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TRIBUNA

La clave para la inmigración y su olvido hipócrita

Gabriel Alonso-Carro
domingo 26 de abril de 2026, 18:17h

Voy a comenzar este artículo con ironía pues el asunto es un tanto dramático, a mi modo de ver. Dicen que tenemos un invierno demográfico en Europa y que hace falta quien sostenga el sistema de pensiones y el Estado de Bienestar. E incluso quien nos ponga los cafés en los bares, que ya pocos quieren trabajar en la hostelería, o limpie nuestras casas que a los españoles eso ya no les va. Pues ya está, que vengan como sea los inmigrantes y nos solucionen el problema que así podemos seguir con nuestro ritmo de vida y comodidad.

No importa que algunos tengan que cruzar media África en condiciones penosas, sufriendo mil y una desgracias, que se dejen una fortuna que no tienen para pagar a una mafia que les lleve en una patera y, tras un peligrosísimo viaje en el que muchos sucumben, llegar a la arcadia feliz europea. Y aquí no acaba todo porque los menores ingresan en centros hacinados hasta la mayoría de edad que se les pone en la calle sin oficio ni beneficio a buscarse la vida: y no hace falta mucha imaginación para comprender dónde acaban muchos. Los adultos, llegan clandestinamente y con mucho esfuerzo algunos encontrarán algún trabajo sin papeles, otros, vivirán de algún subsidio y los más se encontrarán con que Europa no era el sueño de facilidades que se habían imaginado.

Pero eso sí, presuntamente habrá quien nos ponga los "cafelitos" y quién limpie nuestros hogares. Lo de que paguen nuestras pensiones ya no parece tan claro porque no parece que la inmigración pueda subsanar ese y otros aspectos a falta de una mayor natalidad. Total que en todo este asunto nos olvidamos egoístamente de que se trata de personas, no de servidumbre para cubrir las necesidades de confort y estándares de vida occidentales. Por no nombrar a los políticos, que muy pocos o casi ninguno mira por el bien objetivo de los inmigrantes que vienen al continente.

Todo el mundo tiene derecho a emigrar y buscar una vida mejor, al mismo tiempo que los estados tienen el suyo para controlar sus fronteras y admitir a quien consideren. Ahora bien, no nos preguntamos realmente cuestiones básicas, que hemos podido apreciar en generaciones nuestras anteriores, como que: ¿se emigra por necesidad o por gusto?, ¿se emigraría si se diera la posibilidad de tener un futuro en el propio país?, ¿consideramos que vaciamos de futuro los países más pobres al desplazarse los jóvenes y más capacitados a otras naciones?, ¿nos importa en definitiva el drama humano que supone el desarraigo forzado?

Son preguntas inquietantes que no nos hacemos porque occidente únicamente mira sus propios intereses, no los de las personas concretas ni los de los países de origen. La presión migratoria mayor del mundo no es la de la frontera de México con USA, sino la del norte de África y España y, en general, la del Magreb y Europa. Pues bien, las proyecciones demográficas nos hablan de que si en el continente africano hay ahora cerca de 1.660 millones de habitantes (19-20% de la población mundial), para el 2050 rondará los 2.500 millones. Si tenemos en cuenta que el 60% de los habitantes son jóvenes, imaginemos si no es poner puertas al campo el frenar ste impulso migratorio al que ahora consideramos solución a nuestros déficits pero que no mira por el bien real de los que vienen ni de sus naciones de origen.

¿Qué sería lo serio, coherente e inteligente? Nuestros mayores que emigraron forzosamente a Francia, Suiza, América del Sur, etc. lo hicieron en décadas concretas de escasez y gran dificultad económica, que una vez superadas frenaron el flujo migratorio. Pero en el caso del continente vecino la situación es distinta. Se estima que alrededor del 38% de la población vive en pobreza extrema y la diferencia de riqueza entre un occidental y un africano ha aumentado, siendo ahora 13 veces mayor que hace 50 años. Es decir, las desigualdades del Sur respecto al Norte en este caso son flagrantes y parecen ir a más. Y lo que estamos haciendo en Europa es abrir aún más la herida con la fuga de "capital" humano, y discúlpese la expresión, en vez de alentar a permanecer y hacer prosperar el país de origen.

