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Mundial de fútbol en un México caótico

Carlos Ramírez
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carlosramirezhhotmailcom/14/14/22
miércoles 10 de junio de 2026, 20:11h

Si se quiere conocer en una sola micro anécdota la dimensión del problema que representó para la nueva clase política gubernamental lopezobradorista el mundial de futbol, hay una historia ilustrativa: la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, entró en un apasionamiento por los ajolotes --esos pequeños animales que viven en el agua-- y pintó prácticamente toda la ciudad de un color morado con cabezas de ajolotes, pero se percató de manera tardía que no podía modificar restricciones legales con los colores de alerta amarilla y apenas terminando con el morado tuvo que repintar con el amarillo.

Y la anécdota termina con el secretario de gobierno de la capital de la República --segundo en la autoridad gubernamental local--, César Cravioto: apareció en un video vistiendo el color del partido Morena y recomendando a los críticos de la pintura morada que tomaran un jarabe para la tos, Ajolotius, aunque la anécdota es muy mexicana: aquí se dice “no la hagas de tos” a quien reclama que no solucionen sus problemas.

Ahí se hundió la expectativa y los alcances del efecto interno del mundial de fútbol en la vida política cotidiana de México. Y por si fuera poco, desde un mes antes de la inauguración este jueves 11 de junio, la capital de la República se ha visto paralizada por las protestas diarias de todos los grupos conocidos que no encuentran canales de atención gubernamental y sólo tienen la confrontación callejera como vía de queja: maestros disidentes, madres de hijos desaparecidos que han sido desdeñadas por los poderes legales y múltiples grupos que representan expedientes abiertos con el gobierno, e inclusive los dueños de palcos del estadio Azteca capitalino a los que le prohibieron llevar comidas y bebidas a los partidos para que adquieran por obligación las que vende la FIFA y por supuesto a precios estratosféricos.

Y para agregarle espíritu anecdótico tercermundista, el gobierno federal decidió por ley suspender actividades públicas y clases escolares durante los días de los juegos, aunque en tres plazas mexicanas solo habrá trece partidos y solo uno hasta cuartos de final.

Como si fuéramos un país tercermundista --y a lo mejor nos están recordando que sí lo somos--, la argumentación gubernamental puede interpretarse hasta picaresca: el día de la inauguración del mundial no habrá clases escolares ni labores en centros de trabajo para que la afición futbolera visitante –dice la explicación oficial, y juro que así lo argumentaron—pueda “disfrutar a las calles de la capital de la República” sin actividades escolares o de labores cotidianas, aunque en la realidad sólo están reconociendo que la gestión urbana será ingobernable.

El problema es que al suspender clases y obligar al llamado home office o trabajo en casa, la decisión gubernamental va a generar micro conflictos en el hogar con madres de familia teniendo que atender sus labores cotidianas y a niños y maridos, y van a estar generando conflictos --arrebatándole el concepto a Enzensberger-- de pequeñas guerras civiles moleculares en cada seno familiar.

Miles de pequeños problemas han estado incrementando el clima de enojo popular por la ambición de la FIFA y del Gobierno mexicano de cobrar por servicios de transmisión, aunque el país anfitrión recibirá un porcentaje de todo lo que cobre la organización del fútbol. Y hay un detalle que está indignando al comercio en pequeño: el cobro de 25,000 pesos --1,250 euros-- por cada televisión en restaurantes, cocinas económicas y hasta en puestos ambulantes de comida, con la amenaza de que miles de inspectores recorrerán las ciudades para clausurar a quienes estén conectados a cadenas televisivas y transmitiendo los juegos sin permiso oficial. Y estamos hablando hasta de puestos en la calle que venden alimentos y siempre tienen una pequeña televisión siempre encendida.

Nunca se había visto en transmisiones de mundiales de fútbol tanto abuso de las FIFA en modo del señor Scrooge, esa la tipología de personaje explotador en préstamos bajos de la novela clásica de Charles Dickens, Una canción de Navidad. En el caso de los restaurantes, ya desde ahora se percibe la corrupción de inspectores que cobrarán en negro y en efectivo una pequeña cuota para permitir el número de televisiones que se necesite, pero con la circunstancia agravante de que el pago oficial a la FIFA o la corrupción --mordida, se le llama en México, porque muerden la parte del presupuesto que no se paga a la autoridad—de todos modos afectará los precios al consumidor. Y desde ahora se prevé que la venta de alimentos esté ya perfilando aumentos abusivos de precios a los alimentos para trasladar al comensal las comisiones oficiales o de corrupción, porque en la cadena de la corrupción siempre paga el ciudadano.

Así que para millones de mexicanos el mundial de futbol no será una fiesta, sino un caos personal, familiar, infantil, educativo, urbano y de todos modos caótico en las calles. Y para colmo no se espera que la selección de México haga un buen papel.

Carlos Ramírez

Maestro en Ciencias Políticas

Periodista, Maestro en Ciencias Políticas, columnista político desde 1990, director del Centro de Estudios Políticos y de Seguridad Nacional S.C., director del portal indicadorpolitico.mx

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