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DESDE ULTRAMAR

A quienes hablamos el idioma español en el orbe

Marcos Marín Amezcua
jueves 23 de abril de 2026, 20:00h
A propósito del 23 de abril, Día Internacional del Libro y que por años fue entre hispanohablantes de manera oficiosa el día de nuestro idioma, atañendo a la muerte de Cervantes –por atender la coincidencia de la jornada (que no fecha) compartida del fallecimiento del alcalaíno y Shakespeare– volcándose tal data en una suerte de Día Internacional del Idioma Español, antes de que el Cervantes se inventara otra ocasión que ni al caso y viene muy a cuento abordarlo por las insulsas palabras de Trump refiriéndolo como maldito idioma. La ignorancia es atrevida, sí, pero aún aquella tiene límites y el atolondrado ya se los brincó hace rato.
Amén de la insensatez y la guarrada ya clásica de quien proviene, es un orgullo que así lo refiera, porque revela que le resulta dificultoso. Y mire que concedo algo: es merecido afirmarlo porque, en efecto, nuestro idioma tiene su aquel. En descargo del neoyorkino, haciendo acopio de paciencia, admítase que lo decía bonachón (no en tono perdonavidas) de una manera tal, similar a un "a mi (avanzada) edad no pienso aprender su maldito idioma". Y sí, pese a no ser santo de mi devoción, concedo y no a regañadientes, que lo hizo con el mejor de los ánimos posibles y con el desparpajo que lo pinta de los pies a la cabeza cual burro en cacharrería. Y hablamos español, porque hace ya siglos dejó el entrañable solar hispano.
Ahora, que sus palabras entrañan lo que muchos en su país, preconizan: que es un maldito idioma. Que han buscado extirparlo, contimaces, sin éxito. Y es que sí es un idioma perseguido y es malditamente incorregible e indómito. Carlos Fuentes, premio Cervantes, apuntó que siendo niño y su padre embajador de México en el preciso momento en que el presidente Cárdenas expropiaba el petróleo a las compañías extranjeras, yanquis sobre todo, se ganó la animadversión de sus compañeros de pupitre en Washington, donde residía y estaba por la razón citada; y llegó a decir que alguien aseverara que el español era lengua de esclavos y por eso habían dejado de aprenderlo o lo despreciaban. Agrego yo que para no padecer la discriminación típica, casi congénita de la sociedad yanqui más recalcitrante.
Es verdad que era un idioma arrinconado tras de abominarlo en aquel país. Empero, ha sobrevivido y se ha robustecido con nuevas oleadas de migrantes hispanohablantes que no parecen soltarlo. Y triunfa el bilingüismo, antes ignorado.
Pues, qué pena por quienes lo crean inferior. Tan solo ser bilingüe, no sobra. Se lo he dicho en varias ocasiones en esta su columna, leída en ambas orillas del Atlántico...y del Pacífico, entrambos hemisferios, pues, y que bien pudiera yo tildarla, humildemente y ante todo, como una donde nunca se pone el sol –porque amigos lectores hay en los 5 continentes– acerca de aquella profesora de primaria que se jactaba alardeando que el inglés sería la lengua del futuro y me decía yo para mis adentros: “...si los hispanohablantes lo permitimos”.
Hogaño, cuando las cuentas alegres sitúan al idioma español después del mandarín y como el más hablado en el rango de lengua materna, al tiempo que es la lengua romance reportando más hablantes y, cifras más, cifras menos y sí, admitiéndolo con cierto deje de autocomplacencia, se precia de emplearlo 600 millones de personas, va confirmando que ni es lengua de esclavos ni preponderó el inglés en solitario. Registra un crecimiento sostenido. En 1948, cuando el embajador mexicano en la Unesco, Torres Bodet, consiguió que se elevase a idioma oficial de la ONU, sumábamos 248 millones, expresándolo así al impeler la idea de sumarlo al organismo, siendo usuarios situados de manera compacta, en bloque. El astronauta cubano Tamayo fue el primer hispanohablante en el espacio (1980).
