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Mundial 2026. La realidad que preocupa a España y por qué hay que creer

Mundial 2026. La realidad que preocupa a España y por qué hay que creer
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(Foto: EFE)
sábado 20 de junio de 2026, 00:26h
El mal comienzo de la Copa del Mundo confirma las sospechas que cuestionan al seleccionador Luis de la Fuente.

La receta para proclamarse campeón de cualquier torneo incluye, en todas las ocasiones y como condición nuclear, haber conformado un equipo en el sentido más sólido y compacto del término. Lo sabe bien España, que vio cómo su etapa más pomposa (en la que encadenó dos Eurocopas y el Mundial de 2010) nació cuando Luis Aragonés encontró la estructura básica fundamental y clausuró las probaturas. En ese momento el 'Sabio de Hortaleza' se centró en localizar a los mejores complementos para dicha línea principal y nunca más abrió el casting. Hizo oídos sordos a las polémicas inherentes a esa determinación y la continuidad dio espacio para que brotasen los automatismos, la química y el funcionamiento colectivo necesario para optar al éxito. Y Vicente del Bosque ahondó en el proyecto redondeando la nómina con más piezas versátiles complementarias.

Construir un equipo fijo es, por tanto, la piedra angular de toda selección nacional. Aquellos que lo logran consiguen un tesoro: reproducir la dinámica que ocurre en los clubes (donde se dispone de mucho más tiempo para congraciar espíritus y coordinar cualidades). Por ende, se acercan siempre con más solidez y frecuencia hacia la gloria absoluta. Quienes quieran escudriñar en la historia la certeza de este principio universal comprobarán que hasta los combinados más creativos y artísticos de siempre, como el Brasil del 70 (con Pelé, Jairzinho, Rivellino, Tostao y Gerson), los Países Bajos que ascendieron a 'Naranja Mecánica' (con Johan Cruyff, Rob Ressenbrink, Johan Neeskens, Johnny Rep y Ruud Krol) o la Hungría de la década de los 50 (con Ferenc Puskas, Sándor Kocsis, Jószef Tóth o Zoltán Czibor), están sostenidos por la continuidad. Confirmarán que todo ese talento y aparente improvisación estaba apoyada en una política de convocatorias que favoreció el asentamiento de las ideas de sus entrenadores por medio de la consolidación de un grupo estable.

Esa es la lógica que lleva aplicando Luis de la Fuente desde que asumió el cargo de seleccionador de España. Curtido en las categorías inferiores del seleccionado nacional desde 2013, el técnico riojano conoce bien este secreto. Ha sido un espectador privilegiado de los efectos positivos de esta manera de trabajar y durante su mandato los resultados le han reforzado (la Eurocopa de 2024, la Liga de Naciones de 2023 y la asombrosa racha, todavía vigente, de 32 partidos seguidos sin conocer la derrota). En consecuencia se antoja complicado, hasta atrevido, cuestionar la legitimidad de sus decisiones a un seleccionador con semejante bagaje estadístico, que se ha subrayado como ganador y que aplica con rigor el abc que define este deporte para acceder a su Olimpo.

Pero si se ejecuta una radiografía de situación, asoman grietas que atienden a dos razones principales. El problema más enraizado que arrastra la selección española en su concentración en Chattanooga (Tennessee, Estados Unidos) es de carácter físico y se despliega en estos vectores: el de los lesionados y el de los que han terminado la temporada con la lengua fuera. A De la Fuente se le han atravesado, para colmo, dos ejes en su toma de decisiones durante la reflexión y el análisis previo al anuncio de la convocatoria. El primero es la obligación de mantener intacto el equipo alcanzado y el segundo se refiere al estado coyuntural de las piezas. En ese cruce de caminos el preparador ha sido fiel a la fórmula descrita y ha relativizado el presente futbolístico de la estructura básica. Y esa apuesta desembocó en un chispazo ruidoso en el debut ante Cabo Verde.

Sin embargo, aunque suene contradictorio el 0-0 padecido no puede ser categorizado como un cataclismo o una sorpresa sin precedentes. En primer lugar, por poner contexto, debido a que España sólo había ganado en uno de sus cuatro estrenos mundialistas precedentes (no en vano, en Sudáfrica comenzó peor, cayendo contra Suiza); y en segundo término, porque algunos de los pilares del esquema atraviesan, por diversos motivos, momentos anatómicos delicados. Veamos, Lamine Yamal y Nico Williams se incorporaron a la concentración lesionados, arrebatando el principal argumento de desborde exterior; Pedri, el cerebro de todo, ha vuelto a arribar al final de curso sin fuelle, victimizado por la exigencia abrasiva que le ordena cumplir Hansi Flick; y Rodri, el Balón de Oro y arquitecto indispensable, ha perdido la chispa desde que se lesionó de gravedad y dejó noqueado al Manchester City.

Este es el mayor de los condicionantes que nutren el petardazo inicial en esta Copa del Mundo. Sin embargo, todo eso se sabía de antemano. Al igual que se conocía que otros peones complementarios valiosos del entramado solidificado, como Mikel Merino, Fabián Ruiz o Gavi, iban a necesitar tiempo para crecer, pues venían de recuperarse de lesiones graves y de ausencias muy prolongadas que siegan el ritmo competitivo al más pintado. Y tampoco es novedoso que Martín Zubimendi ha sufrido tal bajón de rendimiento que perdió la titularidad en el Arsenal o que la irrupción atronadora del veloz Víctor Muñoz (un punzón añadido a última hora que ocupó el rol de velocidad pura que había quedado sin relleno) había sufrido una merma por unas molestias que le sacaron de circulación. Ese es el paisaje real con el que la selección nacional, la reina de Europa, viajó al Mundial. Compiten con un centro del campo y ataque excelentes, sin paragón, pero ajados.

El empate contra Irak en el último amistoso de preparación había dejado un aviso en el camino. Los asiáticos se plantaron atrás con intensidad y bravura, en un ejercicio de resistencia radical, y anunciaron el escenario con el que los españoles tendrán que torear en la mayoría de partidos que disputen en esta cita mundialista. Muy pocos rivales les van a tutear con valentía. El catenaccio va a constituir una y otra vez el desafío a batir. Un hecho, por cierto, también de sobra conocido. Es ahí donde la electricidad, la fluidez y la creatividad cobran una importancia trascendental. Es ahí donde se necesita la plenitud energética de los artistas, porque la clase no resplandece sin vigor en la élite del balompié.

En todo caso, no se razonable que se enciendan las alarmas, como se han apresurado a ponderar Merino, el seleccionador, Lamine y todo aquel de la delegación al que se le ha acercado un micrófono después de la decepción del pasado lunes. Nadie, ninguno de los aspirantes al título en este torneo dispone de tanta calidad en todas las líneas. Y el paso de los días juega a favor de aquellos que necesitan ganar ritmo competitivo, sanar del todo y tomarse un respiro. La realidad es que a poco que se enderece la parcela anatómica ese colectivo nutrido y cuajado en el último lustro volverá a volar. Porque la jerarquía técnica sigue ahí y no hay que desarrollar la alquimia para lograr una dinámica coral que asiente los automatismos. Ese trabajo ya está hecho. Asimismo, la juventud es una de las virtudes biológicas más potentes de este equipo. Y de la Fuente no es el único que ha confiado en su núcleo más allá de la coyuntura. Que le pregunten a Argentina, la otra gran favorita donde Lionel Scaloni ha citado a varios nombres que son de su confianza aunque estén recién salidos de lesión (Cristian 'Cuti' Romero) o hayan desplomado su juego en estos meses (Giuliano Simeone, Thiago Almada, Nico González, Gonzalo Montiel...).

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