A sus más de ochenta años, Claudio Magris sigue comprometido con la pregunta por la pervivencia de eso que podemos llamar, todavía, “cultura europea”, un itinerario de agudeza intelectual del que Cruz del Sur. Tres vidas verdaderas e improbables es su última muestra.
Siempre desde esa perspectiva particular que no acaba de ser ni novela ni ensayo, y que hace de esta misma indeterminación genérica su mejor defensa contra el estereotipo, el autor nos cuenta sobre las vidas de tres europeos que parecen hallar el escurridizo sentido de la vida entre los pueblos autóctonos del Cono Sur: Juan Benigar, que adopta la identidad, y también las luchas, de los mapuches del territorio argentino; Orélie-Antoine de Tounens, el excéntrico francés que se autoproclamó rey de los araucanos (es decir, los mapuches de Chile y Argentina), y por último sor Ángela, que dedica su vida a proteger del exterminio a los onas (o selknam) de Tierra del Fuego, y a quien los nativos confunden al principio, por su uniforme de monja, con un pingüino.
Estas tres vidas plantean distintas soluciones, extremas si se quiere, frente a la conflictiva relación de Occidente con los pueblos que su vertiginosa expansión colonial fue arrinconando en los márgenes del mundo conocido. Por diversos motivos, en los tres se presenta una renuncia y una elección por buscar la alteridad, para conocerla, cuidarla o acabar de dominarla.
Es una tensión que encontramos novelada también en la narrativa argentina contemporánea. Pienso en las obras de Gabriela Cabezón Cámara o de Carla Maliandi, en especial su novela La estirpe. Incide también sobre el mismo tópico la película La estrella azul, de 2023, con el viaje de autodescubrimiento del músico Mauricio Aznar por los pueblos del noroeste argentino.
El esloveno Juan Benigar, cuyo relato abre el libro que aquí reseñamos, llega a Argentina a comienzos del siglo XX, en principio como tantos otros europeos que modificarán para siempre la demografía rioplatense. Solo que Benigar no busca asentarse en Buenos Aires, de cuyo centralismo siempre renegó. Quiere ser aceptado, como uno más, por los mapuches de la Patagonia, en cuya comunidad llegará a criar a dieciséis hijos.
Desprovisto de toda estridencia, hará un sincero esfuerzo por integrarse en esa cultura ajena, estudiar minuciosamente su lengua y defender a su pueblo de la deshumanización calculada a la que lo sometieron, a la larga exitosamente, las autoridades del Estado.
En esta actitud protectora, que se cuida de no caer en el paternalismo, coincide con sor Angela, que llega a Tierra del Fuego (los últimos confines del mundo) para encontrarse, entre selknam, kawéskar y yaganes, a la misma humanidad en plenitud, por la que merece la pena, en consecuencia, entregarse en cuerpo y alma. Porque “todo sucede siempre y sigue sucediendo siempre”; no hay alma demasiado lejana, y el dolor de ninguna puede resultarnos ajeno.
Más allá, en ese “abajo metafísico” que es la Antártida, solo encontramos el silencio de la blancura absoluta y una especie de negación rotunda del mundo humano. Pero, hasta allí, a sor Angela no le interesa ya seguir bajando, porque topamos con los límites del territorio de las almas, y no hay, por tanto, tarea que Dios pueda asignarle.
Benigar fue un sabio (un sabio tranquilo que “murió sentado”, según reza el título de la biografía de Victorio Sulcic en que se basa Magris) que supo aprovechar las herramientas de su formación europea sin asumir que, con ello, debía comprometerse con una idea cualquiera de supremacismo. Desconfía del ansia totalizadora del darwinismo, en especial cuando se aplica a los asuntos humanos; debate, así, con intelectuales protofacistas consagrados de la época, como Imbelloni (hoy perfectamente olvidado), para desarticular las teorías científicas sobre los orígenes diversos de los grupos humanos, con las cuales se pretendía justificar la superioridad de unos sobre otros.
“La verdadera pregunta no es esa, de dónde se viene, sino a dónde se va”, concluye Magris, para sintetizar a Benigar, porque la insistencia en la pregunta por los orígenes, aunque se vista con todo el rigor de la ciencia moderna, suele disimular una pulsión ideológica por delimitar el alcance de la identidad humana (o cultural, o nacional), y con ello, de los derechos que le son atribuibles. El mismo criterio defenderá, en clave religiosa, sor Angela, a quien no interesa la “historia de la evolución”, sino la “historia de la salvación”.
