Si me preguntaran por una persona a quien conociese caracterizado por la conciencia y la lucha incansable contra la injusticia a través de la palabra, ese sería el leonés Félix Maraña (1953). Su currículum crece sin tregua debido al discurrir incansable de su intelecto. Más difícil sería decantarse por una sola cosa que admirase de él; de hacer un esfuerzo, tal vez escogería —además de su fino humor e ironía— su entrega generosa a los demás, su constante ayuda. Esa bondad dada a quien considera personas buenas se equilibra en la balanza con la crítica, siempre dirigida hacia los que reman a la contra del bien común.
En este sentido, Maraña acaba de publicar su segundo libro en la editorial Huerga y Fierro —tras su volumen de poemas El bosque no es un árbol repetido (sonetos y soñetos), 2023—. Con La sangre de Palestina, levanta el poeta la voz contra los desmanes cometidos en esta tierra, iniciados justamente en el año en el que el primer libro de poemas de Maraña vio la luz en este mismo sello. Ahora sale de imprenta este nuevo volumen, coronado por un prólogo del corresponsal en Oriente Medio guipuzcoano Mikel Ayestarán y un epílogo del poeta pamplonés Alfonso Pascal Ros. El primero afirma al inicio y al final del texto, a modo de redoble de conciencia blasdeoteriano: “No hay que dejar de hablar de Gaza. Ni un solo día”. Sin importar el formato, si bien señala la labor fundamental del periodismo en el conflicto, pues gracias a él puede conocerse lo que verdaderamente pasa. Por ello, se convierte en uno de los claros objetivos a abatir: “Israel aplica la forma máxima de censura al asesinar a periodistas palestinos y no permitir el acceso a la prensa internacional”.
Lo mismo opina el propio Maraña en su introducción, a la que llegamos tras un texto dedicado a “la opinión del Papa León XIV” —que apunta a la creación del Estado palestino como “única solución” al conflicto— y después de un compendio de citas, entre las que encontramos la de Jean-Paul Sartre que resulta tan querida por el autor leonés: “Quien acepta una injusticia en silencio se convierte en cómplice de esta”. En su muro de Facebook, Maraña expresa diariamente el sentir de su conciencia, apelando en numerosas ocasiones a que los intelectuales no se queden callados ante lo que consideran injusto y expresen su crítica por ser su principal deber, lo que nos recuerda a las palabras del francés. También ha repetido en esta red social este pensamiento con motivo de su libro: “Me han preguntado si he escrito el libro La sangre de Palestina por encargo. Ni cargo ni encargo. El libro es un descargo de conciencia. Desde que Israel decidió invadir y arrasar Gaza, tras el atentado de Hamas, iba yo escribiendo a diario algunas anotaciones, versos o consideraciones sobre lo que era sin duda un genocidio contra el pueblo palestino. En realidad mi libro es un dictado de la conciencia, un descargo diario de solidaridad con los desposeídos de la tierra, un intento de hermanarme con su dolor a través de la palabra”. Igualmente, recordando a uno de sus máximos referentes, Maraña rescata las palabras de Celaya, que decía que “toda poesía es social”, añadiendo: “Quien hoy ignora el holocausto y calla, o es cómplice o canalla”. Bajo el seudónimo de Zenón de Zurriola, expresa también una máxima: “Pues, si no eres solidario, no eres humano”.
Volviendo al texto introductorio titulado El nombre de las ruinas, Maraña relaciona la guerra que aquí denuncia con la nuestra, en concreto con el bombardeo de Gernika, relacionando la respuesta poética generada en la primera a través de su libro con la que expresó el poeta peruano César Vallejo en el poema Redoble fúnebre a los escombros de Durango, que compuso estando en Francia y que inspiró a Picasso —que en ese momento también estaba en París— pintando su célebre lienzo, o a Paul Éluard, que escribió La victoria de Guernica, poniendo “la razón y la palabra al servicio de la causa de la libertad y la dignidad del mundo”. Así, Maraña nos conduce a su propia escritura con motivo de la “masacre perpetrada por Israel, con la pasividad, cuando no la ayuda y connivencia de USA y la timidez de Europa”. La “debilidad” del viejo continente, “la indefinición de la propia OTAN, tan dependiente de USA, y las tensiones propias de los intereses económicos que actúan obsesionados por explotar nuevas fuentes de energía, desembocan en un panorama nada alentador”. También se remite a la invasión de Ucrania por parte de Rusia como conflicto igualmente dramático y a la Primera Guerra Mundial, que hermanó al poeta inglés Wilfred Owen con el también poeta y militar Siegfried Sasson. La influencia del primero “cambió la idea de mirar al mundo” del segundo. Y es que la poesía no sólo es útil sino que puede modificar el mundo a través de pequeños gestos. Como el propio Maraña expresó en una entrevista concedida a Olatz Elosegi el pasado 7 de junio en El Diario Vasco, un poema no “va a detener una guerra” pero sí puede “dejar constancia de que existe una resistencia moral frente a lo que está ocurriendo”. Del mismo modo, Maraña ensalza “las pequeñas aportaciones, y grandes a la vez” de personas como los voluntarios vascos de Zaporeak, “ONG que da de comer y ampara a diario a cerca de 3.000 refugiados en la isla griega de Lesbos”. Ellos contribuyen “a mantener viva la esperanza de un futuro mejor de miles, millones de personas en las cuatro esquinas del globo terráqueo”.
