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ORIENT EXPRESS

Recordar a las víctimas del comunismo

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 26 de febrero de 2023, 19:13h

Sucedió el 25 de febrero de 1947. Tropas soviéticas irrumpieron en el Parlamento húngaro y detuvieron a Béla Kovács (1908-1959), secretario general del Partido de los Pequeños Propietarios. Su formación había ganado las elecciones de noviembre de 1945 con un 57% -los comunistas de Mátyás Rákosi (1892-1971) sólo obtuvieron un 17%- pero eso no importaba mucho: el Ejército Rojo controlaba el país. El comandante de las fuerzas de ocupación, Kliment Voroshilov (1881-1969), obligó al Partido de los Pequeños Propietarios a formar gobierno con los comunistas.

Era evidente que Moscú pretendía incluir a Hungría dentro de su red de Estados satélites. En 1944, antes incluso de la batalla de Budapest, ya habían organizado un gobierno alternativo en Debrecen controlado, por supuesto, por ellos. La posguerra fue un camino gradual, pero inexorable, hacia la dominación comunista. El instrumento serían Rákosi y sus hombres, entre ellos el siniestro Ernő Gerő (1898-1980) y el peligrosísimo Gábor Péter (1906-1993). El plan era hacerse con el poder gracias al apoyo soviético. Se organizarían unas elecciones que darían una apariencia de apoyo popular a los comunistas y, a partir de ahí, la URSS controlaría el país a través del partido comunista húngaro. Kovács y su partido eran, pues, un obstáculo que debía removerse. El método para acabar con los adversarios era ya muy conocido: una falsa conspiración, una detención y encarcelamiento sin garantías -a menudo acompañados de torturas- un juicio farsa y una condena a muerte, a trabajos forzados o a pena de prisión. No sólo se destruía al oponente, sino que todos los demás veían lo que les cabía esperar si se enfrentaban a los comunistas. Stalin fue el maestro en los Procesos de Moscú (1936-1938). Rákosi fue, por cierto, su alumno aventajado.

La pretendida conspiración era un supuesto complot de una organización de extrema derecha, el Movimiento de la Comunidad Húngara, que intentaría restaurar un gobierno autoritario como el que, antes de la guerra, había encabezado el regente Miklós Horthy (1868-1957). Todo era bastante descabellado, pero se trataba sólo de un pretexto para acabar con la oposición, así que casi cualquier cosa servía. La propaganda, la censura y la tortura hicieron el resto. Unos delataban a otros para poner fin al sufrimiento, salvar a sus familiares o la propia vida. Fue un precedente de otros procesos que se vivieron en Hungría como el de László Rajk (1909-1949), brigadista internacional en España, deportado a un campo de concentración y comunista a carta cabal. En 1949, apenas un par de años después de Kovács, lo arrestaron acusado de “titóísta”, lo juzgaron sin garantía alguna y lo condenaron a muerte. Stalin envió a Budapest a un agente para asegurar que nadie se desviase. Este “modus operandi” no se dio sólo en Hungría, sino en toda Europa Central y Oriental. Arthur London, comunista checoslovaco, dejó un terrible testimonio de su propio calvario en su libro “La confesión”.

La detención de Kovács fue acompañada del arresto de centenares de militantes y simpatizantes de su partido a manos de la policía política, la temible Autoridad de Protección del Estado o ÁVH en sus siglas en húngaro. Al secretario general lo deportaron a la URSS y lo encarcelaron durante ocho años. A los demás, les esperaron la cárcel o la muerte. En realidad, esto era lo que los comunistas húngaros tenían preparado para sus compatriotas. Poco a poco, en la llamada “táctica del salami”, fueron laminando a sus adversarios. En agosto de 1947, con la oposición aterrorizada o deportada, los comunistas ganaron las elecciones e impusieron un programa político de represión, nacionalizaciones y colectivizaciones que condujo a la proclamación de la República Popular Húngara en 1949. A partir de 1948, Hungría estaba al servicio de la URSS.

El país sufrió un régimen de sometimiento casi colonial. El poder de la policía política era absoluto. La estrella roja comunista se veía por doquier y las empresas de más de diez trabajadores estaban nacionalizadas. Los asesores soviéticos y los agentes comunistas húngaros trabajarían codo con codo para someter al pueblo. Al cardenal Mindszenty, primado de Hungría desde 1945, lo detuvieron y lo torturaron durante días. En 1949, lo sometieron a un juicio farsa acusado de conspirar contra Hungría. Un destino similar tuvo el obispo ortodoxo griego, János Ödön Péterfalvy, al que encerraron en una celda sumergido en agua helada y le arrancaron las uñas de los pies. Para forzar su confesión de ser un espía al servicio de los Estados Unidos, detuvieron a sus padres.

No sólo era el peligro de la tortura y el encarcelamiento o la pena de muerte. A partir de 1948, la economía húngara se hundió debido a las colectivizaciones, las nacionalizaciones y el proyecto de convertir un país agrario en una potencia siderúrgica. Los precios de los alimentos se dispararon. La imitación de los planes quinquenales soviéticos -que pusieron a Hungría al servicio de la URSS- supusieron la imposición de cuotas de producción a los trabajadores, que sufrían castigos tanto por no alcanzarlas como por excederse de ellas. La exigencia de contribuciones para pagar los “préstamos para la paz” concedidos por la URSS llevó a la asfixia económica a los trabajadores. Se esquilmaron las minas de uranio. Todo el país se empobreció.

La detención de Béla Kovács se convirtió en el símbolo del descenso a la oscuridad del comunismo. Por eso, desde que el Parlamento lo declaró en el año 2000, el 25 de febrero es el día de recuerdo de las víctimas del comunismo en Hungría. Por toda Europa Central y Oriental hay conmemoraciones similares. Millones recuerdan a los deportados y los encarcelados, los torturados y los muertos, los forzados a delatar a sus amigos y los que murieron sin confesar nada. Los crímenes cometidos por los comunistas deberían aprenderse en los colegios y evocarse en los espacios públicos de todo nuestro continente.

Esta columna hoy recuerda a las víctimas del comunismo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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