Cuenta Gerardo Mendive: “pasé la mañana del día de San Jorge en Reus, buscando libros en el mercadillo del Paseo Prim. Compré un libro precioso: un álbum de más de un centenar de extraordinarias fotografías, El Japón a la vista, que un tal don R.B. hizo en su viaje a dicho país el año 1903. El libro, que se publicó en Barcelona al año siguiente, tenía una preciosa encuadernación en media piel roja, estaba en tan buen estado que parecía recién editado y el precio era escandalosamente bajo. Llegué con él a casa tan contento, y cuando enseñé el libro a mi mujer me respondió con fina ironía: ‘ah, qué bien, ahora también nos interesa Japón: hemos abierto un nuevo frente’. Ya no tuve valor de mostrarle otro de los libros que había comprado”. Bien se hubiera merecido la buena señora esta respuesta: “a este paso voy a tener que irme de la casa, pero si no regreso, te vas de monja”. Ante tan gran amenaza ella hubiera permanecido gustosa esperándole.
En su día, los lectores terminaban las frases de Proust antes de que él acabara de escribirlas; a mí, por razones no tan felices, apenas las empiezo. Sin embargo, a mí no me entusiasmaría ser famoso con cada obra que publico, sino incluso con cada día que no publicara, eso sería una fama consolidada incondicionalmente, como le ocurre a mi admirado amigo Gabriel Zaid en México. De todos modos, pocos leen, al menos a mí. Nadie lee porque todo el mundo escribe su corta y pega, como en la gran mayoría de las tesis doctorales: un cameo o intervención corta para salir cuanto antes por el foro.
De lo que no puedo quejarme es de escribir prólogos. He prologado tantos libros, que ya me los piden con la extensión de libro. Bien merezco que ahora entre todos los prologados escriban al prologuista un libro compuesto sólo por prólogos. Claro que no he llegado aún a la altura de Rafael Alberti, el cual tenía un letrero en la puerta de su casa que decía: “no se hacen prólogos”. Por continuar este hilo, sí que me ha ocurrido más de una vez lo que a Pablo Neruda y Federico García Lorca, los cuales fueron invitados a dar una conferencia en un pueblo, pero en la estación del ferrocarril nadie les recibió. Los pobladores les dijeron que habían ido, pero no los reconocieron porque esperaban que fueran vestidos como poetas. Lorca, con su alegría andaluza, les dijo: “es que somos de la poesía secreta”.
A veces hablan bien de uno, pero nunca se sabe con qué intenciones. Mariano de Cavia escribió de Arniches: “a mis manos ha llegado/ recién publicado un verso/ no malo: algo más, per-verso/ y en él me vi retratado./ Como me elogia, el rubor/ háceme ser generoso./ En acróstico ripioso/ saludo al ignoto autor”. A mí se me hizo una vez un panegírico tan descomunal, que lo reproduzco para darles pena: “lo tuyo es la utopía venidera,/ la antorcha de Mounier tú has sostenido;/ tu libro –la persona- has ofrecido,/ ¡inmenso es tu legado y tu solera!/ Un roble enhiesto y ya octogenario,/ filósofo anarquista, apóstol llano;/ tus huellas de virtudes, relicario./ Rostro y rastro tu eterna lozanía,/ un corazón, ‘razón cordial’ de hermano/ ¡franciscana tu siembra de alegría!”. Santiago Bordamalo, Colombia, 1 de noviembre de 2025. En el libro del Génesis cada ser humano aparece como ha-’adam (rojizo como la arcilla), nombre genérico común en lengua hebrea; yo con esta loa me he quedado oro y gualda. Y guardo copia de copias.