Entramos ya de lleno en el poemario, compuesto en décimas y versos octosílabos. En la sección Nuevos sonetos pro-palestina, encontramos poemas como Hilera herida, donde se refiere a “esas gentes que marchan paso a paso, / para buscar su casa destruida / por la guerra, la muerte, la estampida”, representando “la muestra dolida del fracaso”. También el dedicado a los niños en Sueños infantiles, donde refiere a esos infantes que sobrevivan a la hambruna y a “las minas del destino / fatal o cruel en las noches sin luna”. Ante el muro de Palestina toma como protagonista a esos obstáculos simbólicos que impiden la comunicación entre los seres humanos y les ciegan, nublando su inteligencia y provocando “claroscuros, / maldiciones y conjuros”. Si te olvidas de Gaza ya has perdido describe la principal ciudad de la Franja como “la herida Palestina, / que sangra cada día frente a un mundo / silente, perdido y muy cobarde”. Maldita marcha verde recuerda cómo “Marruecos nos metió un gol” ocupando la que había sido provincia española del Sáhara: “Mientras el pueblo recuerde / y no pierda la memoria, / se resolverá la historia / contra el sultán invasor. / El exilio es el dolor / de la gente migratoria”. En Si Palestina se muere, el poeta echa en cara nuestra “desidia” dejando que un Estado niegue “el sobrevivir / de su país más vecino”. Es “el silencio de la gente […] / cómplice de la crueldad”. La Sangre inocente de los niños “humaniza” a quien escribe: “me remueve la conciencia, / siento piedad, indulgencia, / mientras el mundo está en liza”. Como ejemplo, el versador promete a los infantes dar al “agresor / una enmienda y un castigo”: “No seremos su enemigo, / ni vamos a guerrear. / Seremos, a su pesar, / sin olvidar lo sufrido, / vecinos que han convertido / su odio en keat para amar”. Otro niño implora una Biblioteca en Palestina “para vivir / y superar la tragedia”. No obstante, el ser divino es “rubio” y no “moro”, prefiriendo “la grandeza / de ricos”.
Cantata por Palestina refiere al libro de poemas Palestina te queremos (Ekimen editorial, 2023) del médico y escritor vasco Iñaki Markez, escrito “en apenas dos meses de dicho año, entre la invasión de Gaza y el día conocido en el calendario religioso como Navidad”. Si bien su autor “parece excusarse en su prólogo de no haberlos escrito bajo ninguna regla académica, son poemas más que académicos, porque componen una cantata discursiva del corazón”.
Tras este texto en prosa llega Gaza está como Berlín, un nuevo poema donde no sólo este lugar es comparado con la capital alemana “cuando hizo temblar la Tierra / aquella guerra Mundial”, sino que además se dice de él que “está peor que mal, / destruida y sometida / por un Estado suicida”. Se trata de una guerra que “no tiene aún fin” y que es celebrada “como si fuera un festín”. El genocidio persiste porque se quiere “el suicidio / de un pueblo entero, sin rastro”, borrarlo “del catastro […], / barrerlos sin dejar rastro”. No obstante, “el noble pueblo resiste / a pesar de tanta hambruna, / unidos, todos a una, / contra tanto desamor”. De nuevo son esos niños los Primeros migrantes que marchan de su tierra ocupada en pos de “otra posada / donde recibir estima”. Como en la huida bíblica de José y María, los padres de estos pequeños procurarán “no dar señales / ni referencias censales” por “el miedo a que reprima / Herodes a los infantes”. El propio niño Dios huyó de la misma región geográfica y tuvo “el estigma de emigrante”, si bien representó la esperanza, una “misión significante”, la misma que esperan las pobres criaturas protagonistas del poema.
