El 13 de abril de 1943 la radio alemana informaba del hallazgo, en el bosque de Katyn, de fosas comunes de prisioneros de guerra polacos muertos a manos del NKVD. En una primera fase, se exhumaron más de 4 200 cuerpos. Al final, resultaron ser más de 20 000 los polacos asesinados. Como señala Norman Davies en«God´s Playground. A History of Poland», no eran soldados profesionales sino oficiales de la reserva:«profesores, funcionarios, hombres de negocios, médicos, científicos. Desde el punto de vista soviético, eran la flor y nata de la clase social enemiga». Cuando el Gobierno polaco en el exilio pidió que la masacre de Katyn fuese investigada por la Cruz Roja Internacional, el gobierno soviético decidió romper relaciones diplomáticas con Polonia.
La Unión Soviética había negado la responsabilidad de la matanza y había elaborado una versión falsa en la que acusaba a los nazis de la atrocidad. A este respecto, Andrzej Nowak apunta, en«Poland And Russia. The Neighborhood of Freedom and Despotism in The X-XXI Centuries», que, en 1939, los soviéticos trataron de atraerse a algunos de los intelectuales de izquierdas de los círculos de Lviv para colaborar en sus publicaciones. La ocupación de Polonia entre 1939 y 1941 -en el marco del Pacto Ribbentrop-Molotov- no fue sólo militar. Hubo un verdadero intento de«sovietización» de Polonia, lo que implicaba la difusión de propaganda y la manipulación de la opinión pública. Cuando el crimen de Katyn se descubra, la URSS activará todos sus recursos, desde las políticas de memoria hasta la policía política, para reescribir la historia.
En efecto, no faltaron ni símbolos ni ritos para consolidar la mentira. El 30 de enero de 1944 se celebraron exequias en recuerdo de aquellos soldados polacos, de cuya muerte acusaban los soviéticos a los alemanes, y se llegó incluso a celebrar una misa por ellos. Se erigió un pequeño monumento en forma de obelisco con una inscripción en ruso y en polaco que decía: «En bendita memoria. Aquí yacen los oficiales prisioneros del Ejército Polaco horriblemente asesinados por las fuerzas de ocupación alemanas en el otoño de 1941». En 1970, las autoridades sustituyeron este monumento por una plaza que rezaba:«A las víctimas del fascismo. Oficiales polacos ejecutados por los nazis en 1941».
A pesar de que las autoridades soviéticas intentaron incluir la matanza de Katyn entre los crímenes de guerra objeto de enjuiciamiento en Núremberg, lo que hubiese sido una jugada maestra para encubrir la responsabilidad de la URSS, no lo lograron porque los indicios eran bastante endebles: testigos dudosos, datos contradictorios... No se llegó a incluir en la acusaciones contra los jerarcas nazis.
En realidad, ya desde 1943, existían muchas dudas acerca de la versión soviética, pero los aliados occidentales -especialmente los Estados Unidos y el Reino Unido- prefirieron mirar para otro lado incluso a riesgo de soliviantar al Gobierno polaco en el exilio. La alianza con la URSS era más necesaria que hacer justicia a aquellos oficiales polacos. Sin embargo, la dinámica de la Guerra Fría cambió las cosas. En 1952, una investigación del Congreso de los Estados Unidos concluyó que a los miles de oficiales polacos los habían matado los soviéticos. Moscú y las autoridades comunistas de Polonia insistieron en culpar a los nazis. Fuera de la URSS, las comunidades de polacos emigrados mantuvieron el recuerdo de la matanza y de sus responsables soviéticos. En los Estados Unidos, en Inglaterra, en Francia, en Italia y en otros países se fueron descubriendo placas y erigiendo monumentos que recordaban la verdad.
El recuerdo de Katyn y la lucha por la verdad se convirtieron en símbolos de la oposición democrática. A pesar del hostigamiento por parte de la policía política, en 1978 un grupo de investigadores -entre ellos el poeta Adam Macedonski (1931-2019), el abogado Andrzej Kostrzewski (1927) y el soldado Stanislaw Tor (1910-1981), que había luchado en Tobruk y en Monte Cassino- fundaron en la clandestinidad el Instituto Katyn. Desde Cracovia, publicarían la revista Boletín de Katyn y algunas investigaciones independientes. Los investigadores del Instituto dieron prueba de un valor extraordinario. El mismo Kostrzewski estaba bajo el radar de la policía política por su vinculación con la resistencia nacional polaca de Armija Krajowa. Todos se exponían a penas de prisión por sus actividades de investigación.
Algunos sacrificaron sus vidas para que la verdad sobre Katyn se supiese. El 21 de marzo de 1980, durante una manifestación ilegal por la memoria de la masacre, el veterano de guerra Walenty Badylak (1904-1980) se quemó vivo como acto de protesta en la Plaza del Mercado de Cracovia. Las autoridades comunistas lo presentaron como el suicidio de un pensionista enfermo, pero la gente sabía la verdad. De noche dejaban flores en el lugar donde se había prendido fuego. Las autoridades las retiraban todos los días. En 1981, un grupo de patriotas polacos liderados por el sacerdote Stefan Niedzielak (1914-1989) -que había sido capellán de la resistencia polaca- erigieron una cruz en el cementerio militar de Varsovia con el año de la matanza inscrito en ella: 1940. La policía política la destruyó varias veces, pero los patriotas volvían a restaurarla. Al padre Stefan Niedzielak -que, además, había sido cofundador de la Asociación de Familias de Katyn y fundador del Santuario de los Caídos y Asesinados en el Este- lo mataron de noche en 1989. A sus asesinos nunca los encontraron.
A medida que se acercaba el final del régimen comunista en Polonia, la versión oficial de las autoridades soviéticas y polacas se iba resquebrajando. En octubre de 1989, un grupo de investigadores dedicados a la masacre fundaron el Comité Histórico para la Investigación de la Masacre de Katyn en Polonia. El trabajo de historiadores como Adam Macedonski -fundador, recordemos, del Instituto Katyn en la clandestinidad-, Andrzej Chmielarz, Jerzy Jackl, Andrzej Kunert, Maria Jankowski, Bozena Lojek, Jacek Trznadel, Marek Tarczynski, Jedrzej Tucholski y Wojciech Ziembinski resultaron cruciales para refutar las mentiras del régimen comunista.
Hubo que esperar a la agonía de la Unión Soviética para que la URSS admitiese que la responsabilidad de la matanza recaía sobre«Beria, Merkulov y sus ayudantes», como dijo un comunicado de la agencia de noticias soviética en 1990 que expresaba las condolencias de la Unión Soviética y lo calificaba como «uno de los graves crímenes del estalinismo».
En 2007 el Parlamento polaco declaró esta fecha como Día de Recuerdo de las Víctimas de la Matanza de Katyn. Los regímenes comunistas -y, en general, las tiranías- necesitan de la mentira, la propaganda y la censura para sostenerse. La violencia sola no es suficiente. Sin el adoctrinamiento y el control del discurso, les sería imposible mantenerse en el poder. La verdad sobre Katyn supuso un esfuerzo de décadas de lucha contra la mentira.
Hoy esta columna se suma al recuerdo de las víctimas de la matanza.