El idioma se defiende aun en espacios hostiles. Los hay. Estados Unidos, por ejemplo, y donde corren tiempos anti-migrantes, como ya ha sucedido en siglos pasados. Nada nuevo. Y el idioma es un escudo y un delator y se le persigue si es español. Pues, edifiquemos con orgullo su raigambre en ese territorio donde se habló antes del arribo anglosajón. Exaltemos el rol de las comunidades de origen mexicano –las más antiguas– y las instituciones que lo adoptan, la existencia, cuasidesconocida de la Academia Norteamericana (sic) de la Lengua, los políticos y celebridades destacadas que no reniegan de su empleo y los estudios sobre dónde está parado, sabedores de que puede vivirse allí solo hablándolo. No se peca de optimismo, se busca ser objetivo, dado que continúa vigoroso desde un punto de vista generacional. Algunos interesantes estudios elaborados desde España o por académicos españoles considero que no dan al clavo ni hacen justicia a su pujanza y a su arraigo. Que sea el segundo país con más hablantes debe alertarnos de que, en efecto, es un idioma pujante, vivo y presente.
Idioma español que ha dado la batalla en Cuba y Puerto Rico y la emprende modestamente en las Filipinas, devolviéndole lo que a mansalva se le intentó extirpar. Y esa tarea de retornar a ellas es de todos para conseguirlo. Por ejemplo, anotándose a foros y redes filipinas en español para propagarlo.
A propósito, en este año 2026 en que conmemoramos en México los 190 años de la pérdida de Texas y los 180 de la guerra México-EE.UU. que nos significó perder más de la mitad de nuestro territorio y génesis de la supervivencia del idioma; y acaecida 50 años antes del 98 y España no tomó nota alguna del poderío acechante y amenazante que la merodeaba en el Caribe, zascandileándola, conviene recordar a esos hablantes que, dejados a su suerte, no perdieron su lengua y la conservan bastante digna y articulada hasta hoy, haciendo gala de reluctancia loable a abandonarla, siendo la semilla de que perdure en EE.UU. y sea en nuestros días el segundo país hispanohablante.
Atesoro una sencilla guía a manera de cuadernillo, escrita por un lugareño, proporcionada por una querida pariente a petición mía, traída de su viaje a San Francisco y en la que se detallan las misiones de la Nueva o Alta California en un español simple, con lo justo, carente de una elocuente o desbordada riqueza léxica, con un mínimo y exiguo vocabulario y que, no me cabe la menor duda, tal autoría en manos colombianas, españolas o mexicanas sería pródiga en vocablos, pero es meritoria defendiendo su parcela preservando nuestro idioma y sosteniendo una memoria viva en tierras robadas a México. Y subrayo sin tapujos lo de robadas.
Por cierto, la ocasión es propicia para acotar lo siguiente: no olvidemos que el idioma tiene reminiscencias, improntas y merece no perderse. De siempre, oigo a españoles decir /Meksico/ cuando se topan con la "x" de México, olvidándose que esa “x” es la "j" que suena /j/ de siempre, la de México, Guadalaxara, Mexía y tantas otras que se trocaron en “j” a inicios del siglo XIX por mandato de la RAE. Cuando se tope con un “México” pronúncielo con toda naturalidad como /Méjico/. Y sí, retener la "x” convierte al vocablo en arcaísmo y a mí ya sabe que me da igual si utiliza esa jota o pone equis. No secundo a mis paisanos que, cual energúmenos, se ofuscan por el empleo de la jota. Es cosa de memoria lingüística.
Total, que enorgullescamonos de hablar nuestra lengua, que no deplora otras y se regocija de quienes la aprenden esforzándose en usarla. Que somos generosos y abiertos a quien la estudia. A mis amigos lectores que la aprendieron como segunda lengua, mi reconocimiento absoluto, igual que a quienes la enseñan. Y ya se terminó el espacio y eso que todavía no empiezo a disertar acerca de aquello que dice "el español es para hablar con Dios...." para que no se pierda la humildad y la sencillez que nos distingue y enseñorea. Eso sí, favor de evitar el "todes".
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