Magnicidio contra Palestina habla del afán expansionista de unos “sionistas […] / que presumen de su raza / como los nazi-fascistas / matando a tanto inocente”. Esta misma idea se puede leer en Palestina: “solución final”, que muestra a Israel como ese nazismo que una vez trató de exterminar a la colectividad judía, mientras Palestina aparece “soterrado en una mina / de sangre en tierra minada”. En el otro lado, Europa se muestra “indiferente […], ya sin valor, / sin autoridad ni norma”. Palestina Askatu demuestra la crueldad de un “criminal, / matón de vida y futuro” capaz de arrasar “otro hospital” diciendo “que es hecho casual, / y que se han equivocado, / pero de paso han matado / más personal sanitario”. Queda el calor de personas como el ya mencionado prologuista y al que se dedica Villancico para Mikel Ayestarán: “Ha escrito historias de Gaza, / y la crónica diaria, / información necesaria, / por contrastar la añagaza, / la mentira, la mordaza / de las fuentes del poder”. Gaza se ha convertido en una Cárcel a la intemperie y en “campos de concentración, / donde morir lentamente, / donde hacinada la gente / espera la ejecución”. La impasibilidad llega hasta Madrid y hay estruendo en la Vuelta Ciclista —No pasarán—. Cada día es el Día mundial de la ignominia, pues “el mundo calla” mientras “el dolor crece en el mundo / y hace agujero profundo / con tanto odio y metralla”. Con ironía muy negra se canta un Neurovillancico de la lotería del niño de Palestina: “¿Y en Gaza, cómo os ha ido? / Hemos tenido más suerte, / pues ha ganado la muerte, / lo tenemos asumido”. En Genocidio multiplicado se afirma que esta catástrofe “es superior a Hiroshima, / multiplicado por seis”. Caza en Gaza sitúa al gobernante americano como “la nueva amenaza / que se cierne sobre el mundo”, por lo que se pide darle “un no rotundo / para parar a la fiera, / que no crezca, que se muera, / su discurso vil e inmundo”. En Palestina sin estrellas hay “pájaros de acero” que “hacen temblar la tierra” mientras “las demás naciones, / callan, se esconden, toleran, / porque no son lo que eran / o apoyan con municiones”. A diferencia de lo expresado por Adorno, en Cantata por Palestina se dice: “Después de Palestina, / la poesía tiene aún más sentido”. Se retorna al Nuevo Testamento con Nueva redacción del relato bíblico, donde el niño esperado que nazca como Mesías se encontrará con “su país, Palestina, arrasado por la ignominia”, habiendo los “ocupas […] matado a más niños en un año que Herodes en toda su vida”. En el villancico Palestina resiste se retorna a esta idea: “Si volviera el Nazareno, / si se atreviera a nacer, / lo volvería a ofender / algún voraz Polifemo”. Tampoco “encontraría el lugar / donde le dieron hogar, […] / pues no queda carretera, / mapa o camino que indique, / ni gente que comunique / dónde queda Palestina”.
Con Palestina, muerte y rima da igual cómo se denomine a este drama —“genocidio, guerra, ruina”—, pues lo importante es que se tenga constancia de él. Pero esto no basta si nada se hace para denunciarlo ni buscar su solución, como en Morir por inanición: “¿Qué hacen los de la nación / que dicen ser elegidos / de su dios si los gemidos / no merecen su atención?” Sembrar la tierra se inicia variando el verso de Ángela Figuera Aymerich “En Vietnam los niños mueren en los arrozales” así: “Vietnam en sus arrozales / sembraba a los niños muertos / para que fueran despiertos / que espanten todos sus males”. Del país de Asia a Palestina “se reproduce la infamia, / una sangría continua / que poco a poco elimina / la vida, porque la entierra, / multiplicando la guerra / por el odio alimentado”. Es cada vez mayor El ejército del hambre, cuyas “cazuelas vacías / exigen los alimentos / que curen y den contentos”. Se invierten los roles en Gaza reza por Bergoglio, donde se da cuenta del interés mostrado por el anterior papa hacia el conflicto, acción por la cual mereció ser colmado de bendiciones. En Exterminio se asevera: “Todos somos Palestina / mientras respiren sus gentes, / mientras haya consecuentes que les dediquen estima”. Parafraseando a Hilario Camacho, en Tristeza de amor, un mundo cruel, se confirma: “En todas las guerras pierde la paz. / En la guerra que yo libro no quiero que pierda nadie”. En Tierra arrasada de Palestina se asegura: “a qué esperar alto el fuego, / si el fuego quemó ya Gaza […], / pues mala gente camina, / querido Antonio Machado, / en este mundo embarrado / de barro que contamina”. Surge nuevamente el poeta de Campos de Castilla en Liquidación por derribo: “Por donde cruza errante la sombra de Caín, / como reza aquel poema de Antonio Machado, / es el rastro de la sombra de todo hombre cansado / que no encuentra horizonte, que no adivina el fin”.
