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TRIBUNA

La toma de Tenochtitlán

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 12 de junio de 2026, 18:46h

Ahora que se intenta construir una cosmoética ante la inminente exploración espacial, puesta en movimiento, entre otras cosas, por las fantasías infantiles de Elon Musk, a partir de las grandes hazañas de ética universal de la Escuela de Salamanca, elogiada tan bellamente por el gran León XIV, tenemos que decir con soturno realismo que aquella filosofía moral, aquel santo humanismo cristiano, no pudo impedir las numerosas masacres sistemáticas del indio americano y el exterminio de etnias enteras llevadas a cabo por españoles, ni es de prever que la mencionada cosmoética pueda proteger tampoco ninguna vida extraterrestre, en el supuesto de que exista. La codicia del hombre poderoso siempre ha sido más fuerte que cualquier filosofía moral humanitaria, aunque ésta se despliegue soberbia como bandera en las épocas de calma chicha.

Al final de su segunda carta-relación al emperador Carlos V, como un añadido escrito un año después, Hernán Cortés, buen lector en las aulas de Salamanca de Flavio Josefo, confiesa con toda ardiente satisfacción criminal: “Los españoles habían tomado por fuerza la grande ciudad de Tenochtitlán, en la cual murieron más indios que en Jerusalén judíos en la destrucción que hizo Vespasiano”. Por un lado, vemos el orgullo propio de un criminal de guerra y, por otra parte, coloca a los indios en la categoría de judíos – terrible categoría para la España de la época -, tipo de herejes cuya desviación de lo estrictamente católico justifica su exterminio o esclavitud.

Después de la huida de Tenochtitlán de aquellos conquistadores asesinos, rebeldes a la jerarquía militar de la propia España, restablecidas las heridas de los soldados de Cortés mediante el descanso y el reposo, y aprovechando la epidemia de viruela, traída por los españoles, que en el otoño de 1520 mató acerca de 50.000 indios, entre ellos al hermano y sucesor de Moctezuma, Cuitlahuac, que sería sucedido por Cuauhtemoc, sobrino de Moctezuma y casado con una hija de éste, Hernán Cortés comenzó a preparar la venganza. “No solamente se habían rebelado contra vuestra majestad, mas aún nos habían muerto muchos hombres deudos y amigos nuestros, y nos habían echado fuera de toda su tierra”. Al menos el conquistador de Medellín reconocía que aquella tierra era “suya”. “Todos eran dignos de muerte por haber muerto cristianos”. Lo primero que hizo fue construir trece bergantines con ayuda de los indios de Tascaltecal, dirigidos por dos buenos maestros carpinteros, y que llevarían a hombros por piezas a través de la selva cerca de ocho mil indios hasta las lagunas en donde se encontraba Tenochtitlán, con objeto de sitiarla. La ciudad de Texcoco fue elegida como base naval para la puesta a flote de los bergantines. Por otro lado, utilizó el odio común que tenían contra Culhua mexica dos pueblos que también se odiaban, los tascaltecas y los chalcas, para destruir Tenochtitlán. Algunos historiadores del Ejército, bien documentados, afirman que en esta campaña siguió Cortés el modelo de la conquista del reino nazarita de Granada, llevado a cabo por el rey don Fernando el Católico. Y es que no hay que olvidar nunca que la conquista de América fue la continuación de la Reconquista, y que fue llevada a cabo por la misma ideología y mundivisión nacionales. Hasta el mismo grito de ataque era siempre “Por el Señor Santiago”. Para ir haciendo boca a sus guerreros destruyó por sorpresa la gran ciudad de Iztapalapa, que se encontraba en el camino, y el mismo Cortés nos informa de que murieron en ella más de siete mil ánimas entre hombres, mujeres y niños. “Todos eran dignos de muerte por haber muerto tantos cristianos”. La misma devastación perpetraron en la ciudad de Tesuico. En Acapichtla fue tanta la matanza de indios grandes y pequeños que Cortés afirma que un río que rodeaba aquel pueblo por más de una hora fue teñido en sangre, lo que estorbó beber a los españoles a pesar del calor. El terror a España, extendido por las selvas, hizo que se juntasen a Cortés más de cuarenta mil hombres como forma de salvar la vida. En las siguientes ciudades que entraban los españoles en su camino a Tenochtitlán se las encontraban totalmente vacías. Los indios habían visto cómo se las gastaban aquellas gentes tan cristianas. Los pocos españoles que morían casi siempre les acontecía ello porque se separaban del grupo para robar o violar.

La estrategia de Cortés, dejar aislada Tenochtitlán, se basaba en una verdadera operación anfibia. A tales efectos dividió sus fuerzas en tres columnas: la primera, situada en Tacuba, al mando de Alvarado; la segunda al de Cristóbal de Olid, su maestre de campo, teniendo la calzada de Coyoacan como eje del ataque; la tercera al mando de Sandoval, el menos criminal de sus capitanes, debía penetrar en la calzada de Iztapalapan, hasta encontrarse con Olid para dar el ataque final. El propio Cortés mandaba los trece bergantines. Contaba con 90 jinetes, 120 ballesteros, 140 escopeteros, 800 peones de espada y rodela, tres cañones grandes, quince pequeños y diez quintales de pólvora. Además de cincuenta mil indios, cuyo jefe más importante era Chichimecatecle. La primera fase fue un ataque combinado de Sandoval y Cortés para cortar el acueducto de Chapultepec, puesto que un objetivo clave fue impedir el avituallamiento de la ciudad, para conseguir que el sitio fuese lo más breve posible. El 1 de junio de 1521 fue conquistado el fuerte de Xoloc; el 10 de junio tuvo lugar el asalto al Templo Mayor; el 16 la destrucción del palacio de Axayacatl, y el 30 de junio el ataque del mercado y barrio de Tlatelolco. El 28 de julio, ante la heroica y tenaz defensa de los mexica, que obligaba a una conquista prácticamente de casa por casa, ordenó Cortés un ataque general, en el curso del cual fue hecho prisionero el propio Cortés durante dos días (¡!), y liberado – a costa de su propia vida – por Cristóbal de Olea. El 13 de agosto la lucha quedó reducida a un solo barrio, donde son reducidos los extenuados guerreros mexica. En un último y desesperado recurso se refugian en las canoas, en una de las cuales es aprisionado su líder Cuauhtemoc por el maestre García Holguín. El 13 de agosto culmina así la ardua operación de conquista de Tenochtitlán.

Se estima que 300.000 mexicas murieron durante el asedio de la ciudad. Hernán Cortés calculó que en combate directo morirían unos 70.000. El resto lo hizo el hambre, las enfermedades y el exterminio de los vencidos. La caída de la Tenochtitlán supuso el desplome demográfico del indio mexica, objetivo buscado por Cortés, puesto que el indio mexica, por su sentido del honor nacional, del valor y la dignidad, era el mayor obstáculo que existía para la total sumisión y esclavitud de Méjico. “Todos eran dignos de muerte por haber muerto tantos cristianos”. Las masacres de Hernán Cortés sirvieron para seleccionar la raza mejicana, creando así una etnia cuyo mapa genético fuera más propenso a la obediencia y el sometimiento que al valor y a la dignidad propia del hombre, si bien la naturaleza mejicana, en defensa de ella misma, ha sabido dar honorables bravos como Emiliano Zapata, Francisco Ignacio Madero o Lázaro Cárdenas, que ayudó a nuestra martirizada República y mostró la generosidad propia del pueblo mejicano con nuestros exiliados. ¡Viva Méjico!

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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