Su Santidad el Papa ha publicado su primera encíclica, Magnifica Humanitas, con el revuelo conducente por tratar un tema de palpitante actualidad. La Inteligencia Artificial (IA). No nos sorprenda que la aborde, porque la Santa Sede cuenta con un extenso equipo de dicasterios y comisiones que monitorean, pulsan el devenir del mundo entero y se hace presente fijando posicionamientos y, las más de la veces, documentados, fundamentados y dispuestos a marcar la senda del pensamiento moderno. Con argumento. Lo consigan, o no. La estructura eclesiástica romana es harto compleja y de suyo, sumamente interesante y entregada a la observación, el estudio y el análisis de un sinfín de asuntos y de nuevo lo ha demostrado con un texto extenso que posee grandes merecimientos.
El nombre de tal considero que bien alude a la idea legítima de la Humanidad por encima de todo, lo magno, como hechura divina, guiada por la divinidad cual su creación y expresión genuina de comunión entre Dios y el Hombre. Estamos llamados a resguardarla, advierte el romano pontífice. Humanidad es condición.
No extraña, en consecuencia, que hayan participado en su elaboración, tanto la Secretaría de Estado, así como el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y el Dicasterio para la Doctrina del Fe, componentes de particular significación y relevante aporte y conducción del contenido definitivo.
Magnifica Humanitas plantea no una condena a la IA ni mucho menos, una renuncia a ella. Advierte, en cambio, su deshumanización manipulada, su neutralidad inexistente obedeciendo a los criterios morales (suponiendo se tengan) de sus creadores y, por lo tanto, es sesgada y orientada a determinados fines, que no son cristianos si los valoramos como desapegados con los componentes de la llamada Doctrina Social de la Iglesia. Y plantea sin ambages ni falsos pudores, que tal sea desarmada de ingredientes subyacentes que la dirigen a la guerra –vista cada vez más como opción legítima– y la inagotable explotación económica bajo la premisa de adquisición insaciable de tecnología supeditada a una acendrada idea de unos pocos, de favorecer una cultura de exclusión o del descarte sostenida desde la IA, adrede y sin control. Eso es lo condenable de aquella.
Déjeme retrotraerme. De siempre, tras de leerlo me impactó que san Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio (Fe y Razón, 1998) advirtió que en el siglo XXI el Hombre o recuperaba su humanidad o se perdería a sí mismo en definitiva. León XIV a mayor abundamiento, precisa tres cosas: qué es ser Humano –de tal reflexión, el nombre de la encíclica– qué es la tecnología y qué es la IA. Nada que edifique sin la guía y la inspiración divina, fructificará. La tecnología es útil, más no puede perder al Hombre, hacerlo creer superior ni debe impedir que se preserve la humanidad de la persona, creación divina dotada de conciencia que lo perfila y delinea suministrándole un halo que le permite discernir. La IA carece de tal. No hay obviedades, es artificial, sorprendente, pero no superior al espíritu humano.
La encíclica entiende a la IA, deje usted lo artificial, como una trampa si suplantara el discernimiento y/o el quehacer humano –con su libre albedrío [fuente de gozo y de nexo con Dios] como su expresión, acaso, más genuina– y, creyéndola superior o sustituta ideal, atentando contra la idea de convivencia, de interacción humana, creyéndola, además, sucedanea, perfecto sustituto o, de plano, por encima del entendimiento y la capacidad propia del Hombre, de la que estamos dotados las personas. Delegar en ella es renunciar, quiérase que no, a todo ese bagage citado. Y hacerlo nos supedita a intereses no tan claros ni benéficos.
Cabe acotar que el texto alude a muchos más temas y pone el acento en la complejidad del mundo de hoy con diversos desafíos. No crea que solo habla de IA. Erosión democrática, la guerra como opción, la idolatría del lucro, la cultura del poder, nuevas esclavitudes, la fuerza económica de vasallaje descarnada y hasta cita la expresión “Sur global”. Condena el control algorítmico y tecnológico total y en unas cuantas manos, oponiéndose en pro de la dignidad humana atropellada.
Ahora bien, si lo humano supone comunión con la divinidad, el Papa, apunta: “qué significa custodiar lo humano. El riesgo no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo. Cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión.”
“En realidad, absolutizar una sola dimensión del ser humano es siempre erróneo”.
Propone León XIV: “Así, la inteligencia, si se absolutiza, termina por velar otras dimensiones esenciales de la vida: el afecto, la voluntad, la entrega y la relación. El poder técnico, si no se equilibra, no nos hace más capaces; nos aísla, y nos expone aún más a lógicas de dominio y de exclusión. No se trata ciertamente de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana.”
“La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función.”
Y hace una advertencia que esclarece corrientes del pensamiento que trastocan la condición humana y su capacidad de reconocerse en sí misma: “El transhumanismo y el posthumanismo comprenden en su interior una pluralidad de corrientes y sensibilidades, y resulta difícil hacer una descripción unívoca de ellas. Pueden ser comparadas con un archipiélago de islas conceptuales diferentes, pero unidas por el mismo mar de presupuestos: la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana. En general, el transhumanismo imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías —biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos—, con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, sobre todo en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva. Aun cuando estas hipótesis siguen siendo en gran parte especulativas, van adquiriendo relevancia, porque modifican el imaginario colectivo y, en consecuencia, orientan las decisiones sociales, económicas y políticas.” En otro punto acierta: “El límite, el corazón, la grandeza del ser humano […]”.
El sumo pontífice señala: “El punto crítico, a la luz de la Doctrina social de la Iglesia, no es el uso de la técnica en cuanto tal, sino la visión que allí subyace; si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, entonces se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie. La ya mencionada advertencia de san Pablo VI sigue siendo una gran intuición: realmente las conquistas de la ciencia y de la técnica, desvinculadas del progreso moral y social, terminan por volverse contra el hombre. Por ello es necesario distinguir con claridad: una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una “salvación” puramente técnica”. Y alerta sobre la reducción de la memoria histórica como otra meta.
Cierro con estas palabras: “Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite” —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo”.