Sudán también existe muestra cómo en una tierra “que fue de sultán, / minas de oro, de coltán” se muere de hambre, estableciéndose la siguiente equivalencia: “De Sudán a Palestina, / también en Afganistán, / los niños no tienen pan / y carecen de autoestima. / Todos viven en la ruina / montada por Occidente, / donde el lujo es tan frecuente / que nos da vergüenza ajena”. Ucrania, un nuevo uxmal trae la guerra declarada por Rusia al país de Europa del Este: “Putin no lo llama guerra, / tan solo conflicto armado, / dentro está muy silenciado, / pero el agresor se aferra / a una parte de la tierra / del territorio invadido”. Hay también poemas escritos años atrás y que demuestran que “nada ha mejorado”: Ay, Palestina! o Dolor y muerte de Palestina. En Matar como profesión, “el militar de Israel / persigue, mata y desguaza / a la población de Gaza” mientras “el mundo mira a otro lado, / preso de sus propias prensas”.
En este sentido, surgen algunos textos en prosa de distinta extensión donde Maraña denuncia distintas cuestiones, como la escasa o nula atención prestada por algunos periodistas a este asunto en Palestina no vende : “Se lo he planteado sin rodeos. ¿Cómo es posible? / Duda y me responde con evasivas: ‘es que’, ‘no sé’, ‘no se me ocurre’…, ‘es que Palestina no vende’. / Otro que teme que le llame al orden el editor”. También en Declaración Universal de los Derechos Humanos se pone el foco en cómo dicho documento “no nació con buen pie” y ha acabado, “casi un siglo” después, siendo papel mojado para los gobiernos del mundo. En Paz se enuncia que “el camino de la paz es la paz. Pero Palestina no tiene camino ni horizonte. Ni caminos, ni escuelas, ni hospitales, ni medicinas ni alimentos. […] Pronto, Palestina dejará de existir, como Biafra, si nadie impone una paz justa. […] Y si Palestina no existe, si los palestinos son exterminados, si seguimos en silencio frente al terror, ¿cómo podremos decir a nuestro futuro que tuvo sentido nuestro paso por el mundo?” No parece posible la paz ni siquiera en las treguas, siempre falsas como canta Alto el juego: “añagaza / para seguir maniatando / a Palestina y ganando / la tierra que se desplaza”. Como contrapeso a una demasiado oscuro platillo, se clama al otro lado de la balanza la Libertad para Palestina “con historia soberana, / ya cristiana o musulmana, […] donde no pueda el rencor / enfangarse en el dolor / por el brutal sufrimiento / que los dejó sin aliento / y sin cielo protector”.
Hay poemas dedicados a amigos como Francisco Panera —“vasco, escritor y hombre solidario”—, José Luis Morante —“pedagogo y cantor de la poesía de los demás”—, Antonio Garrido y Maite Dorronsoro —“amigos, sanitarios de luz y salud”—, Silvia Aller —“poeta, que cuida, piensa y escribe en patsuezu, para que no se muera”—, Alejandro López Andrada —“cordobés de origen, estilo y destino”—, Teresa Abajo —“colega de periodismo”— e incluso Gloria Fuertes, con quien también Maraña compartió amistad y amor por el villancico, como ha quedado demostrado; también un Apéndice documental donde encontramos algunas referencias remitidas por el autor ya en el prólogo, como los poemas escritos en 1937 por César Vallejo y Paul Éluard, o el de Alfonso Pascal Ros dedicado a Ossip Mandelstham Memoria de despojados I. Igualmente se adjuntan diferentes documentos institucionales de suma relevancia, como el Manifiesto para la inmediata intervención de la ONU en Gaza redactado por Joan Pau Rica López (Presidente de UETP), el comunicado colectivo Escritores por Gaza y el de UNICEF escrito por su Directora Ejecutiva Catherine Russel —también el llamamiento de esta organización en España—, así como otros intercalados del propio autor.
El libro se cierra con el epílogo de Alfonso Pascal Ros La muestra del fracaso, donde se elogian los “versos de trincheras” de Maraña. Éstos “combaten” por la “dignidad “en cada sílaba”, y “ansían […] desde su indefensión, la paz y la armonía”. Su estilo se ofrece “lejos de gélidos academicismos y envoltorios […] relucientes en ricos marcos victorianos”. En definitiva, es poesía que busca convertirse en pasado para ser recordada en un presente y en un futuro, trayendo a la memoria lo que nuestra especie puede llegar a hacer en contra de su prójimo y lo que nosotros, desde esa conciencia, podemos hacer para paliarlo en la medida de nuestras posibilidades. Y es que, si hubiese más Marañas en el mundo, otro bardo cantaría.