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TRIBUNA

Planes del ecologismo urbano malthusiano

miércoles 06 de mayo de 2026, 20:02h

Desde hace años, por motivos contradictorios, de autocomplacencia y de desesperanza, el progresismo recomienda a los individuos no tener hijos, extender la infertilidad --¿vivir, para qué?- eliminar el feto cuando no se ha utilizado la contracepción –su meta es conseguir el derecho a matar a los bebés no deseados--, y una vez se traspasa el umbral de la desesperanza y perdido el proyecto personal acabar con la senectud. El objetivo es liberarse definitivamente del sometimiento a las leyes de la naturaleza.

El colectivismo, quizá movido por la compasión humana activa basada en el instinto de autoconservación y amour-propre (Rousseau), defiende el amor virtual al género humano. En realidad, es una teatralización de la sensibilidad compasiva a distancia, haciendo abstracción de las personas. Proyectada por el nihilismo colectivista entre la exposición y la profundidad ocultada, en esta permanente dialéctica aparece otro aspecto crucial que dará lugar a varias ideas destructivas: el rechazo a la existencia de los seres humanos (naturales). Sea por vergüenza hacia el propio ser (Dostoyevski), o por odiar al ser genérico que ha acumulado tantos actos trágicos a lo largo de la historia y conducido a la desesperanza, la desvalorización del ser humano es evidente.

Los fracasos del idealismo materialista han servido para impulsar aún más la ilusión del hombre nuevo y aspirar a comenzar con la posthistoria, con su correspondiente apoyo a una futura dignidad posthumana (N. Bostrom). Aspiración por la que se precisa pasar del respeto a la vida humana al de “calidad de vida” (P.Singer). Con la posthistórica comenzaría una relación del homo nuovo consigo mismo, ayudado a transformarse por la ciencia y la tecnología, superando su esencialidad.

Antes de crear el utópico hombre nuevo, una de las prioridades del progresismo será proteger el planeta de la especie humana. Partiendo de esta premisa, al objeto de detener la degradación del orbe, el plan ecologista urbano consiste en limitar el futuro para buena parte de la humanidad, ya que no pudiendo frenar la voluntad destructiva de los seres humanos, optará por imponer las más radicales leyes maltusianas. No cabe extrañarse que su mayor problema estribe en el aumento extraordinario de la población mundial. Además de frenar el crecimiento demográfico –sensibilidad planetaria colectivista--, propone como solución eliminar a gran parte de la población, ya que está haciendo sufrir al globo terráqueo y a todos los seres animados e inanimados que forman parte de él. Es preciso entender que el planeta no es más que un insensible inconsciente desprovisto de inteligencia sentiente y sin capacidad creativa. La tierra, creada casualmente por el Big Bang, el átomo primigenio sin inteligencia, sin conciencia ni consciencia, está tan desprotegida que solo la puede salvar el ecologismo, convertido motu proprio en la inteligencia y la razón del planeta. Es decir, que los inteligentes átomos ecologistas serán los que puedan enfrentarse al principal problema terráqueo que no fue capaz de prever la “mente” explosiva del Big Bang: que uno de sus inquilinos, llevados por su turbio y ciego egoísmo, tendría la capacidad para ir destruyendo el planeta.

Puesto que el exceso demográfico acabaría con la vida del planeta, será preciso que se extienda una “conciencia global” (Theilhar de Chardin) y que toda persona reflexione sobre su innecesario existir. Será imprescindible cambiar la mentalidad de la gente y ponerse en manos de unas instituciones extraordinarias que tendrán que limitar la vida humana en la tierra, así como unas cuantas profesiones habrán de ponerse al servicio de la salud del planeta. Por ejemplo, el médico pasará a ser un combatiente con galones, acoplado a la evolución. El sistema sanitario creará un gran departamento especial de desahuciados o enfermos de alto costo sanitario, quienes, por el bien social y personal, formarán parte del grupo destinado a la extinción lo más rápida posible –un necesario campo de exterminio salvífico--. Lógicamente estas medidas afectarán a la mayor parte de los seres humanos, pero será la única manera de sanar a la tierra de su principal dolencia.

Previamente se formará una conciencia humana que deberá ser conformada como inteligencia planetaria, con talento y capacidad. Por motivos justificados y respetando la dignidad humana y todos los derechos humanos, no tendrá más remedio que convertirse en un instrumento exterminador de los individuos prescindibles. El progresismo igualitario, descubridor de las leyes de la evolución, se encargará de proteger a las elites y a su servidumbre a fin de que nunca formen parte de los desahuciados.

Este ejercicio del poder, que recogerá experiencias anteriores, dejará atrás definitivamente los contenidos del Bien de las morales anteriores. El poder voluntarista se asentará sobre la “justificada” muerte de muchos millones de personas. Si bien quienes tengan el poder de decisión y utilicen las instituciones para ese fin, encontrarán el modo de que el individuo tome la iniciativa de desaparecer. Por tanto, será la voluntad de la razón humana la que decidirá sobre su vida. Una elección que le habrá de llevar a no tener nunca más libertad.

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