Este año se cumple el centenario de la muerte de Rainer Maria Rilke (Praga, 1875-Valmont, 1926), uno de los poetas más fascinantes de la literatura universal de todos los tiempos. Sobre él, otro gran lírico, Paul Valèry, señaló: “Si la palabra magia significa algo, he de decir que todo Rilke, su voz, su apariencia, sus modales, todo sobre él daba la impresión de una presencia mágica. Rilke le otorgaba a cada palabra, una vez pronunciada, el poder de un encantamiento”.
En efecto, encantamiento es lo que nos produce sus versos, en obras capitales como Elegías de Duino y Sonetos a Orfeo. De esta última, Lumen acaba de publicar una magnífica nueva edición bilingüe y traducción, con poemas esbozados y cartas inéditas referidas sobre todo a la gestación de los Sonetos, a cargo de Andreu Jaume y Adan Kovacsics, con un esclarecedor prólogo de Andreu Jaume que explica a la perfección el rico contenido y significado no solo de Sonetos a Orfeo, sino también de Elegías a Duino, interrelacionando los dos poemarios, con lo cual comprendemos en toda su extensión la cosmovisión rilkiana, arrojando luz sobre su hermetismo. El volumen incluye valiosas notas a cada soneto y una útil cronología de la vida de Rilke.
En febrero de 1923, Rilke se encontraba terminando Elegías de Duino. Tuvo una tan fértil como febril inspiración y en pocas semanas, sin abandonar las Elegias -Rilke se refiere a este periodo como una “salvaje tormenta creativa- compuso el prodigio de Sonetos a Orfeo. En esos momentos el escritor austriaco -tuvo una vida nómada, habitando en numerosos lugares-, vivía en la torre de Muzot, en la región suiza de Valais. Su amiga la pintora polaca Baladine Klossowska, Merline, le había ayudado a encontrar el lugar, que convirtió desde julio de 1921 en su refugio, lo que, sin duda, facilitó su efervescencia creadora. También contó con otros estímulos para escribir los 55 poemas, 26 en la primera parte y en la 29 en la segunda, que componen Sonetos a Orfeo.
Por un lado, Merline le regaló una postal, reproducción de un dibujo titulado Orfeo encantando a los animales, del pintor renacentista Cima de Conegliano, que Rilke situó enfrente de su mesa de trabajo. Asimismo, la propia Merline poco antes le obsequió con una edición bilingüe en latín y en francés de las Metamorfosis de Ovidio, donde, como es sabido, en el Libro X narra la historia de Orfeo y su descenso a los infiernos para rescatar a su esposa Euridice -esta edición incorpora los fragmentos de Ovidio que iluminaron especialmente a Kilke-, se Y, quizá lo más trascendente, fue la trágica noticia que le comunicó su amiga Gertrud Ouckama Knoop, en la que le contaba la muerte, víctima de la leucemia, de su jovencísima hija Wera. El suceso impresionó enormemente a Rilke, quien decidió que sus Sonetos fueran un homenaje a la hija de su amiga, un “cenotafio para Wera Ouckama Knoop”.
No es de extrañar que el mito de Orfeo haya atraído la atención de creadores de distintos ámbitos: literatura, pintura, música, ópera, cine -recordemos la trilogía órfica de Jean Cocteau-, ballet… Para muchos Orfeo es el símbolo del artista y quizá ninguno mejor que Rilke nos transmite su poderío. Orfeo y su canto, el arte, no vencen a la muerte, que se llevó a la joven hija de su amiga, pero aminoran el sufrimiento, nos ofrece belleza. Y la aceptación de la muerte logra que esta se fusione con la vida, pues ya no hay un más acá y un más allá.