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Relatos

Fernando Garriga: Sacrificio

lunes 11 de mayo de 2026, 01:09h
Fernando Garriga: Sacrificio

Fulgencio Pimentel. Logroño, 2026.144 páginas. 19 €. Libro electrónico: 8,99 €.

Por Matías Jaque Hidalgo

De momento no habían llegado a España muchas noticias de la obra del escritor argentino Fernando Garriga, autor de una ya larga trayectoria que incluye unas cuantas novelas (Cumpleaños en la isla, Casi una novela japonesa) y otros tantos volúmenes de relatos (Escuela para ciegos, Continuidad de la obra). La editorial Fulgencio Pimentel publica ahora su último libro, que contiene el relato ganador de la quincuagésima cuarta versión del premio de cuento Ignacio Aldecoa: “Un bucle de tiempo”. Contar con estos cuentos es, desde luego, una muy buena noticia para los lectores y amantes del género.

Quizás sea el peso de la tradición narrativa argentina lo que sosiega en la prosa de Garriga cualquier exabrupto, cualquier floritura, como si, al narrar, el autor jugara una compleja partida en la que restaran pocos huecos desocupados, pocas movidas sin ser exploradas. Es un estilo de frases cortas, precisas, descriptivas, que me recuerda al norteamericano Ted Chiang.

En ambos autores, parece que asistiéramos, más que a un relato, a la serena exposición de un teorema destinado a demostrar la erosión definitiva de la cordura del lector. El cuento que abre el volumen –“Un bucle de tiempo”- es, justamente, uno de estos ejercicios de indagación escheriana en los límites de la coherencia narrativa. Allí, un hombre escapa de un manicomio, donde se juzga injustamente recluido, para acabar a la espera de un destino tan incoherente como escalofriante. Todos los pasos que lo llevan allí son, sin embargo, sólidos como la piedra.

A veces este estilo seco y minimalista se desliza sin exabruptos aparentes hacia pequeños destellos poéticos. A propósito de la serpiente que acaba de inyectar su veneno a un lugareño, se pregunta: “¿Por qué los animales siempre tienen cara de saber perfectamente lo que hacen?”. O caracteriza del siguiente modo el habla: “La voz es una porción de aire, cilíndrica. La palabra es un objeto de aire al que se le practican talladuras con la glotis, la nariz y la lengua”. Ese lenguaje descriptivo, que en principio aparenta ser una ventana transparente al decurso de los hechos -un socio leal del lector-, se detiene un poco más de lo necesario en este o aquel punto, que crece y de pronto nos envuelve. Son pistas diseminadas por el texto, quizás tardías, de que estamos ya en el laberinto.

Garriga sabe jugar con los sinsabores de la causalidad. Marcelo, el anciano que protagoniza los dos primeros relatos, parece, dentro de su alucinada aventura, seguir un plan; calcula, prevé reacciones ajenas. Pero nos enteramos también de que su mujer, Emilse, ha muerto aplastada por un turista borracho, para colmo expiloto, que cae desde la ventana de un hotel. Esta última cadena de hechos, carente de todo plan, de todo propósito, es a su modo perfectamente lógica, pero interrumpe el destino de los hombres -contaminado por el prejuicio del sentido- bajo la forma trágica de la estupidez.

En los cuentos que abren y cierran el volumen, la posmodernidad y la tradición ancestral conspiran para dinamitar la temporalidad lineal. Si los dos primeros hacen guiños intertextuales a la ciencia ficción pop, el último, Tilcara, cuenta la rulfiana aventura de un “coya” (es decir, un indio quechua-aymara del noroeste argentino) que, después de recibir una golpiza mortal por parte de un grupo de policías, busca llegar al pueblo que da nombre al relato, atrapado en el limbo de la muerte-vida. Pero “la trampa de los días sin tiempo es que nada empieza ni termina”, y sus fantasmagóricas interacciones con “los que están en el tiempo” nos llevan del humor al patetismo más profundo.

Ese lugar fuera del tiempo que habita el fantasma del coya puede leerse, creo yo, como una denuncia contra una cronología hegemónica que aplasta el sustrato cultural más profundo de los pueblos americanos, disciplinados por el tiempo occidental del trabajo y el poder estatal. Un lugar que contrasta con el destino de Marcelo, el protagonista del bucle que abre el volumen.

A diferencia del coya, Marcelo, un hombre bien posicionado que acaba en un manicomio por las intrigas de su propia familia, es un representante de esa misma cronología hegemónica. Lo es a tal punto que la pesadilla, en este caso, es revelar su carácter circular: el hecho de que no lleve (como quizás prometía) a ninguna parte más que al mismo y eterno ciclo de usurpación y venganza.

Enmarcadas entre el bucle temporal del comienzo y los días sin tiempo del final, encontramos tres historias que, no siendo exactamente realistas, tensan la verosimilitud y crean un extrañamiento del tiempo cotidiano. Otras fisuras, otras huidas. La ternura más bien apacible de “Un pez naranja” y “Sacrificio” desemboca en la extravagancia de “La banda de los enanos”.

Un episodio tan peculiar e improbable, pero a la vez tan morbosamente verosímil, que cuesta no pensar que se inspira en un hecho real. Personalmente, no he podido comprobarlo, pero no acierto a encontrar otro modo de describir el efecto que me produjo su lectura. Otro modo sería asegurarles, simplemente, que es uno de los cuentos más divertidos que he leído en el último tiempo.

No es, por cierto, tarea fácil sobresalir en la escritura de relatos en una tradición como la argentina (llena de pesos pesados, desde Borges a Schweblin, pasando por Cortázar, di Benedetto, Saer y Aira). Hay algo -y no poco- de borgiano en los cuentos de Garriga, como quizás lo haya en todos los autores argentinos posteriores a 1980; como si Borges fuese el padre al que de una u otra forma hay que imitar, responder y por fin desafiar antes de emprender un camino propio, en el caso de que queden, todavía, caminos propios.

Sin caer en la grandilocuencia de proponer una senda nueva, Garriga acierta a mostrar grietas en el tejido del tiempo. Y lo hace con inteligencia, con hondura, también con humor. Puede ser un buen compañero mientras caminamos, como hacemos día a día, por los bordes del abismo.

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