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ORIENT EXPRESS

Un héroe checo

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 21 de junio de 2026, 19:49h

En Madrid Río, cerca del puente de Praga, que cruza el río Manzanares prolongando el paseo de Santa María de la Cabeza hacia Toledo, se alza un monumento que invita al paseante a detenerse. Un hombre con los brazos en cruz está rodeado de decenas -no, de cientos- de rostros humanos que se elevan en una ancha columna que él parece proteger colocándose delante (¿o quizás está entre ellos y son ellos quienes abrazan su recuerdo?).

El hombre a quien honra este monumento era checo y se llamaba František Suchý (1899–1982). No sé si él pasó alguna vez por España, pero España sí pasó por él, en cierto modo, cuando se trató de preservar los restos de sus hijos, de esos hijos de España que, después de luchar en una guerra fratricida, se enrolaron en los movimientos de resistencia antinazi en toda Europa. En efecto, la heroica historia de la resistencia checoslovaca contra los nazis -me pongo en pie para evocar a Jan Kubiš(1913-1942) y sus compañeros de la Operación Antropoide (1942)- es bien conocida gracias a la literatura y al cine. Fue ella quien acabó con el jerarca de mayor rango de toda la Europa ocupada.

Pero, a veces, el heroísmo no empuña ametralladoras, sino que elabora listas, conserva documentos y -a riego de la propia vida- preserva con dignidad los restos humanos que los criminales quieren hacer desaparecer. Esto hizo el hombre cuyos brazos se abren en Madrid Río y que el 21 de junio hubiese cumplido 127 años. Arquitecto de jardines, Suchý estuvo a cargo del crematorio de Strašnice, en Praga, desde 1932 hasta su detención en 1952. Conoció, pues, tanto la ocupación nazi como la soviética. Durante ambos periodos conservó en secreto y contra las órdenes recibidas la identidad y las cenizas de personas ejecutadas por ambos regímenes.

El crematorio de Strašnice se convirtió, durante el llamado Protectorado de Bohemia y Moravia, en un lugar esencial para borrar las pruebas de los crímenes cometidos por los nazis. Allí se incineraban los cuerpos de personas asesinadas en lugares como la prisión de Pankrác, el campo de tiro de Kobylisy, así como cadáveres procedentes de prisiones y campos de concentración. Según las órdenes de las autoridades nazis, las cremaciones debían ser secretas y las cenizas debían ser arrojadas a la basura de modo que no quedase rastro de ellas. La Gestapo supervisaba todo el proceso y la pena por desobedecer era la muerte.

Es aquí cuando František Suchý entra en la historia: en lugar de obedecer, él y su hijo catalogaron los cuerpos en secreto, guardaron los restos en urnas y los fueron escondiendo en un huerto cercano. El catálogo simboliza el horror de los campos y de las cárceles, de las redadas nocturnas y los paredones de fusilamiento, del sufrimiento de un pueblo simbolizado por los nombres de Josef Balabán (1894-1941), Josef Mašín (1896-1942) y Vladislav Vančura (1891-1942). Por este crematorio pasaron los cuerpos de las víctimas de la represalia de Lidice -el pueblo arrasado como venganza por la muerte de Heydrich en la Operación Antropoide- y los cuerpos de los asesinados en el campo de Hradištko. Provenientes de ese campo, pasaron por las manos de Suchý los restos de ciudadanos españoles muertos a manos de los nazis. También esos los conservaron este héroe inesperado y su hijo, heroico como él y cuya historia contaremos en otro momento. Baste señalar por ahora que Suchý arriesgó no sólo todo lo que tenía sino a quienes más amaba, por hacer lo que moralmente era correcto, lo que mandaba la decencia, lo que la humanidad misma parecía pedir a gritos: dar digna sepultura a los víctimas.

La valentía de František Suchý no se agotó con el fin del dominio nazi. Después del golpe comunista de febrero de 1948, la política de represión seguiría las mismas pautas: cremaciones secretas, destrucción de los restos, olvido para las víctimas e impunidad para los asesinos. Los Suchý -padre e hijo- siguieron con sus listas secretas, con sus urnas secretas, con la secreta dignidad de quien salva la condición humana asumiendo riesgos formidables. Suchý hijo afirmaba haber tenido en las manos los restos de la patriota y activista en pro de la democracia Milada Horáková (1901-1950). En 1952, František Suchý, su esposa Olga y su hijo fueron detenidos y encarcelados por las autoridades comunistas.

El pasado 29 de mayo, con asistencia de Libor Sečka, embajador de la República Checa en España, de Borja Fanjul, teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid , y del filántropo Jan Telenský, que donó la escultura a la ciudad de Madrid, se inauguró este monumento conmovedor que ahora podemos ver en Madrid Río. Asistieron también Petra Pecková, presidenta de la región de Bohemia Central, donde está el antiguo campo de concentración de Hradištko y la viceministra de Asuntos Exteriores de la República Checa, Marie Chatardová.

Si Madrid es el rompeolas de todas las Españas -como escribió Alberti- era justo que František Suchý tuviese un recuerdo honorable entre nosotros, aquí, al sol de una España que no sé si él llegó a conocer, pero a cuyos hijos rescató del olvido en unas listas que podían haberle costado la vida a él y a los suyos. Así, entre los checos que, en las horas más terribles de Europa, mantuvieron viva la llama de la dignidad y la decencia -Jan Palach (1948-1969), Jan Zajíc (1950-1969) y Evžen Plocek (1929-1969)- el nombre de František Suchý merece un puesto de honor.

Esta columna hoy se lo rinde puesta en pie.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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