Orgullo provoca ver y escuchar a la expresidenta Michelle Bachelet desenvolverse en inglés ante la Asamblea de las Naciones Unidas, presentando su programa como candidata a la Secretaría General, cumpliendo con los requisitos establecidos por dicho organismo.
Resulta emocionante que una compatriota enfrente las exigentes preguntas de representantes de 193 países, en instancias formales de diálogo, demostrando conocimiento, experiencia y solvencia en el rol que aspira desempeñar.
Chile vuelve a situarse en un escenario internacional de primer nivel. No es menor que una mujer latinoamericana tenga reales opciones de alcanzar una posición de esta envergadura, con reconocimiento transversal en distintos continentes.
La trayectoria de Bachelet es ampliamente conocida: ministra de Salud y Defensa, dos veces presidenta de la República, directora ejecutiva de ONU Mujeres y Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Son antecedentes que la posicionan con credenciales sólidas para el cargo.
Su experiencia, capacidad y constancia han sido probadas en distintos contextos, incluso en momentos adversos. No se trata solo de una candidatura personal, sino de una representación que trasciende al país.
El sistema internacional atraviesa una etapa compleja. La ONU enfrenta crecientes tensiones y cuestionamientos respecto de su capacidad de acción, especialmente en contextos de conflicto global. En ese escenario, el liderazgo adquiere un valor estratégico.
La principal tarea del organismo sigue siendo la preservación de la paz, el fortalecimiento del diálogo y la cooperación entre las naciones. En un mundo marcado por conflictos y riesgos mayores, estos principios se vuelven aún más relevantes.
Sin embargo, el proceso de elección no está exento de dificultades. El Consejo de Seguridad, con su derecho a veto, sigue siendo un factor determinante que condiciona cualquier candidatura.
En este contexto, resulta difícil de comprender la falta de respaldo explícito del Estado de Chile a una candidata de esta relevancia. La política exterior no solo se construye sobre afinidades ideológicas, sino también sobre intereses estratégicos y proyección internacional.
La ausencia de apoyo genera una señal contradictoria hacia el exterior y debilita una oportunidad de posicionamiento país.
Desde la perspectiva ciudadana, surge una pregunta legítima: ¿debiera Chile respaldar activamente esta candidatura?
La participación ciudadana, reconocida en nuestra legislación, Ley Nº 20.500 artículos 70-73 permite abrir espacios de consulta en materias de interés nacional. Una decisión de esta naturaleza podría perfectamente someterse a un proceso de deliberación más amplio.
No se trata de imponer una postura, sino de fortalecer la legitimidad de una decisión que tiene implicancias internacionales.
Es probable que una consulta de este tipo arroje un respaldo significativo, considerando el reconocimiento que la figura de Bachelet posee tanto dentro como fuera del país.
Reconsiderar la actual postura podría interpretarse como un gesto de unidad y de proyección internacional, en lugar de profundizar divisiones internas.
Aún hay espacio para revisar decisiones. En política exterior, las señales importan tanto como los hechos.