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TRIBUNA

Sólo el amor mejor podría hacer mejor al amor

viernes 15 de mayo de 2026, 17:52h

Manosear infinitamente el amor conduce directamente a El Corte Inglés español, o al Palacio de Hierro mexicano, de donde saldremos palaciegos “totalmente palacio”, aunque las modas duren menos que una flatulencia anal. Uno tiene la sensación de que hablar de amor engorrina, incluso hablar del Dios Amor, en cuyo nombre, como dijera Martin Buber, se cometen diariamente crímenes horrendos de lesa humanidad. Aunque parezca contradictor io, hay amores malignos tan cargados de destructividad y de odio que harían estallar la tierra con su overkilling capacity. Requiem, pues, por el amor. Si eso es amor, resultaría indiscernible de todo punto respecto del desamor, pues hay amores que matan. Pero no por eso vamos a silenciar el amor, así que¸ si nos dan papel pautado, escribiremos por el otro lado. Me cansa ese amor cansino, valga la redundancia, pero no cruzaré los brazos porque si se calla el amor calla la vida.

Me encanta Platón, pero no el amor platónico, que no es amor, ni es platónico, sino en muchas ocasiones diabólico. Siempre le pareció mal a C.S. Lewis eso de que se debe odiar el pecado, pero no el pecador, hasta que un día descubrió que había una persona en el mundo con la que lo había practicado durante toda su vida, a saber, con él mismo. Ahí estamos. La voluntad recta es un amor bien dirigido, y la torcida un amor mal dirigido; amor, alegría, temor y tristeza son malas si el amor es malo, buenas, si bueno. No es de buena ley un amor que sólo quiere para sí y a costa tuya, pero hasta las formas más desvirtuadas pueden ser recuperadas porque en toda energía existe su correspondiente posibilidad de sanación y mejora en la raíz. Verdad es que quien sólo vive para sí está muerto para los demás, e incluso para sí mismo, pero no menos verdad es que inclusouna energía centrípeta no deja por ello de ser una energía de intensa vibración. Del amor al odio y viceversa hay un paso.

Amor y odio, dos manifestaciones de una misma energía básica antitéticamente orientada, rigen el mundo. Mal orientado es odio, orientado en la dirección adecuada es amor, y sus efectos resultan benéficos. De la fuente de los afectos desordenados nace el río de los efectos incontrolados. Ciertos corazones se parecen a una botella llena expuesta al sol y rodeada de un trapo helado: el trapo se pone caliente, el interior de la botella helado. Al amor de ese corazón desordenado se le llama -con expresión en desuso- amor de concupiscencia, y de él escribe santo Tomás: “al bien se le tiene amor de concupiscencia, mientras que a la persona para quien se quiere ese bien se le tiene amor de amistad. Lo que se ama con amor de amistad es amado de manera absoluta y directa, mientras que lo que se ama con amor de concupiscencia lo es de manera relativa e indirecta, es decir, en orden a otro”. Concupiscente es tomar al otro como un medio y no como fin, y se afirma como deseo de lo otro del otro, no como cuidado del otro mismo, por eso “te ama menos quien contigo ama otras cosas quien te sustituye por otras cosas, o te comparte a la vez con el deseo de cosas”. Cuando esa concupiscencia es compartida no hace buena la concupiscencia de uno, sino que la aumenta; si el amor no es el egoísmo de uno solo, menos aún puede serlo el egoísmo de dos. Por el contrario, el amor de benevolencia es el personal, pues no puede ser humano lo impersonal. Si toda concupiscencia es la antítesis del amor, entonces la mejoría en el amor se traducirá en disminución de la concupiscencia; a mayor deseo concupiscente menor amor. Frente al concupiscente, el benevolente quiere bien, por eso no sólo dice “te deseo como un bien”, sino también “deseo tu bien”, plenitud de ser y de bien.

Para convivir humanamente con una persona hay que amarla, un cabello en la sopa nos disgusta, aunque sea de la persona amada, un imprevisto insignificante es capaz de alabear al amor, así que para mantenerlo vivo en su máxima plenitud deberíamos esforzarnos por corregir sus malas artes cotidianas. El amor es la preocupación activa por el crecimiento de quien amamos; si al amado no aconsejas o corriges, terminarás detestándolo, amar invita a señalar los defectos de quienes se ama ayudando a que los superen: el amor es una planta de primavera que todo lo perfuma con su esperanza, incluso las ruinas por donde trepa y se agarra.

Porque amar significa también convivir con la propia inidentidad -con las propias deficiencias- no para santificarlas porque sean las nuestras, las mías, sino agradeciendo activamente la benevolente crítica de quienes nos corrigen para que podamos superarlas y co/regirlas, entonces estaremos en la senda correcta. No resulta fácil, dada la excesiva cercanía de los actos de uno mismo con respecto de su propio yo.

Cuando se ama, ¿se ama simplemente, mientras todo lo demás sigue su curso como si nada pasara? Amar significa comprender; pero el comprender puede suponer mayor debilidad a la hora de tomar postura, ¿no podría esto llevarnos a ser más o menos condescendientes con la injusticia?, ¿no es verdad que el amor ablanda la firmeza de los principios y del carácter? La virtud en sí misma no ofrece dudas, pero, en cuanto se halla inmersa en el entramado de los afectos, aparece rodeada de un vapor de dificultades. El esfuerzo de quien ama de verdad está dirigido al amor, el de quien imagina que ama al egoísmo.

Históricamente, si para Homero el paradigma de excelencia, la fuerza física, se encarnaba en el guerrero, y para Aristóteles en la amistad de ciudadano, en nuestros días el utilitarismo prefiere la pulcritud vacía y el afán de lucro. En el cristianismo el amor de caritas, la caridad, siempre fue la máxima virtud: “amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os maltraten. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Y lo que queráis que los hombres os hagan, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a quienes los aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡también los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? ¡también los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente! Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos”. Debemos a san Agustín la mejor formulación de virtud en general, que no por casualidad coincide con la definición de la específica del amor: “el mismo amor que nos hace amar bien lo que debe ser amado, debe ser amado también ordenadamente, a fin de que podamos tener la virtud por la que es un exclusivo bien. Por eso es orden del amor, ordo amoris. Aunque según Aristóteles los elementos naturales tienen un ordo o lugar natural diferente hacia el cual tienden de suyo, en san Agustín hay en toda alma humana “un peso que la arrastra constantemente, que la mueve continuamente a buscar el lugar natural de su reposo: es el amor”.

Del amor sale el orden radical más exigente, porque sólo descansa en el amor. Lo que no es amor es desorden establecido o que trata de establecerse, cochina hipocresía. El orden de la paz absoluta procede de un orden verdadero, y justicia y paz son besadas por el ósculo del amor, iustitia et pax osculatae sunt. El orden de la ciudad terrena es tanto más perfecto cuanto más similar al de la ciudad de Dios, porque en el amor perfecto no existe discordia ni desigualdad entre las virtudes, en la medida en que todas ellas se entregan por igual a Dios, y entonces todas las virtudes humanas estarán gobernadas por el amor: en todas las cosas caridad, in omnibus caritas. Si de alguna virtud faltara la caridad faltaría la virtud. Virtud sin caridad sería una mentira.

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