La concesión del premio Cervantes a Gonzalo Celorio en 2025 ha prestado ocasión para volver a estimular el interés por la obra de este narrador y ensayista mexicano. Tusquets reedita, en este contexto, su primera novela, Amor propio, publicada originalmente en 1991, y a la que seguiría la extensa construcción de una obra centrada en la experiencia, el testimonio y una memoria enraizada en la ciudad de México.
Es probable, como dicen las malas lenguas, que esta edición del premio venga a poner unos diplomáticos paños fríos en las relaciones entre México y España, algo tensas desde que López Obrador exhortara al rey (en una misiva de la que solo parece recordarse, para bien de la polémica tertuliana, esta parte) a pedir perdón por los abusos cometidos durante la Conquista. Si bien Celorio, que ha declarado extemporánea y absurda esta petición, puede considerarse un representante de la hispanidad, no aboga, sin embargo, por una idea simplista de ella que halague los mitos nacionalistas de aquí o acullá, sino por la que se hace cargo de la complejidad de nuestra herencia cultural compartida. Desde ella puede florecer acaso, sin ingenuidades, sin concesiones vacuas, el proyecto de una identidad.
Y es que en Amor propio ya se alumbra con toda su fuerza una narrativa que acoge la identidad como su principal objeto de indagación, frente a la que no se apuesta por un enfoque abstracto o estetizante, sino por una voz que lo da todo por zambullirse en el flujo del tiempo.
Nuestra novela se divide en tres partes: Moncho, Ramón y Aguilar, tres maneras de nombrar al mismo (pero ¿es el mismo?) individuo en tres fases distintas de su vida: adolescencia, juventud y adultez. Como los grandes autores de la memoria del yo, desde Proust a Knausgård -también como “Funes el memorioso”-, Celorio funda su relato en una desconfianza hacia la capacidad de los nombres para sintetizar la heterogeneidad de la experiencia bajo la insultante brocha gorda de un mismo vocablo. Una Bildungsroman que renuncia a cualquier teleologismo; que en lugar de preguntar cómo llegué a ser yo, observa con vértigo gozoso la difuminación del yo en el tiempo. Y hasta aquí la metafísica, que, como digo, está lejos de ser la marca identitaria del estilo de Celorio, sobre el cual diré algo más en unos momentos.
La generación de Celorio -y de Moncho, y de Ramón (Aguilar)- es la de una juventud que cultivó sus intereses literarios e intelectuales bajo la sombra de los eventos del 68 mexicano, menos recordados, pero bastante más sangrientos que los de su homólogo francés. El individuo se llama primero Moncho, forma a la vez cariñosa y paternalista que enajena la identidad de un escritor en ciernes bajo el yugo infantilizador de una familia de convicciones conformistas y conservadoras. Solo una vez que Moncho consiga desafiar el clima de opinión familiar, que despacha todo el sudor del movimiento estudiantil en el apelativo de “fascinerosos disfrazados de estudiantes” (otra vez los nombres), podrá llevar su nombre propio: Ramón. Irse de casa, vivir a su modo, amar a su manera.
La segunda parte de la novela es quizás la más atractiva. No es fácil que la prosa consiga captar el ritmo vibrante de las experiencias de un veinteañero, en especial si ese veinteañero vive a comienzos de los años setenta en el DF y tiene, junto a sus compañeros de viaje, la firme convicción de que el mundo es suficientemente ancho como para abrigar otra vida, original y propia, siempre que dejemos de mirarlo con los ojos de la venerable rutina (“…siempre es más fácil que hable, por uno, el código establecido que uno mismo”, se dirá Ramón). Y tienen una vanguardia (en sentido estético, pero también cuasibélico) de su parte. Tardes de mariguana y cubalibres por donde circulan, como vívido atrezo, The Doors, Cortázar, Virgilio Piñera, Paradiso y el amor libre, o al menos el intento de liberarlo mientras los veinteañeros se cuestionan en qué medida serán capaces de amar fuera de los códigos morales de una sociedad que, a la vez que defiende los valores del matrimonio tradicional, perpetra la masacre de Tlatelolco.
El estilo de Celorio consigue hacer justicia a esta pulsión vital. En parte, el truco es dejar que la oralidad permee la voz del narrador, de una forma sutil pero consistente. La oralidad, con sus me cai que, sus chinga tu madre, sus breves desbordes de los diques que impone la puntuación, se niega a subordinarse a un narrador que sea testigo de los hechos desde una perspectiva superior a ellos, cómoda, segura, torpemente culta. La voz narrativa, que no es la voz de un veinteañero idealista, sino la de un hombre enamorado de las palabras, se antoja alojada en una cámara compacta suspendida en el torrente de la conversación, dejándose arrastrar por ella mientras le concede unos años más de vida al plasmarla en el texto. No se hagan ustedes ilusiones, en verdad no es ningún truco. Es una feliz combinación, nada fácil, nada trivial, de cultura literaria y apertura a la experiencia.
Pero a Ramón, aun en esos años de euforia y emancipación, “se le había ido filtrando en el alma la humedad de la decepción”. Si Moncho enajena al individuo porque lo subordina y empequeñece, el apellido, Aguilar, lo descentra, le usurpa el protagonismo de su propio tiempo. El apellido nos recuerda las raíces donde queríamos ver únicamente pies descalzos, listos para emprender la retirada.
Si en la segunda parte se nos narraba con ironía la unión de Ramón con su novia Susana, en una “boda que no era boda”, un rito otro, liberado de la tradición cristiana-patriarcal-poscolonial, la tercera parte encuentra a Aguilar a punto de cumplir treinta, desencantado, demasiado consciente de que, en buenas cuentas, ni él ni sus compañeros estaban imbuidos del poder de liberarse del peso de su época. Aguilar es un hombre, falible como todos. “desconfía de los mayores de treinta años”, se reza a sí mismo con machacona insistencia, quizás, precisamente, porque ese hombre es el resultado de las decisiones de un chico persuadido de la eternidad de sus veinte.
Si durante su juventud el encuentro con una chica recuerda a Ramón la seductora insurrección verbal de Cortázar (eso de “apenas él le amalaba el noema…”), Aguilar se encuentra la noche que cumple sus treinta años, solo, oyendo en un bar de mala muerte a una banda de rumba soltar su propia insurgencia lingüística: “Di varí varí bencamá. Ves un canio suavasí como suavasí quisongo…”. Solo que esta no es la rebeldía algo snob (que tan prometedora parecía al veinteañero) de un hombre letrado dando rienda suelta a su imaginación en París, sino la divergencia obligada que el pueblo, separado de los destinos de sus élites, ha ido cultivando generación tras generación. “La rumba es cultura, qué se le va a hacer”. Aguilar, descentrado, otra vez pequeño, advierte el provincianismo histórico que hay en depositar expectativas desmesuradas en la agencia del presente. Aguza el oído para la rumba, la salsa, el bolero, y la sabiduría de los amores perdidos, “del pretérito como única forma de atrapar el presente”.
Amor propio, esa frase inquieta, llena de lecturas en disputa, que van desde el narcisismo hasta la posibilidad de un amor genuino (propiamente amor), nos invita a desentumecer la memoria y, con ello, desconfiar de cualquier noción de identidad que garantice su estabilidad a través del tiempo. Una estupenda entrada a la obra de Celorio, que recuerda por qué ha llegado a ocupar el lugar destacado que actualmente le corresponde en las letras hispanoamericanas.