Como contrapunto, a veces me han arrojado de todo, y hasta una vez me ofrecieron literalmente “tres meses de escayola” los anarquistas enfadados conmigo en la calle Libertad, pero desde entonces he quedado atento a Marco Aurelio: “¿es amargo el pepino? Tíralo. ¿Hay zarzas en el camino? Evítalas. Esto es suficiente. No añadas: ‘¿por qué hay estas cosas en el mundo?’. Mi empatía hacia uno de los que antes presumían de anarcos es tanta, que reproduzco su sabio consejo: “borrar la imaginación, reprimir el impulso, apagar el deseo, mantener el autocontrol. ¡Acostúmbrate a lo que te cueste!” . De todos modos, hay experiencias a las que nunca me he acostumbrado todavía, ahí va una de ellas. En la universidad cántabra de Menéndez Pelayo fui invitado tras mi conferencia a una sala de baile donde cometí el error de quedarme de pie al lado de un bafle más alto que yo, e incluso mucho más gordo, si cabe. El espantoso ruido me secó todas las ideas; sordo a la vida impide pensarla y vivirla. Por si fuera poco, uno está ya aburrido de este tipo de diálogos: “-¿A qué vas? -A dar una conferencia. -¿Y de qué vas a hablar, de lo de siempre?”. Más o menos vengo contraatacando últimamente así: “- Bueno, me voy. -¿Y por qué te vas? -Es que ya acabé de estar”. Son gauchadas que no se cobran, pero que casi siempre se pagan.
Tengo cosas que estudiar y a estas alturas ya no está uno para perder el tiempo. Ahora colaboro como doctor ayudante de clases prácticas en un Think-tank o laboratorio de ideas en una ontología de la patria titulada Make America Great Again. El arte no está para crear necesidades, sino para servirlas; en arte se hace lo que se puede, pero hay que proponerse lo que se debe metiendo fierro. Imposible introducir el sufragio universal en la literatura, no todo vale. Don Quijote jamás pronunció la más famosa de sus frases, “ladran, Sancho, señal que cabalgamos”. ¿Qué anónimo lector habrá sido el autor? Pese a todo, y después de Larra, para mí es arte aquello que me hace llorar.
No tengo ni suerte ni éxito, voy lampando con mi áurea mediocridad: me está prohibido triunfar, pero también me está prohibido fracasar. En esa cofradía pedagógica de los profesaurios acabamos de fundar nuestro lema: o todos coludos, o todos rabones, éntrale, Matías, que de eso no hay todos los días. De cualquier modo, no tengo claro si la censura es la madre de la metáfora, o la metáfora la madre de la censura, más bien creo que se trata de una causalidad recíproca o de una perplejidad similar a la del ‘estamos tristes porque lloramos o lloramos porque tristes’. Falafús, parlapuñaos: a mucho hablar, mucho errar. Camarón que se duerme aparece en el coctel.
Y el resto, ya se sabe: insultos legtifóbicos, lucha de ombligos porque devorar la vida es enseñar los ombligos, la civilización termina donde comienza la carne asada. Unos se van a Acapulco, pero la mayoría tiene que quedarse correteando la chuleta. De todos modos, no hay que preocuparse de la comienda, pronto olvidarás todo y pronto serás olvidado por todos y todas. Quien se preocupa por su fama póstuma olvida que quienes le recuerdan también morirán pronto, e incluso sus nietos.
Tampoco es para tanto, ya lo dijo Darwin: en cuanto los bandidos se convierten en becarios, pierden mucho encanto munerario y numerario. Antaño se denominaba peseteros a los empleados municipales cuyo sueldo era de una peseta diaria, y más o menos seguimos en ello, especialmente si traducimos algún libro difícil de un idioma no fácil, pero nos encanta. No nos gusta obtener el condumio con el arma empuñada, sino con la mano en el sombrero. Al fin y al cabo, el estado de bienestar son los padres, y sólo apreciamos la grandeza de la patria cuando hacemos un viajecito en sus bicicletas.
Voy concluyendo. Cuando estalló la Guerra Civil española hubo muchos valientes que se echaron al monte, pero los más despabilados se apresuraron a adquirir víveres para muchos días porque a lo mejor aquello se prolongaba. Tampoco la caridad se notó demasiado en algunos. Un día el jesuítico conde de Romanones -que no se llevaba extraordinariamente bien con su padre- salía de una discusión con éste. En la calle, un mendigo le pidió limosna diciéndole: “apiádese de este pobre huérfano”, y Romanones le contestó: “pero ¡cómo es posible que sea usted huérfano y sin embargo se queje!”.