De Walter Pater (1839-1894) podría decirse, como del Swann proustiano, que amó mucho la vida y que amó mucho el arte. Pater fue, de hecho, una inspiración muy poco estudiada para Proust: el retrato imaginario de El niño en la casa (1878) es una evocación tan conmovedora de la infancia del escritor como el côté de chez Swann y las descripciones de Notre-Dame d’Amiens o Vézelay —casi los últimos escritos de Pater— son tan influyentes como las descripciones ruskinianas de las iglesias francesas en la busca del tiempo perdido.
Pero el mundo de Pater es mucho más pequeño, incluso provinciano, que el de Proust. El primer ensayo que conservamos de él, ‘Diaphaneitè’, escrito en 1864, resulta tan característico como el último sobre Pascal, publicado treinta años después. En medio queda una obra tan exquisita como los temas de los que trataba —de la Gioconda de Leonardo al Apolo de Picardía— y una vida cuyo goce no tuvo nunca la transparencia que anhelaba: en Platón y el platonismo y en sus delicados estudios sobre Grecia (principalmente sobre escultura), de los que la novela Mario el epicúreo (1885) es solo una extensión, o en la inacabada Gaston de Latour, se oculta the love that dare not speak its name. La homosexualidad de Pater es una perspectiva de lectura por derecho propio que hoy, sin embargo, no tiene otro interés que el anticuario.
En vida, por el contrario, ese interés, con todas sus ramificaciones, era acuciante y llevó a Pater a retirar, en la segunda edición de Apreciaciones (1889-1890), el ensayo sobre ‘Poesía estética’ y sustituirlo por una larga reseña de La morte de Octave Feuillet. El editor de la presente traducción ha seguido el criterio de Pater y ‘Poesía estética’ se ha publicado aparte en la revista La torre del Virrey.
No hay nada en ‘Poesía estética’ —en su origen un ensayo sobre William Morris cuyos últimos párrafos Pater ya había reformulado en la controvertida conclusión de El Renacimiento, suprimida a su vez de la segunda edición y restaurada en la tercera y definitiva— que hoy pueda hacer que un crítico enarque las cejas y casi podríamos sospechar que los únicos lectores que quedan de Feuillet deben de ser los que tenga el ensayo de Pater, pero esa susceptibilidad ecdótica ha terminado por ser una muestra más del encanto del autor.
Apreciaciones, en la cuidadosa traducción de Alcoriza, es un placer para los sentidos, incluido el sentido moral, y un ejemplo de lo que al traductor le gusta llamar la ética de la literatura. Por volver al aventajado discípulo de Pater que fue Proust, cada uno de los ensayos que componen este libro tiene que ver con la aspiración a comprender la literatura como la vida vivida plenamente, découverte et éclaircie.
Descubrir y esclarecer el orden de lectura de Apreciaciones aumenta el placer del lector. Descartado ‘Poesía estética’, el conjunto, sin embargo, no sigue en apariencia ninguno: el ensayo sobre el estilo con el que empieza (el título original es Apreciaciones, con un ensayo sobre el estilo) data de 1888 y el Postscript de 1876, cuando se publicó por primera vez con el título ‘Romanticismo’. Pater no es más romántico que clásico, aunque los ensayos sobre Wordsworth, Coleridge (una muestra muy temprana de su escritura, de la que había borrado algunos pasajes teológicos al incluirlo en Apreciaciones) y Dante Gabriel Rossetti den esa impresión, apenas corregida por la sensibilidad con la que Pater trata de estar lo más cerca posible del acto creativo o nos recuerda que la Gran Oda no era tan original.
Tal vez el ensayo sobre Charles Lamb —un escritor sin equivalente en la literatura española— sea el más desinteresado de todos y el ensayo sobre sir Thomas Browne el más mimético (“como la música en viejos instrumentos repentinamente tocados por un dedo errante, entre los escombros de las casas de la gente”). Los tres ensayos sobre Shakespeare —el dedicado a los reyes ingleses es el único que no se había publicado antes— constituyen, en cierto modo, el corazón del libro y proporcionan el fondo de la serie de grupos pictóricos que los ensayos configuran.
Pater insiste en el predominio de la forma y en la tendencia de todas las artes a la música para evitar lo que llama “una sensación de continuidad imperfecta”. El último párrafo del ensayo dedicado a Medida por medida ofrece la acepción más precisa del término mismo de “apreciación”.
Alumno en Oxford de Benjamin Jowett, que introdujo a Platón en el currículum contemporáneo, Pater no puede considerarse a la altura de los grandes platónicos británicos del siglo XIX, desde Grote hasta Burnett. Pero los lectores de Platón apreciarán que el reticente Pater afirmara que los diálogos resultan “reproducibles mediante un seguimiento exacto, sin variación en la estructura, palabra por palabra”. Hay en esa literalidad algo más que una nota a pie de página en la tradición filosófica europea.