Los flujos migratorios temporales, como hemos citado fueron los españoles, hacen posible el apoyo puntual a países en dificultades pero si se convierten en permanentes -como ocurre desde hace décadas y parece sucederá en el futuro- no producen sino el estancamiento del problema de fondo: la desmedida desigualdad entre sociedades ricas y pobres y la injusticia de una falta de distribución de la riqueza inhumana, que es lo que en occidente apenas se plantea como asunto de fondo, origen de la cuestión migratoria, y clave para una solución que beneficie a los más débiles y desheredados no sólo a las necesidades de las naciones opulentas.

León XIV lo ha puesto sobre la mesa con mucho acierto hace apenas unos días: "¿qué hace el Norte del mundo para ayudar al Sur del mundo o a esos países donde los jóvenes hoy no encuentran un futuro y, por eso, viven este sueño de querer ir hacia el Norte? Todos quieren ir hacia el Norte, pero muchas veces el Norte no tiene respuestas sobre cómo ofrecerles posibilidades. Muchos sufren (...) me pregunto: ¿qué hacemos en los países más ricos para cambiar la situación en los países más pobres? ¿Por qué no podemos intentar, tanto con ayudas estatales como con inversiones de las grandes empresas ricas, de las multinacionales, cambiar la situación en países como los que hemos visitado en este viaje? África es considerada por mucha gente como un lugar al que se puede ir a extraer minerales, a tomar sus riquezas para la riqueza de otros, en otros países. Quizá a nivel mundial deberíamos trabajar más para promover una mayor justicia, igualdad y el desarrollo de estos países africanos, para que no tengan la necesidad de emigrar a otros países, a España, etc."

Hace unos meses leí un lúcido artículo de Luis Peral reclamando una especie de Plan Marshall por parte de los países del Primer Mundo para África y su despertar económico y de prosperidad. Lo lógico e inteligente sería llevar a cabo un esfuerzo parecido que ayudase a mitigar tan sangrante desigualdad y para ello colaborar activamente en el desarrollo del continente africano. Muy especialmente en el África Subsahariana donde vive el 67% de las personas en pobreza extrema a nivel mundial. Cerca de 264.3 millones de personas viven allí en pobreza multidimensional, abarcando carencias en salud, educación y estándar de vida.

Mientras, en cuanto a la emigración, deberían acordarse cupos de manera bilateral con los diferentes países para una inmigración humana y ordenada, sin descapitalizar el país mientras va alcanzando mayores cotas de progreso. Hasta ahora hay acuerdos pero consistentes en financiación a cambio de la contención de los flujos de emigrantes. Pero no se trata únicamente de eso sino de algo más ambicioso. De volcarse el conjunto de países receptores de emigración en la prosperidad de las naciones emisoras: con ello la inmigración dejaría de ser forzosa -lo cual la humanizaría enormemente- y, por otro lado, se colaboraría con que hubiera un horizonte de futuro en muchos países africanos que incentivaría permanecer en él, habiendo posibilidades reales, y frenando la presión migratoria sobre el Norte.

Es una ecuación donde todos ganan y además se haría justicia con un Sur que ha sufrido mucho la desigualdad y en no pocas ocasiones ha sido literalmente esquilmado por occidente. En el debate migratorio sería decisivo incluir estos elementos para superar el egoísmo hipócrita del mundo enriquecido, prever los futuros flujos migratorios masivos y ofrecer oportunidades -para quien lo desee- de permanecer en los países de origen con un horizonte de futuro. Me pregunto cuántos de los lectores se han parado a pensar en ello, sí han leído o escuchado argumentos como los que aquí expongo, y si no les parece que la sociedad civil debería alzar la voz en este sentido e implicar a los gobernantes nacionales e internacionales en una tarea conjunta en este sentido. Es lo inteligente, es lo más justo y lo más humano, en definitiva: es verdaderamente urgente.

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