La reflexión recuerda el maravilloso comienzo de El Danubio, considerada justamente la obra maestra de Magris. Se relata allí una expedición para decidir la fuente última de ese río que atraviesa el continente europeo. Siempre hay un pueblo más alto en las montañas germánicas que reclama ser, ahora sí, la verdadera fuente del Danubio.
El grupo prosigue subiendo la pendiente hasta que descubre que la fuente final es, en realidad, un grifo abierto. El artificio agazapado en el corazón del origen; porque el origen, como punto último al que habría de llegarse, es un fetiche que nos desvía de la pregunta por los fundamentos de la identidad, más parecida al cuerpo vivo del propio río: un flujo que se proyecta, que nos atraviesa y nos trasciende.
Según parece, Benigar no consiguió, en última instancia, desprenderse de esa ficción irreal que se había colado en su espíritu, y nunca dejó de acompañarle esa “melancolía mitteleuropea”, propia del “intelectual musiliano” que a fin de cuentas era.
Orélie-Antoine de Tounens, que, según decíamos, se autoproclamaba rey de la Araucanía (valiéndose del exónimo europeo, en lugar del nombre propiamente mapuche), expresa quizás la antípoda caricaturesca de Benigar y de sor Angela. Si estos se acercan al otro con plena consciencia de sus limitaciones, de sus sesgos, Orélie, figura decimonónica por antonomasia, no se molesta en intentar renunciar a la esplendorosa herencia que, cree, le conceden sus orígenes europeos.
Su proyecto de fundar un Estado araucano fracasa estrepitosamente, y acabará humillado y vilipendiado por las autoridades reales de los Estados reales. Es instructivo, sin embargo, considerar lo que hay detrás de ese fracaso, o por qué su caso “será objeto de estudio más por parte de psiquiatras que de historiadores”.
Bien mirado, todos los Estados-nación son fruto de actos gratuitos, artificiosos; son, como diría Bennedict Anderson, “comunidades imaginadas”. No les precede, ni podría precederles, ningún derecho de existencia. La tragedia de Orélie no es pretender que pueda proclamarse rey de un territorio, sino carecer del potencial de violencia que, en última instancia, podría respaldar sus aspiraciones.
Su fracaso, surgido de confundir la pomposa retórica del poder con su verdadera naturaleza, saca a relucir las fuerzas que realmente ponen en marcha esa teselación frenética del territorio en que consiste la creación de los Estados, que solo parece sosegarse cuando el mapa se ha saturado, expulsando o suprimiendo a quienes encarnan cualquier forma alternativa de organización colectiva.
Pero, en toda su locura, Orélie, a fin de cuentas, “forma parte de esa Europa del siglo XIX que crea imperios y se extiende por el mundo, encaminándose inconscientemente hacia su propio declive hasta el suicidio colectivo de la Primera Guerra Mundial, que pasará el poder del mundo a otras manos”. Quizás el fascismo que asoló Europa a principios del siglo no sea más que eso: el pataleo final con el que una civilización aspiraba a retener una hegemonía que sabía perdida, y del que la locura de Orélie sería uno de sus síntomas tempranos.
Aunque Magris juzgue que estas vidas son improbables (son, ciertamente, muy llamativas), yo diría que no son del todo infrecuentes. Son historias, eso sí, que ocupan siempre la trastienda, avisos algo incómodos de que, acaso, Occidente no encarne la marcha del Espíritu Universal. Pero desde los primeros cronistas de la conquista del Nuevo Mundo, sabemos de individuos que “se cambiaron de bando” y decidieron vivir entre los oprimidos, o que al menos no vieron con malos ojos un estilo de vida alternativo a la ola expansionista que los había llevado hasta allí.
En Chile es conocida, por ejemplo, la historia del soldado Pineda y Bascuñán, que relata su plácida experiencia como cautivo entre los mapuches en el siglo XVII; su testimonio, publicado en 1673, se titula, justamente, Cautiverio feliz. En una línea similar, los antropólogos David Graber y David Wengrow discuten, en su monumental El amanecer de todo (2021), en qué medida el pensamiento de los nativos americanos pudo influir en la formulación de las ideas libertarias que cimentaron el surgimiento de la Ilustración, movimiento que se habría reinterpretado luego como el gran legado de Europa al resto del mundo (y un conveniente aval retórico para el colonialismo decimonónico).
El libro de Claudio Magris se suma a esta tradición, interrogando con valentía la legitimidad de una herencia cultural que ama y que sabe que lo atraviesa. Pero sabe también que, si la cultura occidental ha de pervivir, no puede hacerlo sobre la ingenua presunción de su autoproclamada universalidad.