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TRIBUNA

El robobo de la jojolla

lunes 22 de junio de 2026, 19:23h

Érase una vez un reino antiquísimo, casi prehistórico, llamado Atlantilandia, en donde regía desde tiempo inmemorial una costumbre y norma sagradas para el nombramiento de rey del país, jefe supremo y otros calificativos a cuál más rimbombante que lo adornaban. Esta extraña norma sagrada hacía depender la realeza no de la herencia ni de triunfos militares, sino del mérito de haber encontrado la joya más preciosa del reino, escondida por el último rey en arriscados parajes o grutas profundas e inaccesibles o en cualquier otro sitio a voluntad real. A la mayoría de los habitantes de Atlantilandia les importaba semejante norma sagrada un comino por su escasa incidencia en sus menesteres habituales y sus preocupaciones diarias, de modo que muchos tenían la sagrada norma por una leyenda inverosímil. Sólo la nobleza de la Corte y los modestos advenedizos de la nueva clase política, empresarial e ilustrada soñaban con encontrar la preciosa joya, deslumbrante por sus destellos, que les redimiera de sus sacrificios y percances y los convirtiera como por arte de magia en la codiciada realeza. Aunque tampoco faltaran entre ellos los escépticos, absortos en sus ocupaciones, que no dieran mucho crédito a tales pesquisas para hacerse rey, cuando afamados antropólogos internacionales habían sido incapaces de encontrar el significado de tal norma sagrada electiva, basada al parecer sólo en la ambición más desmedida de omnipotencia, gloria y pecunio, pues el rey electo no sólo ascendía a la cúspide del poder, sino que recibía una elevada suma de dinero por ganar tan elevada posición, como si elregio cargo fuese el premio de una lotería o se hubiera obtenido en una caseta de feria. Se decía que llevaba la deslumbrante joya grabado en su superficie con letras jeroglíficas el misterioso secreto del poder, que sólo conocía el rey.

Cierta noche, el funcionario superior de palacio, que ambicionaba títulos nobiliarios que faltaban en su estirpe, soñó que se miraba al espejo ciñendo la corona real. La repetición de ese sueño varias veces le impulsó a consultar a un adivino, experto en rituales de nigromancia, que, tras barajar unas extrañas cartas de estrellas y reyes, le auguró un porvenir esplendoroso, si seguía un complicado ritual de ayunos y abstinencias. Aquella misma noche volvió a soñar que al mirarse al espejo ceñía la corona real. Tal impresión le produjo el nuevo sueño que, alentado por los augurios tan favorables del adivino, se propuso acometer el resto de su vida el empeño sagrado de buscar la misteriosa piedra preciosa que le diera acceso al codiciado trono, que incluso ya imaginaba imperial. Su nombre ZyX, era un acrónimo realmente sonoro como para aspirar a tan egregia posición, y además suficientemente breve, como adecuado a su proyectada empresa, pues, según un famoso literato del reino, “lo bueno si breve era dos veces bueno”. Dada su excelsa moral, no le parecía extraordinario a ZyX que le apodaran el Cid, que remataban a veces con el nombre del Campeador por sus hazañas mercantiles, tan sublimes como las guerreras de aquel prohombre del país. El rey, aún vivo, se llamaba BB II, de modo que él podría llamarse BB III o mejor ZyX I. Con el sueño que había obrado el milagro de su intrépida decisión fue creciendo en su mente la ambición y la envidia de un rey, que, sin embargo, podía ser depuesto en cualquier momento por la confabulación de sus súbditos más rebeldes y él quedarse con las ganas de sucederle. Era, pues, urgente, ya que cumplía los sesenta, encontrar cuanto antes la joya preciosa que le diera acceso al regio sillón. Para su propósito contaba con un amigo fidelísimo, llamado CSP, un noble que tenía fácil entrada en palacio y conocía a la servidumbre al dedillo, como para que, prometiéndoles el oro y el moro a cambio de la información sobre la verdadera joya real, si es que lo sabían, pues había descaradas imitaciones falsas, cumplieran el delicado encargo. Como buen amigo, él cobraría una modesta comisión por los servicios prestados. La razón de acudir a

la servidumbre para tan elevado propósito era debido a que una ley prohibía terminantemente servirse de la nobleza de palacio para indagar sobre el escondite de la joya preciosa, mientras no decía nada sobre la servidumbre, suponiendo que esta no tenía contactos eficaces como para enterarse de asuntos reservados a la Corona. En todo caso, servirse de otros para encontrar la joya y no hacerlo por sí mismo equivaldría a una especie de robo y anularía el resultado real de la pesquisa. Quizás la joya podía estar escondida en algún lugar incognito de las múltiples estancias palaciegas y no en los caminos de las escarpadas montañas, por donde discurrían, en caballo, burro o camello, los escasos ciudadanos arriesgados, despreciando peligros y trampas, puestas por los propios servicios reales, y anhelando encontrar lo que les convertiría mágicamente en reyes. Al poco tiempo del último sueño de su anhelada realeza, su amigo íntimo CSP le comunicó a ZyX que el más leal de los sirvientes del rey le había informado del lugar exacto donde el rey había guardado la célebre joya y que era de su incumbencia hacerse con ella. Pero cuando ZyX ya tenía la anhelada joya prácticamente en sus manos, el sirviente traidor fue descubierto y ZyX fue condenado a una multa importante y a decir siempre la verdad, tras mentir repetidamente al juez de la causa.

Desde entonces, los habitantes de Atlantilandia, entre los que había muchos tartamudos, llamaron al real acontecimiento “el robobo de la jojoya”, tanto por eso como porque había sido un robo bobo, cogiendo al criado infiel con las manos en la masa. Por otra parte, antes de fallecer BBI abolió esa costumbre y norma electiva tan extraña e impuso a partir de BBII la monarquía hereditaria.

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