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ORIENT EXPRESS

Memoria de Checoslovaquia

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 29 de octubre de 2023, 18:51h

A mí me caen bien los checos, que el pasado 28 de octubre celebraron los 105 años de la independencia de Checoslovaquia. Es la segunda del ciclo de fiestas nacionales que empieza el 28 de septiembre con el día de San Wenceslao, patrón de Chequia, y termina el 1 de enero con la fiesta de la Restauración del Estado Checo. Si uno se organiza bien, puede pasarse cada uno de esos días visitando museos, yendo a conciertos y viendo cómo, con el paso de las semanas, el verano se va marchando y llega un frío propicio a las salchichas, las cervecerías abarrotadas y los muñecos de nueve.

Checoslovaquia tuvo una historia dramática y heroica. Nacida en 1918 y fallecida pacíficamente en 1992, el Estado de los checos y los eslovacos atravesó un tiempo de ocupación y fractura entre 1938 y 1945. Los checoslovacos fueron los primeros en sufrir la traición de las grandes potencias europeas que podrían haberse enfrentado a Hitler. Ellos fueron la moneda de cambio en el Pacto de Múnich, que permitió la anexión de los Sudetes, donde los nazis habían venido realizando una actividad terrorista y subversiva durante años. Preparados para combatir, a los checoslovacos los dejaron en la estacada y Hitler entendió que nadie iba a intervenir si daba los siguientes pasos. Después llegó la “cesión” de Memel al Reich -en realidad, una anexión impuesta a Lituania, y la invasión de Polonia.

Los checoslovacos resistieron. El grupo llamado “Los tres reyes” y liderado por oficiales del ejército -Josef Mašín (1896-1942), Josef Balabán (1894-1941) y Václav Morávek (1904-1942)- suministró información al gobierno en el exilio londinense a través de František Moravec (1895-1966), el célebre jefe de la inteligencia checoslovaca durante la II Guerra Mundial. Fueron checoslovacos los miembros del comando que ejecutó la Operación Antropoide: la muerte de Reinhard Heydrich (1904-1942), Protector Adjunto de Bohemia y Moravia y uno de los tipos más peligrosos del siglo pasado en Europa. No hace falta decir que los nazis no protegían nada de nada en Bohemia, ni en Moravia ni en ningún sitio. El nombre era un eufemismo para describir el gobierno de ocupación en la parte de Checoslovaquia que los nazis se habían apropiado. En Eslovaquia, pusieron a un gobierno títere de modo que, al final, todo se decidía desde Berlín.

El checo Jan Kubiš (1913-1942) y el eslovaco Jozef Gabčík (1912-1942) fueron los líderes del comando encargado de acabar con Heydrich. Después de herirlo de muerte, se refugiaron en la catedral ortodoxa de los Santos Cirilo y Metodio, en la Ciudad Vieja de Praga. Traicionados por otro miembro del comando, Karel Čurda (1911-1947), resistieron en el templo junto a su compañero Adolf Opálka (1915-1942) hasta el final. Opálka y Gabčík se suicidaron para no caer prisioneros. Kubiš murió a consecuencia de las heridas. Las represalias de los nazis fueron brutales. Los pueblos de Lidice y Ležáky fueron arrasados. Los ocupantes mataron a unos 5 000 checos. Al obispo Goradz, titular de la catedral donde se habían refugiado los miembros del comando, lo detuvieron y lo mataron junto con los sacerdotes de la catedral.

Heydrich fue el jerarca nazi de mayor rango eliminado por los aliados en toda la Europa ocupada.

El periodo comunista dejó el testimonio de lo que los totalitarismos hacían con los seres humanos. Recuerdo el Juicio Slánský, el famoso Proceso de Praga de 1952, inspirado por las políticas antisemitas de Stalin después del final de la guerra. Catorce altos cargos del Partido Comunista de Checoslovaquia, entre ellos Rudolf Slánský (1901-1952), secretario general del partido, fueron torturados para obtener confesiones y acusados de espionaje y traición. Diez de ellos eran judíos. No hubo absoluciones. A once los condenaron a muerte. A tres, les cayó cadena perpetua. Entre los tres que salvaron la vida estuvo Arthur London (1915-1986), comunista a carta cabal, brigadista internacional y viceministro de Asuntos Exteriores, que dejó un testimonio terrorífico en su libro “La confesión” (1968). El comunismo siempre termina devorando a sus hijos.

Hubo otro momento en que Checoslovaquia se hizo un sitio de honor en la historia. En 1968, durante el periodo comunista, el país vivió un breve periodo de liberalización. Apenas duró de enero a agosto. Alexander Dubček (1921-1992) intentó realizar ciertas reformas en materia de libertad de expresión y desplazamiento, descentralización de la economía, democratización y transformación de la estructura del Estado. Se llegó a diseñar una federación de tres repúblicas, a saber, Bohemia, Moravia-Silesia y Eslovaquia. Esto ya fue demasiado para las autoridades comunistas en Moscú. Brezhnev ordenó la invasión del país y sofocó las aspiraciones democráticas de los checos. En protesta, el estudiante Jan Palach (1948-1969) se quemó vivo el 16 de enero de 1969 en la plaza San Wenceslao de Praga. Los medios, controlados por el Estado, trataron de ocultar la noticia y disfrazarla de accidente. Fracasaron. Todo el mundo sabía lo que había ocurrido. El 25 de febrero, su compañero Jan Zajíc, de 18 años, hizo lo mismo en el mismo sitio. Semanas más tarde, en abril, Evžen Plocek, operario de fábrica, se prendió fuego en la ciudad minera de Jihlava.

Supongo que es ese heroísmo, esa decidida voluntad de resistencia moral y física contra las tiranías, lo que me admira de aquellos checoslovacos que fueron capaces de divorciarse sin derramar sangre. Los hijos del siglo XX, mi siglo, sabemos lo que significaba alzarse contra la Alemania nazi o contra la Unión Soviética. Aquellos checoslovacos pelearon bajo la bandera de un país que ya no existe, pero cuyo nacimiento los checos celebran el 28 de octubre.

Hoy esta columna lo recuerda.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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