Histórica exposición en Nápoles, dedicada al duque Acquaviva, príncipe-literato-mecenas, figura esencial del Renacimiento en el sur de Italia. La importancia de la muestra se acrecienta al suponer la esperada reapertura oficial al público de la Biblioteca dei Girolamini, la institución pública de lectura más antigua de la ciudad, tras permanecer cerrada durante más de una década
Durante miles de años, los textos escritos por el hombre nos han sido transmitidos a través de soportes materiales, diferentes entre sí y evolucionados gracias al desarrollo de técnicas de escritura, hasta llegar al producto perfecto: el libro. Aunque hoy, en la era de la informática, también vive en una existencia desmaterializada, si pensamos en ese conjunto de hojas, cubierta, encuadernación e impresión que ha dado forma al objeto libro en los últimos seis siglos, no podemos sino considerarnos beneficiarios de un artefacto que, amén de todas las variaciones de formatos, materiales y dimensiones, nos aproxima a quienes en el siglo XV manejaron los primeros incunables, a los devotos de los libros de oraciones, a las damas del Renacimiento que podían llevar consigo los libros de bolsillo dichos “Petrarchini”, a los aficionados a los libros de caballería, a los poemas y luego a las novelas cada vez más favoritas, todo ello en una multiplicación de editoriales, bibliotecas privadas y librerías urbanas. En resumen, ciudadanos del mundo de la lectura, sentimos que formamos parte de la historia de un objeto que, en su esencia, es igual hoy al de ayer: cuadriforme, navegable, manejable.
Desde hace mucho tiempo, sin duda hemos disfrutado de una democratización del conocimiento, cuya accesibilidad y distribución hacia las masas no implica una "diminutio". Como escribió Carlo Ginzburg en su último volumen (Il vincolo della vergogna. Letture oblique): “La reproducción implica vulgarización, pero este término no tiene una connotación negativa”.
De un tipo completamente diferente, los libros que interesaban a los poderosos y ricos de la época en que la incipiente industria de la imprenta seguía yendo acompañada de la transcripción a mano (a veces a partir de las mismas primeras copias impresas) de los códices más antiguos de los clásicos latinos, griegos o hebreos. Rastreados por aquellos humanistas que, a menudo por orden de sus mecenas, fueron enviados a rebuscarlos en los conventos en los que generaciones de monjes habían salvaguardado la tradición cultural del mundo antiguo, esos constituyeron el primer núcleo de maravillosas bibliotecas, cuyos afortunados propietarios competían para aumentarlas, haciéndolas aún más valiosas gracias al arte de miniar, iluminando las hojas de los manuscritos con asombrosas imágenes y letras capitales adornadas con refinados materiales exclusivos como azurita, cinabrio, cobre, lapislázuli, plata y oro.
La colección del duque de Atri, Andrea Matteo Acquaviva, bibliófilo y humanista, así como “condottiero”, y, como todos los Grandes del reino de las dos Sicilias largamente disputado entre españoles y franceses, ahora leales a la dinastía aragonesa ahora rebeldes, incluso pudo utilizar una imprenta instalada por el poderoso señor feudal en su palacio napolitano. La biblioteca, hoy día dispersa, ha sido parcialmente reconstituida con motivo de la espléndida exposición que acompañó a la reapertura, tras años de restauración, de la Biblioteca Monumentale dei Gerolamini en Nápoles. Situada en las dos principescas salas conocidas como del Camino y de Vico (en honor al filósofo Giovanbattista, 1688-1744, que allí se iba a estudiar), la exposición fusiona, en una admirable unión, lo antiguo y lo moderno.
El visitante es recibido de hecho por una serie de instalaciones tridimensionales que, gracias a la oscuridad de los ambientes, dan vida a escenas de peleas o de vida doméstica de caballeros, a paisajes y a animales fantásticos evadidos de las páginas de manuscritos iluminados. La exposición de estos últimos, acompañados por valiosos incunables, nos transporta a ese clima de ferviente actividad cultural del que el rey Alfonso V el Magnánimo fue el primer artífice en la Nápoles renacentista, en cuyo honor muchos miembros de la academia que tomó su nombre y que se reunía en el Castel Nuovo (anteriormente Maschio Angioino), escribieron en verso y prosa.
El catalán se convirtió en la lengua oficial del Reino y, en la traducción del latín que Jordi de Centelles hizo de él en el siglo XV, el escritor Antonio Beccadelli il Panormita (de la ciudad de Palermo, donde nació en 1394), exaltando el amor del rey por los libros, las artes y las ciencias (su escudo era un libro abierto), en su obra Dels fets e dits del gran rey Alfonso, le hace decir: "pus prest deliberaria perdre los regnes que tenía que no saber lo poch que de letres e sciència avia après" (I, 51).
"Oh gran bontà de' cavallieri antiqui!" habría escrito Ludovico Ariosto en su Orlando furioso. ¿Hay todavía, en nuestro tiempo, algún jefe de la Tierra que intercambie poder por conocimiento?