www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ORIENT EXPRESS

Una estatua derribada en Varsovia

Ricardo Ruiz de la Serna
domingo 17 de noviembre de 2024, 18:40h

La estatua medía unos seis metros y mostraba a Félix Dzerzhinski (1877-1926), revolucionario bolchevique de la primera hora y fundador de la Cheka, de pie y con una pose que quizás se pretendía heroica. No en vano el propio Stalin lo había considerado un «caballero del proletariado». Erigida en 1951 en la plaza de Varsovia que llevaba su nombre -y que hoy se llama Plaza del Banco- la sola presencia de esta figura representaba un recordatorio de quién mandaba en la Polonia comunista, así como una terrible amenaza de los métodos que se emplearían contra los enemigos del partido, es decir, del Estado.

El monumento era doblemente doloroso porque Félix Dzerzhinski era polaco. Nacido en una familia de la baja nobleza polaca, vio la luz en Ivianets, localidad de la actual Bielorrusia que entonces pertenecía al Imperio de los Zares. Educado en el nacionalismo polaco y el catolicismo, perdió la fe en 1894 al unirse a los socialdemócratas lituanos de la ciudad. Tenía 17 años. Su actividad política llamó la atención de las autoridades. Empezó el ciclo de vigilancias, detenciones, exilios y fugas característico de los revolucionarios de finales del XIX. Pasó, en total, unos once años encarcelado en distintas prisiones y durante periodos más o menos largos. Acabó militando entre los bolcheviques y encerrado en la prisión de Butyrka, en Moscú. Allí lo encontró la revolución de 1917.

Integrante del Comité Militar Revolucionario de Petrogrado, se hizo cargo de la seguridad de su sede, que era también la del sóviet local. Allí destacó por su crueldad y su contundencia contra los enemigos de la revolución. Le granjeó especiales simpatías su lucha contra los delincuentes comunes -por ejemplo, los ladrones- y la imposición de cierto orden, que en realidad significaba que el monopolio de la violencia lo tenían los revolucionarios. De ahí que le encargasen la represión de las huelgas de funcionarios de diciembre de 1917. Así nació la Comisión Extraordinaria Panrusa para la Lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje, conocida por sus siglas en ruso como Cheka.

Aquí entra Dzerzhinski en la Historia. La Cheka se convirtió en un instrumento de represión y terror eficacísimo hasta su conversión en 1922, en una de las secciones del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la Unión Soviética, el siniestro NKVD. Espada y escudo de la revolución, la organización creada por el hombre del monumento significó el régimen de terror que sufrieron tanto los ciudadanos soviéticos como los de los países del bloque soviético después de la II Guerra Mundial. Los nombres cambiaban -después vendría el KGB- pero el instrumento era esencialmente el mismo: un aparato dedicado a controlar a los ciudadanos, a reprimirlos y, si era preciso, a matarlos con tal de salvaguardar los intereses del Estado.

Aquel monumento en Varsovia, pues, celebraba a uno de los tipos más peligrosos del siglo XX. Cuando se erigió, en 1951, todavía vivía Stalin, y allí siguió hasta 1989. El 17 de noviembre de aquel año, manifestantes anticomunistas la tiraron abajo como símbolo de la liberación del país. Pocos días antes había tomado posesión el primer gobierno no comunista desde que los comunistas se hicieron con el control del país entre 1945 y 1949. La técnica fue muy similar a la empleada por Moscú en el resto de países de Europa Central y Oriental: control del territorio por el Ejército Rojo, fortalecimiento del partido comunista (que podía llamarse de ese modo o de otro), eliminación de los adversarios políticos (exilio, deportación, asesinato, juicio farsa) y reformas constitucionales para crear una democracia popular.

Así, contra todo aquel pasado de violencia y represión, se manifestaban aquellos polacos que el 17 de noviembre de 1989 -hace ahora 35 años- derribaron la estatua al creador del aparato represivo que inspiró los demás en toda Europa. Fue un momento simbólico del nuevo tiempo que comenzaba en Polonia.

En toda Europa deberían recordarse estos hitos de la liberación de la opresión comunista, que a menudo iba de la mano de la influencia soviética, es decir, extranjera, sobre las democracias populares. Desde la resistencia armada anticomunista -los «soldados malditos» - hasta las protestas de 1956, 1970, 1976 y 1980, la llama de la oposición a un sistema injusto, que oprimía a los propios trabajadores que decía defender, no se apagó nunca en Polonia. Aquella estatua derribada en 1989 representaba, al fin, una victoria.

Hoy esta columna recuerda ese día.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios