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ORIENT EXPRESS

El «Junio de Poznań»

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 05 de julio de 2026, 20:21h

En aquellos últimos días de junio de 1956, nada permitía presagiar las jornadas históricas que se avecinaban. Los comunistas llevaban en el poder desde 1945. El Ejército Rojo los había apoyado y, casi diez años después del final de la guerra, la estalinización de Polonia se había ido imponiendo lentamente: el ejército polaco, la administración civil, el sistema educativo, las industrias culturales, las universidades, los medios de comunicación… A comienzos de los años 50, el Partido Obrero Unificado Polaco -que es como se llamaba el partido comunista- había puesto el país al servicio de Moscú. Sin embargo, la muerte de Stalin en 1953 había provocado cambios en la URSS. En el Krémlin mandaba ya Nikita Jruschov, que, por cierto, había supervisado la ocupación soviética de Polonia en 1939, y la «desestalinización» estaba en marcha. A Polonia, esos cambios también estaban llegando. En marzo de aquel año había muerto Bolesław Bierut (1892-1956), secretario general del partido y presidente de la República Popular de Polonia. Estalinista de obediencia férrea, el difunto secretario había abierto una crisis sucesoria que los comunistas habían intentado cerrar con un sucesor de compromiso: Edward Ochab (1906-1989), que carecía del peso político de su antecesor. Mayor peso tenía Józef Cyrankiewicz (1911-1989), presidente del Consejo de Ministros. Partidario de la línea dura, representaba junto a Aleksander Zawadzki (1899-1964), presidente del Consejo de Estado, la continuidad del régimen establecido después de la guerra.

Como se puede ver, a los polacos nadie les preguntaba nada. En las sociedades comunistas, la élite política sabe mejor que nadie lo que conviene a la gente.

Sin embargo, a los trabajadores polacos las cosas les iban bastante mal en aquel verano de 1956. La economía planificada, que venía dictada desde Moscú, imponía objetivos de producción inalcanzables. La disciplina laboral era durísima. La política de industrialización sacrificaba el consumo de la población. Los salarios eran bajos. Escaseaban los bienes de primera necesidad. La cesta básica de la compra era prohibitiva. En suma, los trabajadores lo estaban pasando falta mientras los cuadros del partido se preguntaban si era posible reconducir las cosas a la vista de los vientos de «desestalinización» que llegaban desde la Unión Soviética. Era evidente que el partido estaba confundido y esto generaba cierta sensación de debilidad.

Entonces estallaron los disturbios. La mañana del 28 de junio de 1956, los trabajadores de la fábrica Cegielski -que en aquella época se llamaba Trabajos Metalúrgicos Joseph Stalin en Poznań- empezaron a protestar en demanda de mejoras salariales, una reducción de los ritmos de trabajo, la corrección de errores en el cálculo de los impuestos y de las primas a la producción y, en general, mejores condiciones laborales. Hacia las seis de la mañana, la sirena de la fábrica marcó el inicio de las protestas: los trabajadores abandonaron sus puestos y empezaron una manifestación hacia el centro de la ciudad. En aquellos días, se estaba celebrando en la ciudad la Feria Internacional de Poznań, un acontecimiento que atraía visitantes extranjeros y gozaba de especial visibilidad internacional. Las autoridades comunistas no podían permitirse el escándalo de una protesta de trabajadores en reclamación de mejoras laborales a la vista de los visitantes. Se hizo popular una pancarta que decía simplemente «Queremos pan». Ni pan podían comprar aquellos obreros.

La cosa fue escalando. De los gritos contra la injusticia laboral pasaron a las proclamas patrióticas, las consignas contra la injerencia soviética y las muestras de hartazgo de la élite comunista. No se salvó ni la policía política, que se había mostrado incapaz de anticipar y desactivar la protesta. Hacia el final de la mañana se habían juntado unas 100 000 personas en el centro de Poznań. Se habían ido sumando estudiantes, mujeres y hasta jubilados. Aquello parecía imparable. Se dirigieron a la prisión, donde lograron liberar algunos encarcelados. Asaltaron comisarías de policía. Empezaron a correr rumores sobre el asesinato de líderes obreros. Por la tarde, el centro de Poznań era una olla a presión que acababa de explotar. Hubo tiroteos. Las fuerzas de seguridad disparaban y algunos manifestantes, que se habían hecho con armas en los arsenales de las comisarías, devolvían el fuego. El edificio de la Oficina de Seguridad del Estado -la temible policía política- acabó rodeado por la turba.

El 29 de junio llegó la respuesta del Estado. Cyrankiewicz pronunció un discurso radiofónico en el que amenazó a quienes se levantaran contra el poder comunista declarando que «la mano» levantada contra el poder popular sería «cortada». No exageraba. Las autoridades comunistas movilizaron más de 10 000 hombres del ejército y la seguridad del Estado apoyados por vehículos blindados y carros de combate. Continuaron los tiroteos, pero los obreros tenían las de perder frente a efectivos profesionales, mejor equipados y superiores en número a los manifestantes armados. Hubo 58 muertos registrados, aunque algunas investigaciones elevan la cifra a 74 e incluso a 100. Los detenidos fueron más de 600. Entre las víctimas mortales estaba el niño Romek Strzałkowski, de 13 años, muerto de un disparo.

La propaganda oficial intentó presentar los hechos como una provocación organizada por «elementos imperialistas», «agentes extranjeros» y «provocadores antisocialistas», pero no se lo creía nadie. En otras ciudades polacas hubo protestas y muestras de solidaridad con los trabajadores reprimidos en Poznań. Hubo juicios y se impusieron condenas, pero la protesta había revelado la debilidad de un partido que reprimía a trabajadores que pedían pan. No hay sistema comunista que pueda justificar eso. Era evidente que, muerto Stalin, tenía que haber cambios también en Polonia.

Esos cambios llegarían ya en octubre con el ascenso de Władysław Gomułka (1905-1982) a la silla de primer secretario del Partido Obrero Unificado Polaco. Su retorno simbolizó una vía polaca hacia cierta «liberalización limitada»: reorientación del terror policial, mayor margen de actuación para la Iglesia católica, cierta relajación del control cultural y una política algo menos dependiente de Moscú, aunque sin mucho entusiasmo. A 70 años de aquella protesta, es claro que sin los acontecimientos del verano no hubiese habido el cambio del otoño.

No fue, por cierto, la última vez que el régimen envió tropas a abrir fuego contra su propio pueblo. En diciembre de 1970 hubo protestas en la costa báltica —sobre todo en Gdańsk, Gdynia, Szczecin y Elbląg— que, de nuevo, el ejército y la milicia reprimieron a tiros. De nuevo fue por el precio de los alimentos y la insuficiencia de los salarios, el deterioro de las condiciones de vida y el empobrecimiento de los trabajadores. Hubo más protestas en junio de 1976 -hace 50 años- que no dejaron tantas víctimas mortales, pero crearon las condiciones para el nacimiento de una oposición política.

Ya ven que los trabajadores polacos nunca dejaron de luchar. Hoy esta columna recuerda su sacrificio.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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