primer lugar a quienes, muy cerca de la Fundación Ortega, me animaron a emprender la tarea de sacar a la luz mis colaboraciones periodísticas, unas palabras de agradecimiento. No es frecuente mantener una columna durante tanto tiempo sin desfallecer; gracias, pues, por el apoyo y la liberalidad que son marca de la casa llamada El Imparcial.

Como cabía esperar de un constitucionalista, mis columnas-tambien las recientes que he incluido en la selección- se orientan al análisis de los puntos conflictivos de la democracia española en su contexto europeo e internacional. Hay en ellas, como sabe el lector, una preocupación por la integración en nuestra forma autonómica, tendente a la afirmación territorial, pero sin descuidar las exigencias del mantenimiento de la unidad del Estado. En ese sentido, se consideran las demandas autodeterministas desde el punto de vista de su coherencia y de su incompatibilidad con el orden constitucional.

Asimismo, se examina la imprescindible función de la monarquía como garante del equilibrio ideológico y generacional de la vida política nacional. Y, del mismo modo, se reflexiona sobre el parlamentarismo como forma de gobierno constitucional, resaltando la importancia de la ley como norma racional e instrumento de gobierno insustituible, así como de las Cortes como lugar privilegiado de la discusión pública en democracia. Nuestra forma política parece escorarse hacia el presidencialismo, una deriva que está, en parte, en la raíz de la crisis de nuestro Parlamento, cuyas tareas y procedimientos se hallan fuertemente condicionados por el liderazgo del Gobierno y de su presidente.

El libro, como mis columnas, refleja también ciertas condiciones del autor, en especial las ligadas al ejercicio de una vocación docente universitaria. La universidad son los colegas, con quienes se confraterniza y de quienes se aprende. La universidad son, en fin, los discípulos, a los que se mira con sana envidia: primero por su juventud y después por su saber; y los alumnos, que representan el espíritu imprescindible de la institución y su esencia permanente. Podemos aspirar a ser, con Steiner, alumnos de por vida: siempre aprendiendo. «Alumno —dice—, me gusta ser alumno. Tengo maestros».

Se trata, en suma, de una universidad que no se aleje demasiado del modelo que conocí en mis años en la London School of Economics, donde cursé un posgrado en Government (algo así como política comparada) y observaba el comportamiento de los académicos a los que admiraba —Elie Kedourie, Michael Oakeshott, Ernest Gellner o, en otros centros, Raymond Carr en Oxford—. Permanecían en la Escuela hasta bien entrada la tarde. Muchos compartían cierta afinidad espiritual y una actitud política semejante: una vocación universitaria poco mundana, marcada por la seriedad y la modestia, acaso fruto de la impronta fabiana de la institución.

Recuerdo, en más de una ocasión, haberme cruzado con Michael Oakeshott, el gran normativista autor de una monumental monografía sobre Hobbes. Era ya un venerable anciano, cercano a los ochenta años, que salía de su despacho, en el primer piso de Portugal Street —justo enfrente del de mi supervisor—, para servirse un café en la máquina del rellano.

El libro, como los recuadros en su conjunto, o sea este Cuaderno del constitucionalista, deja también espacio para un recuerdo, algo nostálgico, de la generación liberal fuerista que tanto ha influido en mí, y que suelo personificar en José de Arteche, quien de algún modo aglutinaba a sus miembros( Azaola, Mitxelena, Santamaría, Caro, etc..) Sus grandes obras son El abrazo de los muertos y Diario de un vasco de posguerra, pero su aportación más singular, según he comentado alguna vez, consiste en el fresco inolvidable que trazó de los tipos y paisajes de la Guipúzcoa de su tiempo, hoy seguramente desaparecida, como señaló María Teresa Echenique.

Ahí están los compañeros de trayecto que aparecen en Mi viaje diario (1950), cuando se trasladaba desde Zarauz, donde vivía, a San Sebastián, donde trabajaba: personajes anónimos —el guardagujas de Usurbil, los pescadores de Orio, los anguleros de Aguinaga, los recadistas, el contratista, el mendigo, el gitano, las muchachas de Usurbil, el cafetero, el paragüero, el vagabundo— o bien figuras con nombre propio, como el piloto de la RAF George Harrison, Basarri, Ezequiel de Guetaria o Pilar, la hermosa lechera de Orio.

De este género de estampas Arteche publicó varios libros. A mí, el que más me gusta es Caminando, junto con el fundamental De Berceo a Carlos Santamaría, sobre modelos culturales que no se limitan al País Vasco. Recuerdo haber regalado este último hace años a Francisco Rubio, tras encontrarlo en una de mis visitas a la librería Manterola de San Sebastián. El maestro me confesó en alguna ocasión que aún lo releía de vez en cuando…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios